Descubre la nueva aventura de Los Futbolísimos:
"El misterio de la máscara de oro"
Todos los viernes un nuevo capítulo de la mano de Kimitec y la Fundación Maavi, ¡solo en as.com!

El panorama al amanecer era desolador.

Palmeras arrancadas.

Techos destruidos.

Caminos y carreteras anegados.

Había toneladas de barro por todas partes, incluso dentro del hotel. Las instalaciones habían quedado destrozadas.

Según dijeron, era la mayor tormenta que se recordaba en la Isla Roja.

Había estado diluviando toda la noche.

A primera hora de la mañana, nos subieron en dos autobuses y nos trasladaron a un improvisado aeropuerto.

Al parecer, estaban evacuando a todos los visitantes. No había peligro inminente, pero los suministros esenciales de agua, luz y otros no funcionaban.

Cuando llegamos a la zona que habían habilitado como aeropuerto, los agentes de policía iban como locos, había muchísima gente agolpándose.

-Ahora mismo, no hay aviones para todos -nos explicó Roberta Ambrosi-. Habrá que esperar unas horas, me temo.

En nuestro caso, además, todo iba más lento porque después del naufragio, no teníamos ningún documento que nos identificara.

Carine Rodrigues habló con las autoridades locales y movió sus influencias, pero no consiguió nada.

Mi madre se acercó a los policías haciendo aspavientos.

-Esto es intolerable -dijo-. Hemos escapado de un apagón. Hemos naufragado. Acabamos de sobrevivir a una tormenta huracanada. Y de remate… ¡nos tienen aquí hacinados como ganado! ¡Sin bebidas ni comidas! 

-Señora, usted calmar, por favor -intervino uno de los guardias que tenía un gran mostacho-. Yo sargento Vukovic, suplicar mucho tranquilidad.

-¡Les voy a denunciar al Tribunal de Derechos Humanos, al Tribunal de La Haya, al de Estrasburgo, a la ONU si hace falta! -exclamó mi madre-. ¡Sé muy bien lo que me digo! ¡Se les va a caer el pelo! 

-Juana, este agente de la ley solo hace su trabajo -intercedió Esteban-. ¿De dónde es usted, joven?

-Yo de Split, sur Croacia -contestó.

-¿Croacia? -dijo mi madre-. Pero, ¿no estábamos en Italia?

-Eso era antes, mamá -dije.

-El islote de San Andrés pertenece a Croacia -puntualizó Anita.

-Si es que con tanto vaivén no hay quien se aclare -protestó mi madre-. ¡Lo hacen a propósito para marearnos!

-Cuando yo niño, pasar veranos en Cullera con familia -dijo el sargento Vukovic-. Allí aprender español.

-Sé comprensiva con el sargento, mujer -repitió Esteban-. Tiene cara de buena persona. Además, veraneaba en Cullera. Y mira qué mostacho. Hace años yo también llevaba bigote, ¿sabe usted? Ay, qué recuerdos…

-En Split tener refrán -dijo el sargento-: Hombre con bigote, hombre noble.

-Como refrán lo veo un poco pobre -dijo Camuñas.

-A lo mejor en croata rima -murmuró Ocho.

El sargento miró de nuevo a mi madre.

-Situación difícil para todos, señora -insistió-. No hacer milagros, no aviones suficientes. Pero tormenta ya pasar, lucir sol, todo bien.

-Entonces, ¿¡para qué nos han traído aquí!? -dijo mi madre, indignadísima-. ¿No ve que tenemos niños pequeños con nosotros? ¡Las pobres criaturas sufren!

-No somos niños pequeños -dijo Toni.

-Pero sufrimos mucho -aseguró Angustias.

-Le doy una última oportunidad -dijo mi madre, desafiante-. O nos suben a todos ahora mismo a un avión… o voy a ser su peor pesadilla. Queda advertido.

-Señora, yo también dar última oportunidad -replicó el sargento, cambiando el tono de su voz-. O dar media vuelta y callar… o yo detener a usted.

Se quedaron el uno frente al otro, muy cerca, casi nariz con nariz.

Aquello no iba a terminar bien.

-Prendè avion! ¡Conseguir avión! -exclamó en ese momento Luccien.

Todos nos giramos hacia el francés.

Lucía su habitual sonrisa de oreja a oreja.

Le acompañaba una mujer pelirroja con muchas pecas, que iba vestida con un chándal azul oscuro.

-Prèsente a mon amiga Bel -dijo Luccien-. Ella directeur deportive de Fundación MAAVi.

-¿La fundación qué? -preguntó Alicia, desconcertada.

-Fundación MAAVi -contestó la pelirroja-. Tenemos nuestra sede en Almería y, entre otras cosas, ayudamos a los niños sin recursos a practicar fútbol y una vida sana.

-Yo estar allí hace un anée, un año -aseguró Luccien-.  Dar classe magistral de football. 

-Qué guay -dijo Helena, acercándose a Luccien-. ¡Cuántas cosas haces, eres genial!

-No ser para tanto -respondió él-. Mí gusta ayudar. Eso y que soy famoso mundo entero, je, je.

No podía con Luccien.

Esa sonrisa perfectísima.

Y siempre lo hacía todo bien.

Y… ¿¡por qué buscaba todo el rato a Helena!?

-Estamos en la isla haciendo un campamento de verano con los niños de la fundación -explicó Bel-. Ayer por la tarde nos llamaron de la compañía aérea para avisarnos de que se adelantaba el regreso de nuestro viaje a causa de la tormenta que se avecinaba.

-Eso es previsión, válgame el cielo -dijo Esteban.

-En el avión vamos casi solos -dijo Bel-. He hablado con la compañía y hay sitio para todos.

-Aceptamos encantados -dijo Felipe-. ¿Has dicho que te llamas Bel?

-Sí, bueno, Betzabel -respondió ella-. Pero todos me llaman Bel.

-¡Me encanta cómo suena Betzabel! -dijo Marilyn. 

-Uy, nunca había conocido a ninguna Betzabel -intervino mi madre-. Menudo viajecito: Coyote, Carine, Roberta… y ahora Betzabel. 

-La verdad es que nos saca de un apuro -dijo Roberta-. Muchísimas gracias.

-Nos gusta ayudar siempre que podemos -dijo Betzabel-. Seguro que a nuestros jugadores del MAAVi Fútbol Club les encanta compartir viaje con los mejores equipos de Europa: El Bayern de Múnich, el Mánchester City, el París Saint Germain… 

-El Soto Alto de Sevilla la Chica -dijo Tomeo.

-Ese no me suena -admitió Bel.

-Pues una vez ganamos un torneo en Benidorm -dijo Tomeo, orgulloso.

-Y ahora vamos a jugar la final de Il Bambinísimo -dijo Marilyn-. Yo soy la capitana.

-Yo soy el máximo goleador -dijo Toni.

-Pues hala, todo solucionado -dijo Bel-. Dadle las gracias a Luccien.

-Este Luccien es una joya -dijo mi madre, pasándole la mano por la cabeza-. Siempre tan atento y con amigos tan majos por todas partes.

-Merci -dijo el francés, escabulléndose-. Pero no despeinar, por favor, que luego salgo fatal en fotos.

Carine estrechó la mano de Bel.

-Como presidenta de la FIFI, le doy las gracias -dijo muy solemne-. Y les invito a presenciar la final del Campeonato Europeo de Fútbol Infantil. En principio, será mañana mismo en Venecia. Si es que llegamos a tiempo. 

-Estupendo -dijo Bel-. Será un regalo inolvidable para los niños de nuestro equipo. Estábamos un poco tristes por tener que acortar el viaje. Pero que no se diga… acompáñeme, vamos a hablar ahora mismo con la compañía aérea. ¡Escala en Venecia!

Todos aplaudimos.

Por una vez, las cosas salían bien.

Demasiado bien.

Creo que empezaba a parecerme un poco a Angustias.

Cuando algo salía genial, enseguida pensaba que había gato encerrado o que todo se iba a torcer.

Un rato después, nos llevaron a pie de pista.

Desde allí, subiríamos directamente al avión. Entre Carine y Betzabel habían solucionado todo el tema de los pasajes y las identificaciones.

Al levantar la vista, me quedé paralizado.

Entre los que aguardaban para embarcar, estaba… ¡el Capitán Diavolo!

Arrastraba una enorme maleta.

A su lado iba Massimo Ferreti, que desde la desaparición de la máscara seguía desolado. Si supiera que el capitán era quien la tenía, no creo que hicieran tan buenas migas.

Los dos se pusieron en la cola junto a los demás.

Miré a mis compañeros: ¡Tenía que contarles lo que había visto bajo la tormenta!

Puede que después de acusarles de ser ellos los ladrones, no quisieran saber nada de mí.

Aunque, por otro lado, había marcado el penalti definitivo.

Tal vez se habían olvidado de todo y volvían a ser mis amigos.

-Camuñas, oye, tengo que contarte una cosa -le dije al portero.

-¿Qué quieres? -dijo-. ¿Preguntarme otra vez si he robado la máscara? ¿Si soy un criminal?

Se alejó y me dejó con la palabra en la boca.

Estaba claro que no se habían olvidado.

Quizá podía hablar con Helena.

Pero estaba muy ocupada, charlando animadamente con el héroe del momento: Luccien.

Probaría con Angustias.

Sin embargo, resultó que él también estaba muy ocupado. Betzabel le estaba presentando a los jugadores del MAAVi. 

-… Y entonces, cuando ya no quedaba casi tiempo, Angustias marcó un gol decisivo en el partido con la Juventus -contó ella-. ¡El golazo del campeonato!

-Solo hice lo que habría hecho cualquier otro en mi lugar -dijo Angustias-: recorrer el campo entero con el balón controlado. Regatear a todos los rivales. Y marcar un gol en el último segundo del partido, je, je.

Los niños y las niñas que le observaban exclamaron un «ooooooooooh» de admiración.

Me alegré por Angustias.

Por primera vez, era el centro de atención y además parecía disfrutar.

Busqué ayuda con la mirada.

El capitán ladrón estaba a punto de subir al avión…

-Io per sempre a tua lado! -exclamó Mic.

Pegué un brinco.

-Menudo susto me has dado -resoplé-. Eres muy sigilosa.

-Grazie.

No era un cumplido, pero bueno.

-Lo que dijiste de mis compañeros era mentira -solté-. Ellos no robaron la máscara.

-Io vi a ellos! -aseguró-. A mezzanote, a medianoche, ellos por pasillo a habitación de Ferreti. ¡Te prometo!

Mic podía ser muy insistente.

-El ladrón es el Capitán Diavolo -dije, señalándole-. Él ha robado la Máscara de Oro.

Ella lo observó, muy sorprendida.

Alguien más me oyó.

-¿Estás acusando al capitán? -me preguntó Carine.

-Yo… eh… sí -contesté; ya no podía dar marcha atrás-. Le vi con la Máscara ayer, durante la tormenta.

La presidenta me observó incrédula.

-Es una acusación muy grave, jovencito -dijo-. El capitan Diavolo tiene una gran reputación.

-¿De qué acusa este niño al capitán? -preguntó Roberta, acercándose interesada.

-Ni más ni menos que de robar la Máscara de Oro -respondió Carine-. ¡Ja!

Poco a poco, se fue agolpando más y más gente a mi alrededor.

Todos comentaban mis palabras.

-Qué desfachatez, acusar así a un hombre respetable.

-Los niños de hoy no tienen vergüenza.

-Menuda falta de educación.

El sargento Vukovic también se acercó.

-¿Tener pruebas, pequeño? -me preguntó-. Mentir sobre asunto robo ser delito.

-Il mio novio non miente! -exclamó Mic.

Lo que faltaba. 

Quería que la tierra me tragara.

-Cariño -dijo mi madre-, ¿tienes novia y no me lo habías contado?

Pufffffffff.

-¡No tengo novia! -estallé-. ¡Y el capitán robó la Máscara de Oro! ¡Registren ese maletón que lleva y lo comprobarán!

El propio Capitán Diavolo me miró con su único ojo, no parecía muy contento.

-¡Patrañas! -exclamó con fiereza.

-No pueden acusar a mi amigo -dijo Ferreti-. Es un gran hombre. Sería incapaz de algo así.

-¡Le vi huyendo con la máscara bajo la tormenta! -insistí-. ¡Es la pura verdad!

Por un instante, parece que algunos empezaron a creerme.

-Además -continué-, ¿por qué lleva una maleta tan grande? Todos perdimos nuestras cosas en el naufragio. Solo llevamos lo puesto y como mucho una pequeña mochila. ¡Es muy raro!

-En eso tiene razón mi hijo -dijo mi madre.

Nos miramos unos a otros. Algunos llevaban bolsas de deportes, como Ferreti o mi madre. Otros, mochilas, como Camuñas o Marilyn. Pero nadie una maleta. Y mucho menos, una tan grande. No tenía lógica.

-Perdonar, señor Capitán Diavolo -intervino el sargento-. Para todos salir de dudas: ¿me permite que registrar maleta?

-Solo llevo unos souvenirs de la isla -se excusó.

Dos agentes se acercaron al Capitán y no le dieron opción.

El sargento cogió la maleta y la tumbó allí mismo, sobre la pista.

-¡Esto es un ultraje! -protestó el Capitán.

-Tranquilo, caro amico -dijo Ferreti-. Después tendrán que disculparse.

Ante la atenta mirada de todos, el sargento abrió la cremallera.

Al capitán le temblaba el parche.

No entendía por qué había huido del hotel con la máscara para después guardarla en su maleta.

Pero el caso es que allí estaba.

A punto de ser descubierto.

Por fin se haría justicia.

Y todos tendrían que darme la razón.

La maleta se abrió de par en par.

Ante la perplejidad de unos y otros, en el interior de aquella maleta apareció…

¡Un montón de botecitos de champú y gel!

-Vale, es una costumbre que tengo -se disculpó el capitán-. No solo me llevo los de mi habitación. Cojo los del carrito de la limpieza y también los de otros cuartos. ¡Lo siento, no puedo evitar llevarme el gel y el champú de los hoteles!

-Hombre, capitán, está muy feo -dijo mi madre-. Una toalla o el albornoz, pase. Pero todos esos botes, ¿adónde va?

-Juana -dijo Esteban-. ¿Robas los albornoces de los hoteles?

-Solo lo he hecho una vez… o dos -contestó ella-. O tres, como mucho. 

-Pero… ¿¡Y la Máscara de Oro!? -pregunté, muy nervioso.

-Y dale -rebatió el capitán Diavolo-. ¡Yo no he robado la máscara! ¡Ayer huía de la tormenta como todo el mundo, sin saber ni a dónde iba! ¡¡¡Exijo una disculpa pública!!!

El sargento Vukovic me observó.

-Pedir disculpas a este señor gruñón con parche -me dijo.

Yo sabía perfectamente lo que había visto.

Que no llevara la máscara en la maleta no probaba nada.

Mi madre me dio un golpe en el hombro.

-Vamos, Francisco -me dijo muy seria-. Está todo el aeropuerto esperando a oír cómo te disculpas.

Agaché la cabeza y, delante de todos, dije:

-Lo siento, capitán. Me he equivocado. No tendría que haberle acusado sin pruebas. Le ruego que me perdone.

-Te perdono, grumete -dijo-. Espero que la próxima vez te muerdas la lengua antes de decir tonterías.

-Gel y champú botecitos quedar confiscados -dijo el sargento.

El capitán asintió, consternado, y se alejó hacia el avión, acompañado de Ferreti.

La multitud se fue dispersando.

Mic también me miró muy enfadada.

-¡Tú dicho che non somos novios! -gritó-. ¡Non quiero volver a verte nunca più!

Y me dejó allí plantado.

Caminé solo hasta el avión.

Nadie quería saber nada de mí.

Entré en la cabina y me senté solo, junto al ala.

Vi a mis compañeros unas filas más atrás, al fondo.

-Chicos, tengo buenas noticias: ¡volamos directos a Venecia! -anunció Felipe-. El apagón ya está completamente solucionado. Y, además, vamos a alojarnos de nuevo en el hotel Luna Venice.

-¡Toma, directos a la final de Il Bambinísimo! -exclamó Camuñas, muy contento.

-Y mañana después de la final -dijo Alicia-, habrá una gran fiesta de disfraces. Es el último día de carnaval. Si no hacéis ninguna barrabasada, esta vez podréis venir.

-¡Bravo! -dijo Ocho-. ¡Estoy deseando disfrazarme de Black Panther!

-Black Panther está muy cachas -dijo Toni-, no te pega nada. Mejor de Pitufo.

-Me parto, ja, ja -respondió Ocho.

Siguieron haciendo bromas y riéndose un buen rato.

Yo iba solo, pegado a la ventanilla, apartado del grupo.

Había metido la pata acusándoles a ellos de robar la máscara.

Después había vuelto a meter la pata acusando al capitán Diavolo.

No daba una.

A través de la ventanilla, vi a Coyote Rodríguez, con su equipo y sus cámaras.

Estaba rodando en medio del caos del aeropuerto.

Apuntó sus cámaras hacia nuestro avión y echó a correr hacia nosotros. Se ve que también quería grabar nuestro despegue desde muy cerca. Un poco más y casi se mete debajo de las ruedas.

Pensé que quizá no volvería a verla. En el fondo, a pesar de su locura, me había caído bien. No creo que la olvidara fácilmente.

Justo antes de despegar, alguien se sentó a mi lado.

Helena con hache.

Simplemente, se abrochó el cinturón, sin decir nada.

Le agradecí mucho el gesto.

En esos momentos, significaba mucho.

En lugar de irse con el resto del equipo. O con Luccien. Se había sentado conmigo.

-He convocado el pacto de Los Futbolísimos -me dijo Helena.

-Ah -dije, sorprendido.

-Reunión esta noche a las doce -siguió-. En el puente del canal. Frente al hotel.

Respiré hondo.

En aquel puente es donde había empezado el desastre del apagón y todo lo que vino después.

-Gracias por avisarme -dije-. Te prometo que todo lo que he dicho es verdad…

-No sé si tienes razón o no -me interrumpió Helena-. Lo que sí sé es que ha llegado la hora de que nos pongamos a investigar. Por algo somos los Futbolísimos.

El avión aceleró en la pista.

El ruido de los motores inundó la cabina.

Sentí cómo me pegaba al asiento.

Después de unos segundos, despegamos.

Rumbo a Venecia.

EL DESTINO DE LOS FUTBOLÍSIMOS ESTÁ EN TUS MANOS. ¿QUÉ QUIERES QUE OCURRA EN EL PRÓXIMO CAPÍTULO?

Alguien inesperado sorprende a los Futbolísimos en el puente a medianoche. ¿Quién será?