Descubre la nueva aventura de Los Futbolísimos:
"El misterio de la máscara de oro"
Todos los viernes un nuevo capítulo de la mano de Kimitec y la Fundación Maavi, ¡solo en as.com!

Lo

El primer penalti lo tiraría Marilyn, la capitana.

El segundo, Toni, el máximo goleador del equipo.

El tercero, Helena con hache, la mejor jugadora.

El cuarto, Angustias, lateral derecho y héroe del anterior partido.

Y el quinto y definitivo, lo lanzaría yo. 

-Hay quien opina que los penaltis son pura suerte -nos dijo Felipe-. ¡Falso! ¡Para marcarlos hay que tener puntería, habilidad y sangre fría!

-No les metas más presión a los chicos -intervino Alicia-, que los estás poniendo nerviosos. Vosotros tirad lo mejor que podáis y ya está. No os preocupéis de nada.

-Tampoco es eso, mujer -replicó Felipe-. Que nos estamos jugando el pase a la final.

-Precisamente -aseguró Alicia-. Salid al campo a disfrutar, eso es lo importante. 

-¿Algún consejo para el portero? -preguntó Camuñas, ajustándose la gorra.

Nuestros entrenadores le miraron.

-Sí, por supuesto -respondió Felipe-. Intenta… o sea… intenta pararlos.

-Genial -dijo Camuñas.

-Escuchad todos -dijo Alicia-. Ya habéis conseguido algo muy grande: llegar hasta aquí es una hazaña. Lo digo muy en serio: un pequeño equipo de pueblo… jugando contra los mejores de Europa. Pase lo que pase, este campeonato siempre lo llevaremos en nuestros corazones. ¿Quiénes somos?

-¡Soto Alto! -gritamos todos.

El cielo se iluminó sobre nuestras cabezas.

Y un trueno retumbó haciendo temblar el campo.

La tormenta iba a más.

No dejaba de llover.

-¡Vamos, a los penaltis! -exclamó el árbitro, apremiándonos.

-Me voy a comprar uno de esos gorros de piscina -dijo Camuñas, señalando al colegiado-. Con la que está cayendo, es muy práctico.

-Al menos, ya llevamos puestos los bañadores -dijo Ocho.

Nos acercamos a una de las áreas, donde se iban a realizar los lanzamientos.

Les tocaba empezar a los franceses.

-A lo mejor quieres mandarle un besito a tu novia antes de empezar -me dijo Helena, observando a Mic en la grada-. ¿O me vas a decir ahora también que no es tu novia?

Por supuesto que no era mi novia.

Pero no podía decirlo, o pensarían que estaba loco y que a cada minuto decía una cosa distinta.

Negué con la cabeza y no dije nada.

Camuñas se puso en la portería

-¡Rosa color trae suerte, tú paras! -gritó Radu, aplaudiéndole.

-¡Eso, para los penaltis! -gritó mi madre-. ¡Eres el mejor! Y si no, da igual. El caso es que los pares, ¡por tus muertos!

-Juana, un poco de compostura, que esto es un campeonato serio -le pidió Esteban.

-No me hagas reír -dijo ella-. Si hasta hemos tenido extraterrestres, por favor.

Coyote Rodríguez ordenó colocar las cámaras delante y detrás de la portería.

-¡Quiero penaltis auténticos! -exclamó-. ¡Nada de churros ni de imitaciones! ¡Lanzad cada penalti como si os fuera la vida en ello!

El árbitro pitó.

El número 9 del PSG cogió carrerilla.

Tiró fuerte y pegado al poste.

Imparable.

1 a 0 para ellos.

Era el turno de Marilyn.

Nuestra capitana no se lo pensó.

En cuanto el árbitro pitó, le metió un tremendo chut al balón.

Salió disparado por el centro y arriba.

El portero lo intentó, pero no pudo pararlo.

1 a 1.

-Si continúa lloviendo, habrá que detener el partido -dijo Roberta-. Ya casi ni se ve.

-¡Imposible! -intervino Coyote-. Se perdería el rácord. Y la emoción. Y lo auténtico. ¡Hay que seguir lanzando como sea!

-El rácord es la continuidad en el cine o la televisión -explicó mi madre, haciéndose la entendida una vez más-. Por ejemplo, si la mitad de los penaltis se tiran bajo la lluvia y anocheciendo, la otra mitad no se pueden tirar a pleno sol. Sería un error garrafal para la serie. 

Las hojas de los árboles se movían con fuerza a causa del viento terrible.

Los relámpagos y los truenos seguían cayendo sobre la isla.

Y la lluvia iba en aumento.

Era un tormentón.

-Y yo de suplente, como siempre -se lamentó Anita, limpiándose el agua de sus gafas.

-No te preocupes -le dijo Alicia-, tendrás tu oportunidad.

-Allez, allez! -gritó el entrenador francés, animando a los suyos.

La número 10 se dispuso a chutar.

Camuñas movió los brazos, intentando despistarla.

Ella se echó el pelo hacia atrás y, casi sin carrerilla, disparó raso.

El pobre Camuñas ni siquiera lo vio venir.

El balón entró en la portería sin que le diera tiempo a reaccionar.

2 a 1 a su favor.

Toni cogió el balón y saludó a las cámaras; le encantaba adornarse, disfrutaba siendo el protagonista.

Hizo una paradiña antes de chutar… y lo colocó en la escuadra.

Golazo.

De momento, todos los penaltis habían entrado: 2 a 2.

El árbitro levantó la mirada al cielo, completamente negro. Pareció dudar.

Pero Carine se acercó a él y le dijo algo, al tiempo que gesticulaba enérgicamente.

Estaba claro: había que continuar.

Luccien, Mic, Dino, los Fischer, los extraterrestres y los demás espectadores se habían resguardado de la lluvia bajo un pequeño toldo en la parte superior de la grada. Estaban allí todos apretujados.

El número 8 del París Saint Germain disparó.

Gol.

3 a 2.

Helena con hache tiró con precisión.

El viento desvió el balón y estuvo a punto de salir fuera.

Pero en el último instante… entró en la portería rozando el larguero.

Empate a 3.

Cada vez arreciaba con más fuerza la tormenta.

El camino de regreso al hotel estaba completamente anegado de barro.

Y un montón de ramas de los árboles habían caído alrededor del campo.

-¡Venga, hay que acabar cuanto antes! -ordenó el árbitro para que nos apresurásemos-. ¡A este paso, vamos a salir volando todos!

-¡Cambio! -exclamó Alicia.

-¿¡Ahora!? -preguntó el árbitro.

-Entra Anita de portera -contestó Alicia-. Camuñas, descansas.

-¿Un cambio en mitad de una tanda de penaltis? -dijo Felipe, extrañado-. Es muy raro y es… o sea… es… es…

Alicia le fulminó con la mirada.

-Es… ¡una idea buenísima! -rectificó Felipe-. ¡Cambio, árbitro! ¿No lo has oído?

Anita saltó al terreno de juego entusiasmada.

Camuñas chocó la mano con ella y le dejó su puesto.

Solo quedaban dos penaltis por lanzar. A no ser que empatáramos. En ese caso, habría que seguir lanzando hasta que alguien fallara.

Anita se colocó en el centro de la portería. 

Apenas se la distinguía entre el torrente de lluvia.

-¡Toda mi vida ha sido una preparación para este momento! -exclamó Anita.

-¡Brava! -dijo Coyote, que seguía grabando todo-. ¡Bravísima!

El número 11 del PSG se preparó para lanzar.

El árbitro pitó.

El francés amagó… y disparó con todas sus fuerzas a la izquierda.

Anita pegó un brinco y salió volando… hacia la izquierda.

¡Había adivinado la dirección del lanzamiento!

Se estiró con las manos extendidas.

Y… ¡despejó el balón!

¡Lo había parado!

-¡Toma, toma, toma! -gritó Alicia.

-¡Si ya sabía yo que el cambio era una gran idea! -dijo Felipe, abrazándola.

Todos aplaudimos a Anita.

Ella se puso en pie y se ajustó las gafas, satisfecha. Había hecho un paradón.

Estábamos mucho más cerca de la victoria.

Era el momento de Angustias.

Había marcado el gol decisivo contra la Juventus.

Si metía su penalti, casi casi estaríamos en la final.

Con su flequillo al viento, parecía más decidido que nunca.

El toldo de la grada salió volando, los espectadores ya no tenían dónde resguardarse.

El árbitro bajó el brazo y pitó.

Angustias cogió carrerilla, avanzó hacia el balón y justo cuando iba a chutar… 

¡Resbaló en el charco que se había formado!

Cayó de culo y empujó el balón casi sin fuerza.

La pelota fue dando botes y acabó en las manos del portero, que lo atrapó sin problemas.

-No me lo puedo creer -dijo Felipe-, si ya lo teníamos… ya lo teníamos…

Todos fuimos a ayudar a Angustias a levantarse.

Estaba muy… angustiado. Más que de costumbre.

-No pasa nada: metiste un golazo a la Juve y ahora has fallado -dijo Helena-, así es el fútbol. Lo importante es que estamos todos juntos, como siempre.

-Lo has hecho muy bien -aseguró Marilyn, animando a Angustias-. ¡Vamos, equipo, todavía podemos ganar!

-Si es que tendría que haber tirado yo todos los penaltis -murmuró Toni.

La tanda no había acabado.

Llegó el turno de la defensa central del PSG, su capitana.

Colocó el balón en el punto de penalti.

Anita la miró muy fijamente desde la portería.

Ambas se observaron, desafiantes.

El árbitro hizo sonar el silbato.

La francesa golpeó el balón con el empeine.

Fuerte y colocado.

A media altura.

Anita se tiró con los ojos cerrados.

La portera voló, extendió muchísimo los brazos y… y…

¡Atrapó el balón!

-¡Oleeeeeeeeeeeeee! -gritó mi madre, dando botes.

-¡No está mal para una suplente! -dijo Camuñas.

Alicia y Felipe se abrazaron y saltaron entusiasmados.

El resultado seguía empate a 3.

Y solo quedaba un penalti.

El que debía tirar yo.

El último y definitivo.

Si lo marcaba, habríamos ganado.

Y estaríamos en la final.

Si fallaba, tendríamos que continuar lanzando.

Cogí el balón.

El portero francés pasó a mi lado y me dio un pequeño empujón con el hombro.

-Avec cette pluie c´est impossible -dijo-. Je vais l´arrêter, petit espagnol.

Anita, que seguía cerca de la portería, me tradujo:

-Dice que con tanta lluvia es imposible meter gol. Y que lo va a parar… ah, y te ha llamado «españolito».

Podía decir lo que quisiera, no me iba a poner nervioso.

Por una razón muy importante: ¡Ya estaba histérico!

Incluso me temblaban las piernas.

Después de todo lo que habíamos pasado, dependía de mí que pudiéramos llegar a la final de Il Bambinísimo.

Tenía que meter ese penalti.

Tenía que conseguirlo.

Miré a mis compañeros bajo la lluvia.

Empapados de la cabeza a los pies.

Lo metería por ellos.

De pronto, una duda apareció en mi cabeza: ¿Habrían sido ellos los ladrones de la Máscara de Oro?

Sé que era el peor momento del mundo, pero esta vez no pude aguantarme.

-¿Habéis robado vosotros la Máscara? -pregunté.

-¿¡Qué dices!? -exclamó Camuñas, haciéndose el ofendido.

-¿Cómo puedes pensar eso de nosotros? -dijo Toni.

Camuñas y Toni fueron los primeros en defenderse.

Justo los dos en los que estaba pensando como principales sospechosos del robo.

-Mic me ha dicho que fuisteis vosotros -aseguré.

-Tu novia nos acusa y tú la crees -replicó Helena.

-Es una acusación muy fea -intervino Ocho.

-Feísima -añadió Tomeo-. Me está bajando el azúcar con tanta tensión, me lo noto.

-Pide perdón, Pakete -dijo Marilyn-, no puedes acusar a tus propios compañeros.

-No peleéis, por favor -suplicó Angustias.

El árbitro hizo sonar el silbato varias veces y me indicó que debía lanzar el penalti.

El terreno de juego estaba completamente encharcado.

Caía tanta lluvia que ya no se veía ni la portería.

Al fondo oímos gritos.

Eran los empleados del hotel.

-Evacuate the soccer field! ¡Hay que evacuar el campo de fútbol!

-Hurry up! ¡Vengan todos al hotel, rápido, es muy peligroso!

Miré al árbitro sin saber qué hacer.

-Suspendre le jeu! ¡Suspenda el partido! -pidió el entrenador francés.

Sin embargo, había quien quería continuar.

-¡Lanza de una vez! -exclamó Coyote.

-¡Dispara, muchacho! -me gritó Carine-. ¡Y acabemos con esto de una vez!

El árbitro pitó y salió un chorro de agua del silbato.

Me dispuse a chutar.

Hundí los pies en el barro.

No cogí casi carrerilla, no quería tropezar ni resbalarme.

Me concentré y… 

¡Disparé con todas mis fuerzas!

El balón pareció volar a cámara lenta.

Giró y giró bajo la lluvia.

Pasó por encima del portero, que lo rozó con la punta de los dedos.

Rebotó en el larguero.

Chocó contra el poste.

Y por fin…

¡Entró en la portería!

-¡¡¡Goooooooooooooooooooooool!!!

Habíamos ganado la tanda de penaltis por 4 a 3.

¡Estábamos en la final!

Caí de rodillas y levanté los brazos en señal de victoria.

Vi a mis amigos y a los entrenadores y a mi madre y a Radu y a Mic… ¡Quería abrazar a todos y celebrarlo!

Pero no pude.

La grada del campo empezó a temblar… ¡y se vino abajo!

Una descomunal riada se llevó todo por delante.

Aquello se convirtió en una locura.

Gritos.

Carreras.

Barro.

Agua.

La tormenta estaba arrasando todo.

Roberta Ambrossi hacía gestos para que corriéramos hacia el hotel.

Mis compañeros y el resto de jugadores avanzaban a trompicones, esquivando los objetos que volaban por todas partes.

Alicia, Felipe, Radu, Esteban, mi madre y otros adultos nos ayudaron para que nadie se quedara atrás.

-Paketi, caro mio! -me gritó Mic a lo lejos.

Roberta pasó a su lado y tiró de ella.

Angustias me cogió de la mano, desesperado.

-¡No me sueltes, por favor! -exclamó.

-¡No te preocupes! -dije, sujetándole con fuerza.

Agarrados el uno al otro, fuimos avanzando, paso a paso, muy lentamente.

Aquello era un caos total.

-¡Es lo más auténtico que he rodado jamás! -gritaba Coyote, entusiasmada.

Ella misma había cogido una cámara y grababa todo sin parar.

Entre aquel manto de agua, perdí de vista a todo el mundo.

Algunos árboles se desprendieron del suelo, arrastrados por la tromba de agua.

Angustias y yo avanzamos como pudimos entre la lluvia, el barro y el viento.

Caímos al suelo varias veces. 

-¡Ayyyyyyyyy! -exclamó Angustias, señalando su tobillo-. ¡No puedo continuar, me duele mucho!

Lo que faltaba.

Resoplé agotado.

-Sigue tú, Pakete -dijo Angustias-. Déjame aquí y sálvate, soy un lastre.

-No te pongas dramático -respondí-. Solo te has torcido un tobillo.

Le cogí en brazos y seguí adelante, llevando a mi amigo a cuestas. 

-Gracias, nunca olvidaré esto -dijo, sonriendo-. Ah, y no se lo cuentes a nadie, por favor, es muy ridículo.

Entonces, en medio de la lluvia, vislumbré una figura inconfundible. 

Un hombre con una gran casaca y un parche, hundiendo sus grandes botas en el barro.

¡El capitán Diavolo!

En lugar de dirigirse hacia el hotel para resguardarse, como hacían todos, él iba en dirección contraria: se alejaba hacia la playa.

Un gigantesco rayo iluminó el cielo en esos instantes.

Lo que vi me dejó helado.

El capitán Diavolo llevaba en las manos… ¡La Máscara de Oro!

Fue una imagen fugaz, pero la había visto perfectamente.

La oscuridad cubrió de nuevo el lugar.

Y el capitán desapareció pendiente abajo.

-¿Has visto lo mismo que yo? -le pregunté a Angustias.

-Síííííí -respondió él, sollozando-. Y ahora también lo verá todo el planeta y la gente se reirá de mí por los siglos de los siglos.

-¿Eh? ¿De qué hablas? -le pregunté, extrañado.

-De Coyote -contestó-, y de la serie de televisión, qué vergüenza.

Delante de nosotros, frente a la fachada del hotel, se encontraba Coyote Rodríguez, enfocándonos con su cámara.

¿Eso era todo lo que había visto mi amigo?

-¡Maravilloso! -exclamó la directora, grabándonos-. ¡Los últimos supervivientes, uno en brazos del otro! ¡Qué tierno! ¡Qué auténtico!

Sin soltar a Angustias, entré en el hall del hotel para refugiarnos.

Estaba lleno de gente con barro hasta las cejas, mientras hacían recuento para asegurarse de que no faltaba nadie.

Dejé a Angustias en el suelo, junto a otros heridos.

Mi madre me abrazó emocionada nada más verme.

-Qué desastre, cariño -dijo ella, estrujándome-. Al menos, has metido un golazo.

Pero yo solo podía pensar en una cosa: 

¡El capitán Diavolo tenía la Máscara de Oro!

EL DESTINO DE LOS FUTBOLÍSIMOS ESTÁ EN TUS MANOS. ¿QUÉ QUIERES QUE OCURRA EN EL PRÓXIMO CAPÍTULO?

Helena convoca el Pacto de los Futbolísimos para investigar.