Descubre la nueva aventura de Los Futbolísimos:
"El misterio de la máscara de oro"
Todos los viernes un nuevo capítulo de la mano de Kimitec y la Fundación Maavi, ¡solo en as.com!

-Perdón -dije-, nos hemos colado en el despacho para buscar pistas sobre el robo de la Máscara de Oro.

-Y luego se nos ha ido un poco de las manos -admitió Tomeo.

-Pues ahora se os va a caer el pelo -insistió mi madre-. Vamos, todos fuera de aquí.

-¡Un momento, he encontrado algo muy importante! -exclamó Camuñas.

Tanto los recién llegados como nosotros, le observamos expectantes.

Acababa de sacar una bolsa negra del escondrijo.

La sujetaba con ambas manos.

Carine señaló nerviosa a Camuñas y le advirtió:

-¡Deja eso ahora mismo! ¡Es propiedad privada!

-Demasiado tarde -se defendió Camuñas-. Es… o sea… lo que he encontrado es… muy fuerte… es…

-¿La Máscara de Oro? -preguntó Roberta.

-Sí y no -contestó Camuñas-. Es… “la Máscara de Oro”. Pero no es la Máscara de Oro.

Al pronunciar el nombre la primera vez hizo un gesto con los dedos.

-¿¡Qué significa eso!? -dijo mi madre.

-Significa “entre comillas” -explicó Esteban-. Lo hemos practicado en el colegio este año, estoy muy orgulloso de los alumnos…

-¡Qué comillas ni comillas! -protestó Carine-. ¡Suelta eso! ¡Es mío! ¡Has entrado en mi despacho sin permiso!

La presidenta dio dos zancadas y agarró la bolsa.

Pero Camuñas no la soltó.

Forcejearon delante de todos.

Hasta que al final, ¡la bolsa se rasgó! 

De su interior salieron volando un montón de fotografías.

Las fotos quedaron desparramadas por el despacho.

En algunas imágenes se podía ver la Máscara de Oro.

En otras, se veía a Massimo Ferreti posando junto a la Máscara de Oro que él mismo había hecho.

Y, por último, en otras fotos se podía ver a Carine Rodrigues y Massimo Ferreti… ¡besándose!

-Ya he dicho que esto era privado -se defendió ella, recogiendo las fotos, apurada.

-Y yo he dicho que era “la Máscara de Oro” entre comillas -repitió Camuñas-. O sea que en realidad son fotos de la máscara, no la máscara en sí.

-Qué lío -suspiró Tomeo.

-¡Y menudas fotos! -dijo mi madre, observándolas detenidamente-. Hay que ver, Carine, no me imaginaba que tuvieras un lío con el barbas.

-Que yo sepa, no es delito enamorarse de un artista italiano -dijo Carine, que se había puesto roja.

-Si que te lo tenías calladito -musitó Roberta.

-Oculté nuestro romance, y las fotos, porque me daba vergüenza y para que nadie pudiera pensar que le había encargado un trofeo tan valioso a mi novio -dijo ella-. ¡Y ya está bien de explicaciones! ¡Largo de mi despacho!

Comenzamos a salir de la oficina, empujados por Carine.

-¿Es tu novio o solo una aventurilla? -le preguntó mi madre-. En confianza, le veía tan soso y tan rarito, con esas túnicas…

-Bueno, novio tampoco -respondió Carine, guardándose las fotos-. Cuando presentamos en público la Máscara de Oro, me dejó y ya no quiso saber nada de mí. 

-Ay, los hombres cómo son -se lamentó mi madre.

-No generalices, Juana, que algunos somos como ositos de peluche -dijo Esteban.

Tiré de la manga a mi madre.

-Papá estaba llamando por teléfono justo cuando habéis entrado -dije-, pero se ha cortado la comunicación.

-¿Tu padre? ¿Emilio García, el famoso detective? -preguntó Carine.

A todos nos extrañó esa manera de llamarle.

-Famoso tampoco, el hombre está empezando -dijo mi madre, y luego se volvió hacia nosotros-. Pero no nos desviemos del tema importante: ¡Estáis castigados sin jugar la final! ¡No se puede entrar sin permiso en el despacho de una persona!

-Y encima cargarse todo el mobiliario -apuntó Esteban.

Vaya morro tenían los dos.

Ellos también formaban parte del plan.

Preferí no decir nada para no liar más las cosas.

Estaba claro que allí todo el mundo tenía algo que ocultar: Carine había contratado a mi padre y además tenía un lío amoroso con Ferreti; mi madre y Esteban habían participado en el plan para buscar pistas en el despacho, y nosotros… habíamos ocultado a mi padre en el hotel y luego nos habíamos confabulado para registrar aquellas instalaciones.

-No hay que exagerar tampoco -intercedió la propia Carine-. Los niños han hecho algo que no debían. Cuando volváis a casa, les castigáis sin salir o sin postre o algo así. Pero la final hay que jugarla… y más con todo lo que ha pasado. 

-Después del naufragio y tantos accidentes, hay una expectación increíble con la final de Il Bambinísimo -aseguró Roberta-. Han venido medios de toda Europa. 

-Por mi parte, quedan perdonados, no les voy a denunciar -dijo Carine-. A pesar del mal rato que me han hecho pasar. Si es que solo son niños, mírales qué carita tienen.

Pusimos cara de inocentes.

La presidenta de la FIFI quería que jugásemos a toda costa.

Pero no por nosotros.

Si no por sus propios intereses comerciales.

-Está bien -admitió mi madre-. Os levanto el castigo, pero que no se vuelva a repetir. 

-Perfecto -sentenció Carine-. ¡El espectáculo debe continuar!

Bajamos por las escaleras hacia el terreno de juego.

-¿Es verdad que el Bayern ha fichado a Luccien, a Mic y a Dino? -preguntó Tomeo, asustado.

-Han sido unos fichajes de última hora, a todos nos ha sorprendido -contestó Roberta.

-Los hemos admitido porque ante todo queremos respetar la ilusión de los niños -explicó Carine, quitándole importancia.

-Nos van a brear -suspiró Tomeo.

-Eso habrá que verlo -dijo Camuñas.

-No protestéis -intervino mi madre-. Bastante que os dejamos jugar después de la que habéis montado. Oye, Carine, por cierto, ¿tú cuántos despachos tienes repartidos por el mundo?

-Un montón -dijo ella-. Por mi cargo, me veo obligada a tener despachos en muchas ciudades. Casi tantos como novios.

Las dos rieron cómplices.

Por fin, salimos al campo.

Estaba a rebosar de gente.

Las gradas lucían espectaculares.

El sol se reflejaba en el agua del canal que rodeaba el Venecia Platinum.

Casi no se notaba lo viejo que estaba aquel estadio.

En el centro del campo, Mic saludaba a los periodistas que se agolpaban allí, haciendo fotos y grabando con sus cámaras.

A su lado estaban Luccien, Dino Rodrigues y los gemelos Angélika y Alfons Fischer.

Ellos cinco eran los protagonistas del día.

Eran un súper equipo.

Nos acercamos a nuestro banquillo.

-Qué desastre -se lamentó Felipe-. Han fichado a tres cracks.

-En el fútbol lo importante no son las estrellas -dijo Alicia.

-Ya, ya, pero han juntado en el mismo equipo a los cinco mayores goleadores del mundo en categoría infantil -insistió Felipe. 

El entrenador tenía razón.

Allí estábamos, a punto de empezar el partido más importante de nuestra historia. Y al mismo tiempo, registrando despachos.

-Nosotras no hemos encontrado nada en el gimnasio ni en los vestuarios -dijo Marilyn.

-¿A vosotros cómo os ha ido? -preguntó Anita. 

-Mal -aseguró Tomeo-. Y lo peor: no ha llegado el avituallamiento, ni una triste rosquilla.

-Muy difícil entrar edificio -se disculpó Radu-. Yo muy grande, todos fijar en mí. Próximo plan yo tengo otra misión.

-Solo hemos encontrado unas fotos -dijo Camuñas-, y luego, de remate, nos han pillado. Casi nos quedamos sin final.

En ese momento, también llegaron a la carrera Toni, Angustias y Ocho.

-Ni una pista, nada de nada -informó Ocho.

-Ha sido una pérdida de tiempo -dijo Toni.

-A mí casi me da un microinfarto cuando he visto a Carine y Roberta subir al piso de arriba -dijo Angustias-. Menos mal que iban al otro despacho.

Helena con hache y yo nos miramos.

La investigación no había salido como esperábamos. 

-Pues venga, a olvidarse de todo y a centrarnos en el partido -pidió Alicia-. No os olvidéis: ¡Somos el Soto Alto Fútbol Club!

Antes de comenzar el partido, organizaron un saque de honor como agradecimiento al equipo de la Fundación MAAVi por ayudarnos a salir de la Isla Roja.

Allí estaba su directora deportiva, Betzabel.

A su lado, tres niños, que por lo visto formaban parte del equipo:

Marcos Bustamante, de once años.

David Arjona, de ocho.

Y la más pequeña: Nico Dafauce, de siete años.

Por lo visto, eran los capitanes de las tres categorías de su club.

A ellos también les hicieron un montón de fotos.

Primero a los del Bayern y después a los del equipo MAAVi.

A todos menos a nosotros, que parecíamos invisibles.

Me dieron ganas de decir: eh, que también estamos aquí, y hemos llegado a la final.

Carine, siempre tan diplomática y tan mandona, dijo:

-Muchas gracias por la labor fantástica que hacéis con el fútbol, la alimentación y el apoyo a la infancia.

-Y muchas gracias por traernos de vuelta a Venecia -añadió Roberta.

-Ha sido un placer -dijo Betazbel, sonriendo.

A continuación, los tres niños hicieron el saque honorífico, uno detrás de otro.

Yo aproveché para llamar a mi padre.

Lo intenté varias veces, pero nada.

Había desaparecido.

No daba señales de vida.

¿Qué pista habría hallado de la Máscara?

¿Por qué no contestaba?

Le puse varios mensajes:

Hemos encontrado fotos de la Máscara de Oro.

Carine y Ferreti fueron novios.

Empieza el partido.

¿Dónde estás?

No tuve respuesta.

Me fijé en mi madre, que charlaba al pie de la grada con el recepcionista del hotel.

Él movía su nariz y negaba con la cabeza.

Al mismo tiempo, en el terreno de juego, vi a Toni hablando con Mic. No sabía que esos dos se llevaban bien.

A la vez, Luccien y Helena tonteaban entre ellos, cuchicheando y riéndose.

Parecían muy amiguitos.

Carine y los demás se dirigieron al palco, donde iban tomando asiento varias autoridades que habían venido a la final.

Entre ellos, distinguí a Ferreti. Llevaba una túnica de color azul brillante que llamaba la atención desde lejos.

Ya no podía verle igual, ahora me lo imaginaba haciendo manitas y dándose besos con Carine.

Puffffffffffffff.

Borré esa imagen de mi cabeza.

¡Piiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiii!

Al oír el pitido, me giré.

Allí estaba el que faltaba: el árbitro con su inseparable gorro de piscina.

Preparado para dirigir el encuentro.

Nos estaba llamando para que ocupásemos nuestras posiciones.

Pisé la tierra del campo.

Estaba húmeda.

Se ve que la habían regado para el partido.

-¡Vamos, chicos, ánimo! -exclamó Felipe desde la banda.

-¡So-to Al-to ga-na-rá ra-ra-rá! -gritó Alicia.

Habíamos salido con la alineación de gala:

Camuñas en la portería.

Tomeo de central.

Marilyn y Angustias en los laterales.

Helena como medio centro.

Toni y yo, arriba.

En el banquillo, Anita y Ocho.

En frente, el que probablemente era el mejor equipo infantil de la historia:

El Bayern de Múnich.

Con cinco megaestrellas: Mic, Luccien, Dino, Alfons y Angélika.

Además, su portero Klaus y la defensa central Olga también eran espectaculares.

Se trataba de los actuales campeones de Europa.

Tenían todos los récords de goles.

Más títulos que nadie.

Y para colmo, acababan de hacer nuevos fichajes estratosféricos.

Eran tan favoritos que absolutamente nadie creía que tuviéramos alguna oportunidad.

Ni siquiera nosotros mismos.

El árbitro levantó el brazo.

Volvió a pitar.

Y dio comienzo la gran final de Il Bambinísimo.

Los gemelos Fischer pusieron el balón en juego.

Angélika retrocedió para Luccien.

El francés levantó la cabeza para meter un pase.

Pero Toni y yo nos lanzamos a toda velocidad a por él.

No se lo esperaba.

Estaban tan confiados, que a lo mejor pensaban que les íbamos a dejar jugar sin presionar.

Toni fue a por él con todo.  

Luccien le hizo un caño asombroso y le dejó plantado.

Antes de que pudiera rehacerse, llegué a la altura de Luccien.

Le empujé hombro con hombro, disputando el balón.

Me devolvió el empujón con más fuerza y se mantuvo de pie.

Sin embargo, perdió el control del balón, que salió rebotado.

Marilyn lo alcanzó y se internó en su campo a la carrera.

Hizo una pared con Helena, que se la devolvió a la primera, y la capitana se plantó en la frontal del área.

Se preparó para disparar a puerta.

¡Increíble!

¡Les habíamos robado el balón y teníamos la primera ocasión de gol!

¡Nadie se podía imaginar algo así!

Después de todo, puede que no nos arrasaran.

Con su gran potencia, Marilyn disparó fuerte y colocado.

El balón cruzó el área directo hacia la escuadra y superó al portero y… y… y… 

¡Ocurrió algo que yo nunca había visto en un campo de fútbol! 

Salido de la nada, apareció Dino Rodrigues.

Hizo un doble salto mortal.

Y cuando el balón ya estaba a punto de entrar en la portería…

¡Lo despejó de espuela!

Lo voy a repetir por si alguien no lo ha entendido:

Dino Rodrigues pegó un doble salto mortal en la línea de gol… ¡y despejó un balón que iba directo a su portería!

¡De espuela!

La pelota salió volando, describió una enorme y perfecta parábola.

¡Y acabó en los pies de Mic!

No solo había impedido un gol cantado.

Además, Dino le metió un pase medido a Mic.

Por algo era el mejor jugador del mundo.

Mic corrió por la banda y centró al punto de penalti.

Allí llegó Alfons Fischer y, haciendo honor a su apodo, empalmó una volea apoteósica.

¡Un auténtico torpedo!

Un disparo imparable.

El balón rebasó a Camuñas, que no pudo hacer nada, y reventó la portería.

-¡Goooooooooooooooooooooooooooool!

La gente en la grada aplaudió entusiasmada.

Habíamos pasado de tener una ocasión clara a recibir un golazo en contra.

Eran unos verdaderos artistas con el balón.

Aquello tenía muy mala pinta.

Y no había hecho más que empezar.

Minuto 1 de partido.

Bayern de Múnich 1; Soto Alto 0.

Para celebrarlo, los siete jugadores del Bayern sonrieron y empezaron a dar volteretas hacia atrás perfectamente sincronizados.

Una y otra y otra y otra…

Nos iban a machacar.

Y encima, se reían y hacían acrobacias.

Angustias, congestionado y angustiado, dijo en voz alta lo que todos estábamos pensando:

-¡Son buenísimos! Y lo peor es que me encantan esas volteretas, ¡molan mucho!

EL DESTINO DE LOS FUTBOLÍSIMOS ESTÁ EN TUS MANOS. ¿QUÉ QUIERES QUE OCURRA EN EL PRÓXIMO CAPÍTULO?

El jugador más inesperado, Camuñas, mete un golazo espectacular.