Descubre la nueva aventura de Los Futbolísimos:
"El misterio de la máscara de oro"
Todos los viernes un nuevo capítulo de la mano de Kimitec y la Fundación Maavi, ¡solo en as.com!

El campo de fútbol donde se iba a jugar la final estaba viejo y cochambroso.

Era un polideportivo al aire libre con campo de fútbol de tierra, cancha de baloncesto y balonmano y dos pistas de pádel.

Estaba construido entre dos canales.

Solo tenía una pequeña grada de cemento que parecía a punto de caerse al agua en cualquier momento.

Pegado al campo, había un pequeño edificio gris, de dos plantas, donde estaban los vestuarios, el gimnasio y las oficinas.

Un cartel en cinco idiomas colgaba de la entrada principal:

BENVENUTI AL NUOVO VENEZIA PLATINUM

WELCOME TO THE NEW VENICE PLATINUM

BIENVENUE DANS LE NOUVEAU VENISE PLATINUM

WILLKOMEN IM NEUEN VENEDIG PLATINUM

BIENVENIDOS AL NUEVO VENECIA PLATINUM

-Si este es el nuevo, no me quiero imaginar cómo sería el viejo -dijo Camuñas.

-Ni siquiera tiene césped -protestó Toni-. No podré celebrar mis goles con mi famosa doble voltereta.

-Para celebrarlos, primero tendrás que meterlos -dijo Anita.

-Esperaba algo más pintón para un campeonato de Europa -reconoció Ocho. 

-Vamos a centrarnos -pidió Marilyn-. Tenemos una doble misión que cumplir.

-Ganar el partido -dijo Camuñas.

-Y descubrir al ladrón de la máscara -recordó Helena.

-Son demasiadas cosas para el mismo día -dijo Tomeo, agobiado-. ¿No podemos olvidarnos de todo e irnos a desayunar unas galletas baicoli o una tarta fregolotta?

-Mira qué bien se te dan los idiomas cuando te interesa -dijo Anita.

-No podemos irnos -intervine yo-. Nuestra especialidad es jugar al fútbol y resolver misterios. ¡Y hoy lo vamos a demostrar!

-Eso lo dices porque tu padre nos ha pedido ayuda -recordó Toni.

-Es que es su primer caso como detective -admití-, y el hombre está un poco desbordado.

-En marcha -dijo Marilyn-: El Soto Alto, a jugar la final. Y los Futbolísimos, a investigar.

-Pero a ver, que me lío -dijo Tomeo-. ¿El Soto Alto y los Futbolísimos no somos los mismos? ¿Cómo vamos a hacer las dos cosas al mismo tiempo?

-Primero una cosa y luego la otra -aseguró Helena-. Podemos con eso y mucho más.

-Yo casi no he dormido -suspiró Angustias-. Después de un apagón, un naufragio y una tormenta huracanada, no estoy para tanto trajín, la verdad.

Mi padre nos había pedido colaboración a todos.

Al parecer, Carine Rodrigues le había contratado para investigar la desaparición de la Máscara de Oro.

Cosa que a él mismo le parecía muy rara, pues mi padre acababa de abrir su despacho de detective, y además estaba muy lejos de Venecia.

Estaba convencido de que la presidenta de la FIFI ocultaba algo.

Helena y yo le contamos nuestras sospechas.

Y terminamos montando un operativo de investigación para esa mañana.

-Llamarlo «operativo» es un poco exagerado -dijo Esteban-. Sería más apropiado denominarlo «plan improvisado y cogido con alfileres».

-Que no se diga, Esteban -replicó mi madre-, para una vez que voy a investigar no me quites la ilusión.

Aunque nadie más conocía nuestro pacto, por primera vez en la historia, los Futbolísimos íbamos a investigar mano a mano con los adultos.

Nosotros nueve iríamos por nuestra cuenta, pero colaborando con todos los que estaban en el ajo:

Mi padre.

Esteban y mi madre.

Radu.

Alicia y Felipe.

Incluso el recepcionista del hotel, al que no conocíamos de nada pero que también se había apuntado.

El plan era sencillo.

Mi padre, que estaba de incógnito, se había ido a buscar al capitán Diavolo, el principal sospechoso.

Radu se encargaba del avituallamiento: bebidas y bocadillos por si la investigación se alargaba.

Alicia y Felipe vigilarían desde el campo, ganando tiempo con la organización.

Mi madre y Esteban, apostados en la entrada al edificio de oficinas, tenían que avisarnos y entretener a cualquiera que se acercara.

El recepcionista, que era el único italiano, se infiltró entre los operarios que preparaban el torneo; por lo visto uno de ellos era su primo.

Nos dividimos en tres grupos:

Anita, Marilyn y Helena irían al vestuario rival.

Toni, Ocho y Angustias, al despacho de Roberta Ambrossi.

Por último, Camuñas, Tomeo y yo, al foco central de toda la investigación: el despacho de Carine Rodrigues.

Teníamos que buscar pruebas, evidencias, pistas, lo que fuera.

-Si nos pillan, luego no nos castigue, señora Juana -dijo Camuñas-, que esta vez estamos todos en el lío.

-Ah, no, si os pillan yo no os conozco de nada -rebatió mi madre-. Como los espías. Cada uno que se busque la vida.

-¡Mamá! -protesté.

-Es broma, cariño -dijo ella.

Se giró hacia Esteban y le susurró:

-Sí, broma, ¡ja!

-¡Que te oigo! -dije.

-Ya lo sé, tonto, es solo por hacerte rabiar -respondió, y volvió a decir en voz baja-: Si algo sale mal, diremos que ha sido todo idea de los niños.

La dejé por imposible.

Lo importante era la misión.

Habíamos llegado muy pronto al Venecia Platinum.

Nos pusimos las equipaciones, que habían vuelto a enviarnos desde Sevilla la Chica.

Y cada grupo se dirigió a su objetivo.

Si nos pillaban, nos haríamos los despistados y preguntaríamos por los servicios.

No es que fuera la excusa más original del mundo, pero fue lo único que se nos ocurrió.

Los despachos estaban en la segunda planta.

Subimos sigilosamente por las escaleras.

A primera vista, no había nadie por allí. Todo el mundo estaba abajo, en el campo, preparando el partido.

-Tenemos que actuar con naturalidad -dijo Camuñas, que parecía un experto-. Igual que si hubiéramos estado aquí un millón de veces.

-¿Cómo sabremos cuál es el de Carine Rodrigues? -preguntó Tomeo.

-En eso consiste investigar, hay que observar y deducirlo -respondió Camuñas, haciéndose el interesante-. Es la presidenta de la FIFI, el máximo cargo del fútbol infantil mundial. Tal vez sea el despacho más grande. O el más importante. O…

-O el que ponga CARINE RODRIGUES en la puerta -le interrumpí.

Señalé una gran puerta de madera al fondo del pasillo con un cartelito dorado en el que se podía leer: Carine Rodrigues.

-Eso también, claro -dijo Camuñas.

El grupo de Toni iba detrás de nosotros.

-¿Hay algún cartelito que ponga Roberta Ambrossi? -preguntó Ocho.

-Shhhhhhhh, no podéis hablarnos -dijo Camuñas, que se había tomado todo muy en serio-. Cada comando tiene que actuar de forma independiente.

-Lo que tú digas, enterado -replicó Toni-. Después no vengas pidiendo ayuda.

-¿Has dicho que somos un comando? -preguntó Angustias-. Yo, comando, no, eh.

-Pues a mí me mola cómo suena -aseguró Ocho-: Comando Futbolísimos, al ataque.

Ellos giraron por el pasillo.

Y nosotros tres nos acercamos a la puerta de Carine.

Camuñas se puso los guantes de portero y giró el pomo con mucho cuidado.

-Es importante no dejar huellas -dijo.

-Yo no he traído guantes, ni rosquillas, ni nada -dijo Tomeo, muy nervioso-. ¡No puedo entrar!

-Yo tampoco llevo guantes, no es para tanto -dije, intentando tranquilizarle-. Y porque estés unos minutos sin comer, tampoco te va a pasar nada.

-Nunca se sabe -musitó, sudando.

La persiana del despacho estaba casi bajada, entraba un haz de luz por la ventana.

Aparentemente era un despacho normal y corriente.

Una mesa con papeles.

Tres sillas.

Dos estanterías con archivadores y algunos trofeos.

Fotografías enmarcadas de otros campeonatos colgadas en la pared.

Empezamos a husmear, sin saber muy bien qué buscábamos.

-Tenemos que ser cautelosos -dijo Camuñas en voz baja-. No dejar rastro de que hemos estado aquí. Que nunca nadie pueda sospechar que hemos entrado en este despacho…

Tomeo subió la persiana de golpe.

Y se asomó a la ventana, gritando:

-¡Mirad, ahí están Alicia y Felipe en el campo! -exclamó y les saludó con la mano-. ¡Hola, estamos en el despach…!

Nos abalanzamos sobre él para que no siguiera gritando.

Los tres caímos al suelo ridículamente.

-¿Qué hacéis? -preguntó Tomeo-. ¿Queréis lesionarme antes del partido?

-¿Qué haces tú? -dijo Camuñas-. ¿¡Cómo te pones a gritar por la ventana!?

-Pues porque me ha hecho ilusión ver a Felipe y Alicia -respondió Tomeo-. Y porque hace mucho calor aquí dentro. 

-Podrían habernos descubierto -le recriminó Camuñas.

-Tú mismo has dicho que teníamos que comportarnos con naturalidad -dijo Tomeo.

-Una cosa es ser natural y otra gritar a los cuatro vientos que nos hemos colado en el despacho de la presidenta -insistió Camuñas.

-Es todo muy complicado -dijo Tomeo-. Tengo hambre. Y calor. Y me estáis aplastando…

-Creo que he encontrado algo -dije.

Desde el suelo, algo me llamó la atención debajo de una de las estanterías.

Me acerqué gateando.

Metí la mano y lo toqué.

Era una baldosa suelta.

Al levantarla, dejó al descubierto un agujero oculto.

-Toma ya, un escondrijo secreto -dijo Camuñas.

-Ya podéis darme las gracias -dijo Tomeo-. Si no llega a ser por mí, nunca lo habríais encontrado.

-No llego al interior -dije, estirándome al máximo-. Hay que mover la estantería, si no, es imposible.

-Lo estoy viendo -murmuró Tomeo-: Ahora es cuando empujamos la estantería, se desploma, hace un ruido horrible, nos cargamos medio despacho, nos pillan y nos castigan sin jugar la final.

-¡No seas cenizo! -dijo Camuñas-. Pareces Angustias.

-Solo hay que empujarla un poquito -dije, pegándome a la pared-. Es fácil.

Los tres nos colocamos en el mismo lado y empujamos.

Una vez.

Y otra.

Y otra más.

Con todas nuestras fuerzas.

Pero nada, no se movía.

-Pesa una barbaridad -se lamentó Tomeo, resoplando del esfuerzo-. Vamos a llamar a Radu.

-¡Buena idea, él nos ayudará a empujarla! -dijo Camuñas.

-Eso también -dijo Tomeo-. Pero yo me refería a llamarle para que nos traiga bocadillos y refrescos. Os digo muy en serio que estoy teniendo un bajón de azúcar.

Camuñas metió los dedos entre la estantería y la pared, buscando la forma de moverla. No se daba por vencido.

En ese momento, se oyó una voz por la megafonía del campo:

-Benvenutti alla finale de Il Bambinísimo! 

Miré de reojo por la ventana del despacho.

La gente se agolpaba en la grada.

En breve, tendríamos que bajar o nos echarían de menos.

-Abbiamo una grande notizia! -continuó la voz de megafonía-. Il Bayern di Múnich ha fatto tre nuovi acquisti per la finale!!! Three new signings!!! Trois nouvelles recrues!!! Drei neuzugänge!!! ¡¡¡Tres nuevos fichajes!!!

-¿Ha dicho que el Bayern he hecho tres nuevo fichajes? -preguntó Tomeo, atónito.

Miré el tumulto que se había formado en el centro del campo.

Entre la gente agolpada, aparecieron tres jugadores con el uniforme del Bayern de Múnich.

La megafonía los presentó:

-Luccien, dalla Francia! Mic, dalla Italia! Dino Rodrigues, dal Brasile!

-¿¡QUÉ!? -exclamé-. Pero eso es… ilegal… ya tienen a los Torpedos Fischer… 

-Pues también tienen a Luccien, Mic y Dino -se lamentó Tomeo.

-Son como una selección mundial -murmuré.

-Nos van a arrasar -dijo Tomeo-. Pero al menos será un espectáculo.

Observé desde allí arriba a Luccien, Mic y Dino saludando.

A su lado, los demás jugadores del Bayern de Múnich.

Un poco más atrás, Felipe y Alicia parecían discutir con Roberta Ambrossi y Carine Rodrigues.

Seguramente, estarían protestando.

Podía imaginar a Carine asegurando que aquellos fichajes eran positivos para llamar la atención de los medios y para la imagen del campeonato.

Pero es que uno de ellos… ¡era su propio hijo! 

¿Cómo habían permitido algo así?

Ahora, el Bayern se había convertido en un equipo invencible.

-Con tutti voi, l´altra squadra finalista! -anunció la megafonía-: Il Soto Alto Football Club!

Todos los presentes miraron a uno y otro lado, esperando que apareciésemos.

-Tenemos que bajar ya -dije.

Como no saltaba nadie al terreno de juego, la voz de megafonía repitió:

-Il Soto Alto Footbal Club! 

Tras un nuevo silencio, preguntó:

-Ciao? Soto Alto Football Club? 

Helena, Anita y Marilyn entraron al campo corriendo.

Habrían salido disparadas de los vestuarios al oír el nombre de nuestro equipo.

-¡Aquí estamos! -dijo Helena, recuperando el resuello y saludando.

-¡Yo soy la capitana, hola! -dijo Marilyn.

-¡Y yo la portera suplente! -exclamó Anita, tratando de sonreír-. ¡Los demás vienen enseguida, je, je!

Se notaba a la legua que estaban muy apuradas.

-Hay que irse -dije.

-Espera un momentito -pidió Camuñas-. Creo que ya lo tengo.

No sé cómo lo había conseguido, pero había metido las dos manos y un pie entre la estantería y la pared.

Tiró con tanta fuerza que se puso rojo.

-¡¡¡Muévete yaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaa!!! -gritó.

La estantería se desplazó y…

¡¡¡CATAPÚN!!!

¡Se estampó contra la mesa, partiéndola por la mitad!

Además, arrastró a la otra estantería, que también se desplomó.

Se llevó por delante la lámpara del techo, que salió despedida y se rompió en mil pedazos.

Los cuadros de la pared fueron cayendo en cadena.

Y de remate, los archivadores se abrieron del golpe y un montón de hojas volaron entre una nube de polvo.

Nos quedamos en shock.

Era un desastre monumental.

El ruido se debía haber oído por toda Venecia.

-Pues ha sido peor de lo que pensaba -susurró Tomeo, tragando saliva.

Miré de nuevo por la ventana.

Ya no estaban Carine ni Roberta allí abajo.

Me temí lo peor.

Camuñas se agachó a toda prisa y metió la mano en el escondrijo secreto.

-¡Hay algo, lo estoy tocando! -exclamó.

-Date prisa -le apremié.

-¿Es la Máscara de Oro? -preguntó Tomeo.

-No lo sé -contestó Camuñas, que tenía prácticamente el brazo entero dentro del agujero-. Hay un… o sea… es una bolsa… me parece…

Se oyeron pasos acercándose por el pasillo.

Y voces.

-Pues yo juraría que el ruido no venía de aquí -dijo mi madre, disimulando.

-Que sí, ha sido en mi despacho -aseguró Carine Rodrigues.

-No estaría yo tan segura, los ruidos son muy escurridizos -intervino Esteban-. ¿Por qué no bajamos primero a mirar al gimnasio?

-Bobadas -respondió Carine-. ¡Sé perfectamente lo que he oído!

Mi madre y Esteban intentaban distraerla y llevarla a otro sitio, pero Carine venía directa hacia nosotros.

-Es la primera vez que ocurre algo así en nuestras instalaciones -se disculpó Roberta, a su lado.

Los teníamos encima.

Miré a mis compañeros, desesperado.

No teníamos escapatoria.

-¿Intentamos bajar por la ventana? -pregunté, acercándome.

Abajo se había montado un remolino de gente que señalaba nuestra ventana.

Imposible huir por ahí.

Camuñas seguía hurgando en el escondrijo.

Tomeo estaba temblando de los nervios, a punto de darle algo.

Y yo… yo… ¡no tenía ni idea de qué hacer!

La pantalla de mi móvil se encendió: era una llamada de mi padre.

-¿Sí? -contesté.

-Francisco, he encontrado al capitán Diavolo -me dijo-. Tengo una pista buenísima, creo que ya sé lo que ha ocurrido con la Máscara de Oro.

-Estamos en el despacho de Carine -dije.

-¡Salid de ahí ahora mismo! -ordenó-. ¡Salid ya!

-Demasiado tarde -musité.

RAAAAAAAAAAAAAAS

La puerta se abrió de par en par.

El rostro de Carine se desencajó al ver el despacho destrozado. 

-Pero… pero… ¿¡qué ha pasado!? -exclamó, horrorizada.

Detrás de ella, asomaron Roberta, Esteban y mi madre.

-Hola -saludé, sonriendo-. ¿Qué tal? 

Mi madre dio un paso al frente.

Negó con la cabeza, como si aquello fuera lo peor del mundo.

Me señaló.

Y dijo muy seria:

-Francisco, ¿se puede saber qué hacéis aquí? ¡Hala, castigados sin jugar la final! ¡Habrase visto!

Después miró a Carine y añadió:

-Yo no sabía nada, eh.

EL DESTINO DE LOS FUTBOLÍSIMOS ESTÁ EN TUS MANOS. ¿QUÉ QUIERES QUE OCURRA EN EL PRÓXIMO CAPÍTULO?

La “Máscara de Oro” está en el escondrijo secreto del despacho.