Descubre la nueva aventura de Los Futbolísimos:
"El misterio de la máscara de oro"
Todos los viernes un nuevo capítulo de la mano de Kimitec y la Fundación Maavi, ¡solo en as.com!

Entramos a escondidas en el Luna Venice.

Cruzamos el vestíbulo intentando no hacer ruido.

Mi padre caminaba a gatas, agachado entre Helena y yo, para que el recepcionista no le viera.

En el puente, nos había contado que nadie podía saber que estaba en Venecia.

Había venido de incógnito.

A investigar.

A una misión secreta.

-Luego os lo explico -dijo-. Ahora tenéis que ayudarme, debo esconderme.

Helena propuso que fuéramos al hotel, era el único sitio que conocíamos.

Y allí estábamos.

-Buenas noches -dijo Helena, al entrar.

-Buona serata -dijo el recepcionista, mirándonos con desconfianza-. È tropo tardi per bambini.

-¿Eh? -dije yo, pensando que ya nos había descubierto.

-No pasa nada, dice que es muy tarde para unos niños -tradujo Helena; y se dirigió al recepcionista con una gran sonrisa-. Es que hemos salido a ver la bellísima ciudad de Venecia, de noche es aún más bonita, piu bella.

El hombre, que tenía una nariz más grande que una berenjena, hizo una mueca y no dijo nada más. Se puso unas gafas y siguió a lo suyo, repasando algo en un libro enorme.

Debajo del mostrador, mi padre levantó el pulgar.

Habíamos superado el primer obstáculo.

Subimos por las escaleras.

-¿Adónde vamos? -pregunté-. En mi habitación están Tomeo y Camuñas.

-En la mía, Anita y Marilyn -recordó Helena.

-Tal vez podemos ir al salón Tintoretto -propuse.

-No, no, allí puede aparecer el recepcionista en cualquier momento -aseguró Helena-. O algún otro empleado.

-Solo necesito descansar unas pocas horas -dijo mi padre-. Al amanecer, saldré antes de que nadie me vea. Es esencial que…

No pudo terminar la frase, porque en ese momento, la puerta de una de las habitaciones se abrió de golpe.

Mi padre se lanzó en plancha detrás de una enorme planta que había en el pasillo.

-¿Se puede saber qué hacéis aquí a estas horas? -preguntó Felipe, que salió de su habitación en pijama.

-Hemos ido a ver la bella ciudad de Venecia -dije-. De noche es aún más bonita.

-Menuda excusa -replicó Felipe-. A vuestra habitación ahora mismo. Nada de excursiones nocturnas. Bastante hemos tenido en este viaje. Andando, y sin rechistar.

Miré de reojo a mi padre, que seguía ridículamente agazapado detrás de aquella planta.

Helena me dio un golpecito en el hombro y obedecimos a Felipe. Cada uno nos fuimos a nuestro cuarto.

-Te queda fenomenal ese pijama de ositos -le dijo Helena a Felipe.

-No es mío, no te vayas a creer -se excusó el entrenador-. Desde que perdimos las maletas, me pongo cualquier cosa que nos dejan.

-Igual nos pasa a todos -respondió Helena, alejándose-. Hasta mañana.

-… ta mañana -dije yo también.

Y entré en mi habitación.

Por suerte, Camuñas y Tomeo estaban durmiendo y no me preguntaron nada.

Oí ruidos de pasos fuera.

Sería Felipe.

O tal vez mi padre.

Me entraron ganas de salir otra vez al pasillo, pero no podía.

Si me pillaban, ya no tenía excusas.

Me arriesgaba a que me castigaran sin jugar la final del día siguiente.

Me metí para intentar tranquilizarme, y no paré de dar vueltas.

Estaba nervioso, intrigado, deseando saber qué pintaba allí mi padre.

Hacía poco que le habían expulsado del cuerpo de policía por una injusticia muy gorda. 

¿Qué misión secreta se traería ahora entre manos?

¿Qué hacía realmente en Venecia?

Entonces, la puerta del cuarto comenzó a abrirse muy lentamente.

Me incorporé, intrigado.

Enseguida vi a mi padre entrando de puntillas en la habitación.

Llevaba una especie de alambre o ganzúa en la mano, con la que había abierto la puerta. La señaló orgulloso y me guiñó un ojo.

Desde la cama, con la cabeza debajo de la almohada, Camuñas murmuró:

-Pakete… vaya horas, ¿habéis descubierto algo?

¡Camuñas creía que era yo el que estaba entrando en la habitación!

Mi padre me hizo un gesto para que no se me ocurriera decir nada.

Y él mismo contestó:

-Hum.

-No estás muy hablador, ¿eh? -dijo Camuñas.

-Hum hum -contestó mi padre.

-Pues ya me contarás mañana -musitó Camuñas, y siguió durmiendo.

Mi padre hizo un gesto, aliviado, y avanzó muy despacio por la habitación.

Tomeo se dio la vuelta en su cama.

Tampoco se había enterado de nada.

Al fin, mi padre llegó hasta mi cama, que estaba pegada a la ventana.

-¿Me haces un hueco? -susurró, quitándose los zapatos.

No era una cama muy grande, pero me arrimé al borde y le hice sitio.

Mi padre pasó por encima de mí y se tumbó como pudo, dándome la espalda.

Parecía agotado.

-Ha sido un viaje muy largo -murmuró.

-Pues el nuestro ni te cuento -dije.

Los dos observábamos la luna a través de la ventana.

-¿Qué misión secreta has venido a hacer? -le pregunté.

-Me han contratado para resolver el robo de la Máscara de Oro -contestó con un hilo de voz.

-¿Te han contratado? ¿Quién? ¿Por qué? ¿Cómo? -pregunté.

-Shhhhhhh… es una historia muy larga -dijo él-. Ahora que no soy policía, he decidido abrir mi propio despacho de investigación.

-¿¡Eres detective privado!? -exclamé, tratando de no levantar la voz.

-Sí, bueno… o sea… sí -dijo-. Todavía no tengo la licencia oficial. Pero mira, ya me han encargado un caso.

-¿Quién?

-No puedo decírtelo, Francisco.

-¿Mamá lo sabe?

-Ni siquiera sabe que estoy aquí. No se lo he dicho a nadie.

-Todo esto es muy raro, papá -dije-. Me estás preocupando.

-Pues no te preocupes tanto por mí -dijo él-. Yo estoy fenomenal. Eres tú el que estás en aprietos. Me han dicho que intentasteis robar un luminoso en el puente y que a partir de ahí todo se torció.

-Yo no quería robarlo -me excusé.

-Tranquilo, yo confío en ti -dijo mi padre-. Ahora te pido que tú hagas lo mismo, aunque no lo entiendas: confía en mí.

-Claro -dije, pasando una mano por su hombro.

-He venido a solucionar las cosas, ya verás -aseguró-. Ya puedes dormir tranquilo. Tu padre está aquí. A mí no se me escapa nada, cariño, ya me conoces. Siempre atento, siempre ojo avizor…

Me sentí bien.

Estaba contento de que hubiera venido.

Aunque tuviéramos que compartir aquella cama tan estrecha y no entendiera la mitad de las cosas.

-Te he echado mucho de menos -susurré.

Me acerqué más a él.

-No sé si me has oído, papá -dije, abrazándole-. Te he echado mucho de…

Zzzzzzzzzzzzzzzz.

Un ronquido me interrumpió.

¡Se había quedado dormido!

¡Yo diciéndole que le echaba de menos y él roncando!

¡Menudo ojo avizor!

Zzzzzzzzzzzzzzzzzz.

-¿¡Desde cuándo roncas, Pakete!? -exclamó Camuñas-. ¡Así no hay quien duerma!

De forma instintiva, empujé a mi padre con todas mis fuerzas y le tiré de la cama.

CATAPÚN.

Lo hice por su bien, para que no le descubrieran.

Dolorido por el golpe, mi padre se arrastró debajo de la cama.

Camuñas encendió la luz para ver qué sucedía.

Tomeo también se despertó de golpe.

-¡Qué susto! -dijo-. ¿Qué está pasando?

-¡No lo sé! -contesté-. Estaba dormido y de pronto Camuñas ha empezado a gritarme.

-¡Roncabas como un oso hormiguero! -aseguró Camuñas.

-¿Y ese ruido? -preguntó Tomeo-. ¡Ha sonado como si un saco muy pesado cayera al suelo!

-Ni idea -dije yo, disimulando-. Vendría de la calle, o de otra habitación.

-Ha sido aquí -dijo Tomeo, levantándose.

-A mí también me ha parecido que era aquí -dijo Camuñas-. Ha sido junto a la ventana. O debajo de tu cama.

Camuñas se levantó.

Mis dos compañeros avanzaron hacia mi cama.

¡Iban a descubrir a mi padre!

Pegué un brinco, y me puse delante.

-¡Está bien, lo admito… he sido yo! -dije-. ¡Yo roncaba… y yo me he dado el golpe!

-¿Cómo es posible? -preguntó Tomeo, rascándose la cabeza.

-Es que… o sea… es que… -dije buscando alguna excusa-. Es que… a veces me caigo de la cama. Me pasa mucho últimamente. Estoy dormido y de repente… me caigo al suelo. ¡Me doy unos golpes tremendos! El médico dice que es porque duermo muy profundamente… de ahí los ronquidos… y los golpetazos.

Camuñas y Tomeo me miraron perplejos.

-¿Te caes de la cama? -preguntó Camuñas, intentando comprenderlo.

-No todas las noches, pero sí -contesté-. Es muy doloroso.

-¿Ahora mismo te acabas de caer? -dijo Tomeo.

-Ahora mismito -aseguré-. Vaya trompazo más tonto.

-Pero cuando he encendido la luz estabas en la cama tan tranquilo, no en el suelo -dijo Camuñas, atando cabos.

-Tranquilo no estaba -contesté-. Lo que pasa es que cuando me caigo, enseguida vuelvo a la cama. A ver si pensáis que me quedo toda la noche en el suelo.

-Eso tampoco, no tendría sentido quedarse ahí toda la noche -dijo Tomeo.

-Es como un acto reflejo, como si tuviera un muelle -continué-. Me caigo y, pum, en un segundo ya estoy otra vez en la cama, je, je.

Ya no sabía ni lo que estaba diciendo.

Mi padre debía estar al otro lado de la cama, oyendo todo, agazapado, sin moverse, casi sin respirar.

-Bueno, ahora que ya está todo claro, ¿volvemos a dormir? -propuse.

Ellos dos no parecían muy convencidos.

-Es todo muy extraño -dijo Camuñas.

-A mí me lo vas a decir -contesté.

Les empujé un poco, alejándoles de mi cama.

-Venga, vamos a descansar, que es tardísimo -dije-. Y mañana es el gran día.

-Ha sido un ruido muy fuerte al lado de tu cama -insistió Tomeo-. Como catapún. Debes tener cuidado, Pakete, esos golpes no pueden ser buenos.

-Que sí, que sí -dije.

Cuando ya estaban a punto de acostarse, se oyó algo al lado de la ventana.

Los tres nos giramos.

-Esta vez no has sido tú -dijo Camuñas, temeroso-. Voy a llamar a recepción.

-Mejor llamamos a la policía -dijo Tomeo, retrocediendo asustado.

Ya no sabía qué más inventarme.

Camuñas cogió el teléfono de la mesilla para avisar a recepción.

Y en ese momento…

¡Mi padre salió de debajo de la cama!

-¡No llames a nadie, por favor! -exclamó.

Al verle, Tomeo y Camuñas pegaron un grito que debió oírse en todo el hotel.

-¡Aaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaah!

-Perdonad, puedo explicarlo todo -dijo mi padre-. Vaya golpe me he dado, creo que me he roto algo. Francisco, tampoco hacía falta que me empujaras así.

Mis dos amigos me miraron con una mezcla de sorpresa e indignación.

-¡Tú lo sabías! -dijo Tomeo.

-¡Nos estabas engañando! -me acusó Camuñas.

-Pues claro que lo sabía -protesté, harto-. Mi padre apareció en el puente y me pidió que le escondiera unas horas, ¿qué iba a hacer? Por lo visto está en Venecia en una misión secreta. Ya podías haberte quedado ahí quietecito, papá, pero no: venga a hacer ruido.

-Perdón -dijo él-. Es que me duele mucho la espalda y no cogía la postura. Primero el salto detrás de la planta, después el empujón al suelo… Ya no estoy para estos trotes.

-Es lo que tienen las misiones secretas -aseguró Camuñas.

Me había pedido que le ocultara y yo lo había hecho lo mejor posible.

-¿Qué misión secreta es esa, señor Emilio? -preguntó Tomeo.

-Yo soy muy bueno investigando -dijo Camuñas-, puede contar conmigo.

-Qué fuerte -dije, mirando a mi amigo-. Hace un rato no querías saber nada de investigar con Helena y conmigo, y ahora te ofreces voluntario.

-Hombre, no vas a comparar -se excusó Camuñas-. Tu padre es un policía de verdad.

-Bueno -intervino mi padre-, policía ya no soy. Más bien, detective privado.

-¡Mola! -exclamó Camuñas-. Me flipan los detectives privados.

-Y a mí -dijo Tomeo-. ¿Podemos coger unos bocadillos en la cocina antes de investigar? Es que ir por ahí con el estómago vacío, no es plan.

-Os lo agradezco mucho, pero este caso es muy peligroso, tengo que encargarme yo personalmente -dijo mi padre.

-¿Qué caso es? -preguntó Camuñas.

-El robo de la Máscara de Oro -respondió mi padre-. Pero tenéis que guardarme el secreto. Si de verdad queréis ayudar, lo más importante es que nadie sepa que estoy aquí. Absolutamente nadie.

Apenas terminó de hablar, la puerta de la habitación se abrió de par en par.

Allí apareció el recepcionista con una llave en la mano.

Y detrás de él:

Mi madre.

Esteban.

Radu.

Alicia y Felipe.

Anita, Marilyn y Helena.

Toni, Ocho y Angustias.

Todos boquiabiertos al ver a mi padre.

-Abbiamo sentito rumore e urla -explicó el recepcionista, rascándose la nariz.

-Dice que hemos oído ruidos y gritos -tradujo Anita-. Por eso ha abierto la puerta de la habitación sin llamar.

-¡Emilio! -exclamó mi madre-. ¿Se puede saber qué haces aquí? ¿Cómo no me has dicho que venías a Venecia?

-Está de misión secreta -dijo Tomeo.

-Investigando el robo de la Máscara de Oro -añadió Camuñas.

-Pero si ya no es policía -recordó Toni.

-A ver si en realidad es el ladrón -dijo Ocho.

-No digáis tonterías -resopló mi padre-. Es cierto: ya no soy policía municipal. Ahora soy detective privado. Y me han contratado para resolver el misterioso robo de la Máscara de Oro.

-¿¡A ti!? -preguntó mi madre-. Perdona, Emilio, yo te quiero mucho, pero digo yo que habrá detectives más cerca, aquí mismo, en Venecia. 

-Ya, en eso tienes razón -reconoció mi padre-. Al principio a mí también me extrañó. Pero no podía rechazar un caso tan importante. ¡Mi primer caso como investigador privado!

-Pero ¿quién te ha contratado? -preguntó Alicia.

-Eso, eso, que nos tienes en ascuas -dijo Felipe.

-No puedo revelarlo -dijo mi padre muy serio-. Es secreto profesional.

-Hombre, a nosotros puedes contárnoslo, somos de confianza -dijo Esteban-. Con el susto que nos has dado, yo creo que es lo mínimo.

-Nosotros ver, oír y dormir -dijo Radu.

-Se dice «ver, oír y callar» -le corrigió Helena.

-Callar -repitió Radu.

Todos entraron en la habitación y cerraron la puerta.

-Lo que nos cuentes, no sale de aquí, te lo prometo -dijo Alicia.

-Venga, Emilio, no te hagas el estrecho a estas alturas -insistió mi madre.

-Lo que pasa en Venecia, se queda en Venecia -dijo Felipe.

-Io chitón, silenzio -dijo el recepcionista.

-Suéltalo ya, hombre de dios -dijo Esteban.

-Confíe en nosotros, señor Emilio -dijo Marilyn.

Nueve niños y seis adultos, incluyendo un italiano al que no conocíamos de nada, acorralamos a mi padre.

El pobre resopló, agobiado.

-Está bien, está bien -dijo.

Dio un paso adelante.

Bajó la voz.

Y susurrando, dijo:

-La persona que me ha contratado es… Carine Rodrigues.

EL DESTINO DE LOS FUTBOLÍSIMOS ESTÁ EN TUS MANOS. ¿QUÉ QUIERES QUE OCURRA EN EL PRÓXIMO CAPÍTULO?

Los Futbolísimos investigan por su cuenta y se cuelan en el despacho de Carine Rodrigues.