Descubre la nueva aventura de Los Futbolísimos:
"El misterio de la máscara de oro"
Todos los viernes un nuevo capítulo de la mano de Kimitec y la Fundación Maavi, ¡solo en as.com!

Camuñas se ajustó la gorra y dijo:

–Es un castigo injusto. Inmerecido. Improcedente. Irrazonable. Y lo que es peor…

Miró a mi madre y añadió muy serio:

–¡Anticonstitucional!

–¿De qué hablas?  –le preguntó mi madre-. Si ni siquiera sabes lo que significa esa palabra.

Camuñas se mordió la lengua.

El portero del equipo era especialista en soltar cosas que había oído por ahí y que ni él mismo sabía muy bien qué querían decir.

–Anticonstitucional es que no cumple las leyes de la Constitución  –le sopló Anita.

–¿La Constitución española o la italiana?  –dijo Tomeo, rascándose la cabeza-. Porque no es lo mismo, os recuerdo que estamos en Venecia.

–¡Da igual!  –exclamó Camuñas-. No hay derecho. 

Y se dio la vuelta con los brazos cruzados.

Si pensaba que así iba a conseguir algo, es que no conocía a mi madre.

–¡Juana, nos vamos!  –le avisó Felipe, el entrenador del equipo.

–Chicos, portaos bien en nuestra ausencia  –dijo Alicia, la entrenadora, asomándose por la puerta.

Que yo sepa, somos el único equipo del mundo que tiene dos entrenadores.

Alicia y Felipe son pareja.

Se casaron hace tiempo durante un torneo. 

Pero esa es otra historia.

En ese momento nos encontrábamos en el salón Tintoretto, cada sala del hotel tenía el nombre de un pintor veneciano.

–Llegar góndola taxi  –anunció Radu, sonriendo.

Radu era el bedel del colegio. Y también el utilero del equipo de fútbol. Siempre estaba ahí para arreglar cualquier cacharro o solucionar lo que hiciera falta.

Los cuatro adultos que nos habían acompañado a Venecia se dispusieron a irse a la inauguración.

Por lo visto, era una gran fiesta de disfraces con invitados del mundo entero.

–Estarán todos los equipos participantes menos nosotros    –se lamentó Toni.

–No os preocupéis  –dijo Felipe–, nosotros representaremos al Soto Alto Fútbol Club.

–¿No podemos ir ni siquiera un ratito?  –preguntó Marilyn, la capitana.

–Haberlo pensado antes de liarla  –dijo Alicia.

–Los gondoleros nos dijeran que jugar el fútbol en el canal era una tradición  –se excusó Camuñas, haciéndose la víctima. 

–Camuñas mucha invención  –dijo Radu.

–Pero es que nosotros no tenemos la culpa…  –empezó a decir Camuñas.

–¡Pamplinas!  –le cortó mi madre.

Cuando mi madre dice pamplinas, todo el mundo sabe lo que significa: se acabó la discusión.

–Ah  –dijo justo antes de salir-: más vale que esta noche no hagáis nada raro mientras no estamos. A la mínima, se acabó el campeonato para vosotros. Estoy hablando muy en serio.

Alicia, Felipe, Radu y mi madre se dieron la vuelta y se encaminaron hacia la salida del hotel, iban vestidos muy elegantes.

–Perdonad  –dijo Ocho-, a lo mejor no os habéis dado cuenta de que no vais disfrazados.

–Uy, eso es lo mejor -aseguró Felipe-. A la entrada de la fiesta puedes elegir tu propio disfraz, está todo muy bien organizado: Esto es Venecia y son los carnavales, ¡yuhuuuuuuuuuu! ¡Allá vamos!

Ahora sí, subieron a la góndola taxi, que les recogió en la misma entrada del hotel, y se marcharon. 

–Genial  –dijo Toni-. Para una vez en la vida que estamos en Venecia, nos tenemos que quedar castigados en el hotel. 

–Yo casi lo prefiero  –dijo Angustias-. Dicen que hay muchos robos durante los carnavales. Así estamos más tranquilos, una cenita ligera y a la cama.

Así fue, nos sirvieron una cena a base de verduras y ensaladas y, a continuación, subimos a las habitaciones a dormir.

–Ni siquiera nos han puesto pizza  –se quejó Camuñas-, o un buen plato de pasta. ¡Seguro que también ha sido cosa de tu madre!

–Animaos  –dije-, mañana jugaremos el campeonato de Europa.

Camuñas y Tomeo eran mis compañeros de habitación.

En otra estaban Toni, Ocho y Angustias.

Y en la tercera habitación, Anita, Marilyn y Helena.

Al parecer, habían dejado encargado al conserje de que hiciera una ronda cada media hora para asegurarse de que estábamos bien.

–No les preocupa que estemos bien  –aseguró Camuñas-. Lo hacen para vigilarnos. No se fían de nosotros.

–Normal  –dijo Tomeo-. Nada más llegar hemos estrellado una góndola, nos hemos cargado un cartel gigante y hemos liado un súper atasco en el canal.

–Ha sido para entrenar los reflejos y el equilibrio  –justificó Camuñas, que había sido el autor de la idea-. Somos un equipo de fútbol, tenemos que estar siempre alerta.

–Pues yo ahora paso de estar alerta  –dijo Tomeo-, me voy a dormir, que estoy reventado. 

–¿¡Qué!?  –exclamó Camuñas-. ¿Te vas a dormir de verdad? ¿No vamos a montar una guerra de almohadas en el pasillo? ¿O una incursión secreta al bar del hotel para robar unos refrescos? ¿O un ataque sorpresa a otra habitación…?

Zzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzz

Tomeo ni siquiera respondió.

En medio segundo estaba dormido.

Y roncando.

–Vaya equipo más soso  –dijo Camuñas desesperado, como si no pudiera creérselo-. Voy a dar una vuelta por el hotel a ver qué se me ocurre.

Mi amigo a veces podía ser un poco… inquieto.

Siempre estaba tramando algo.

Me asomé a la ventana.

El hotel donde nos alojábamos, el Luna Venice, estaba justo a orillas del canal.

A esa hora, se podían ver los palacetes y las góndolas iluminadas.

La ciudad estaba preciosa.

Me fijé en un cartel luminoso que colgaba de un puente justo delante del hotel:

IL BAMBINÍSIMO

Debajo del letrero brillaba una imagen de la máscara de oro, el trofeo que se llevaría el equipo campeón.

Se trataba de una pieza única de oro que había hecho el famoso escultor Massimo Ferreti. Según decían, su valor artístico y económico era incalculable.

Solo pensar que podríamos volver al pueblo como campeones de Europa, me parecía un sueño. Pero para eso tendríamos que ganar a los mejores equipos del continente.

Aquellos carteles estaban por toda Venecia. Los había de todos los tamaños y formas: de papel, de vidrio o de luces fluorescentes, como ese que estaba mirando.

Era la semana de los carnavales, pero también era la semana de Il Bambinísimo. 

Oí una voz que venía de otra ventana:

–¿Nos lo llevamos de recuerdo?

Me giré.

Allí estaba Toni.

Señaló el cartel luminoso y repitió:

–¿Lo cogemos y nos lo llevamos?

–¿Estás hablando en serio?  –pregunté.

–Por supuesto  –contestó él-. Aunque no ganemos la máscara de oro, al menos podemos llevarnos un recuerdo para toda la vida.

–Pero… pero… es enorme  –dije-. Y estamos castigados. Y si nos pillan, nos mandarán a casa. Y es imposible llevarnos ese cartel, pesará muchísimo. Y no tenemos donde esconderlo.

Había tantas razones para no hacerlo que podría haber seguido toda la noche.

–Aguafiestas  –dijo Toni.

–¡Yo me apunto!  –exclamó otra voz.

Levantamos la vista y en la ventana de arriba estaba Anita, también asomada.

–Así me gusta, empollona  –dijo Toni-. Alguien valiente.

–Gracias  –dijo ella-, pero no me llames empollona, je, je.

A veces pienso que a Anita le gusta Toni, si no, es inexplicable que se apuntara a un plan tan absurdo como ese.

De inmediato, Marilyn y Helena también se asomaron junto a Anita.

–Es una locura  –dijo la capitana-. Es imposible. Es un disparate. Es… ¡buenísima idea! ¡Me apunto!

–¡Yo también!  –exclamó Ocho, levantando la mano al lado de Toni.

Se estaban volviendo todos locos.

–Conmigo no contéis  –dijo Angustias, sin asomarse, con su voz temblorosa.

–Es muy sencillo, lo tengo todo pensado  –dijo Toni-. Bajamos por la escalera de incendios que está ahí fuera.

Señaló una escalera metálica y oxidada, más vieja que el propio hotel.

–Después cruzamos por encima de esa barca  –continuó Toni, refiriéndose a una embarcación grande para turistas, que estaba anclada junto al puente-, desenganchamos el cartel… y volvemos al hotel sin que nadie se entere.

–¿Y dónde lo escondemos?  –preguntó Marilyn.

–Debajo de la cama  –dijo Toni, que parecía tener respuestas para todo.

–Pesa una barbaridad, no podremos descolgarlo  –insistí-. Y no cabe debajo de la cama. ¡Y no podremos llevárnoslo en el avión!

–Estás muy negativo  –replicó Toni-. De momento vamos a cogerlo, y luego ya veremos, a lo mejor se puede desmontar.

Camuñas llegó en ese momento y se abalanzó sobre el marco de la ventana.

–¡Os he oído!  –exclamó-. ¡Mola todo! ¡Mirad lo que tengo!

Mostró una caja metálica de color verde.

–Es la caja de herramientas de Radu  –dijo Anita, nada más verla.

–Exacto  –aseguró Camuñas-. La necesitaremos para descolgar el luminoso del puente.

–¡Ole!  –dijo Toni.

–Pero ¿de dónde la has sacado?  –pregunté.

–De la consigna de maletas, en recepción, vi a Radu dejarla allí cuando llegamos  –contestó él-. La he cogido prestada.

–¿Cómo sabías que íbamos a necesitarla?  –dije, desconfiado.

–Mira, Pakete, últimamente estás muy aburrido  –dijo Camuñas-. Pero todo el mundo sabe que con una caja de herramientas se pueden hacer muchas cosas interesantes en plena noche: abrir puertas cerradas, desmontar alarmas… ¡o robar un letrero luminoso! 

–¿Te ha visto alguien?  –dijo Marilyn.

–Nadie  –dijo Camuñas, orgulloso-. El conserje estaba medio dormido. ¡En marcha!

–Está bien, si todos estáis de acuerdo, vamos allá  –dijo al fin Helena, que había permanecido callada-. Supongo que será una aventura para recordar. 

Era imposible detenerles.

Incluso Tomeo se despertó y se apuntó al plan.

Empezamos a bajar sigilosamente por la escalera metálica.

–No te preocupes  –me dijo Helena-. Cuando vean que pesa una tonelada, volveremos al hotel y se acabó la historia.

–Como nos pillen, nos expulsarán del campeonato  –dije.

Angustias bajó por las escaleras con los ojos cerrados.

–Si me caigo, prefiero no verlo  –aseguró.

Caminamos por la estrecha acera que había al pie del hotel, con cuidado de no caernos al agua.

Se había hecho tarde, y las fiestas del carnaval estaban al otro lado de la ciudad, así que no había nadie que pudiera vernos. Ojalá que al conserje no se le ocurriera salir a echar un vistazo o a estirar las piernas.

–¿Te imaginas ese cartel brillando a la entrada del pueblo?  –dijo Toni.

–Cuando vengan los otros equipos a jugar contra nosotros, se van a pegar un buen susto  –dijo Camuñas-: ¡guerra psicológica a tope!

–Vaya dos  –dijo Helena-. En el dudoso caso de que consiguiéramos llevar el cartel hasta el pueblo, en cuanto se enteren, nos obligarían a devolverlo.

–Bueno, pero nos podemos hacer un selfie antes de que nos lo quiten, subimos las fotos a las redes y los rivales fliparán igual  –dijo Toni.

–Sí, sí, por favor, yo quiero un selfie  –dijo Tomeo.

–Un selfie de todo el equipo  –propuso Marilyn.

–¡Mola!  –exclamó Camuñas.

–Por lo menos, bajad un poco la voz  –dije-. Se supone que los ladrones son sigilosos.

–Ya, bueno, pero nosotros somos… los futboladrones  –dijo Toni-. ¡Tenemos nuestro propio estilo!

–¡Vivan los futboladrones! Ja, ja, ja, ja  –exclamó Camuñas.

Con Toni en cabeza, subimos uno a uno sobre la barca que estaba aparcada junto al puente. Era una de esas embarcaciones que hacían visitas guiadas a los turistas.

Marilyn, Camuñas, Toni y Ocho se encaramaron hasta lo alto del cartel y comenzaron a desengancharlo con las herramientas de Radu: una llave inglesa, un destornillador, alicates y otras cosas.

Tomeo y Anita les sujetaban para que no se cayeran.

Angustias, Helena y yo nos quedamos un poco más retrasados, agazapados, vigilando por si venía alguien.

El cartel estaba anclado con cables y sujeciones mecánicas, era casi imposible descolgarlo.

Aun así, mis compañeros no se daban por vencidos.

Si tardábamos mucho más, nos descubrirían.

Helena con hache se dio cuenta de que yo estaba muy nervioso.

–Piensa en otra cosa  –me dijo-. Mañana es el sorteo del campeonato, ¿qué equipo nos tocará en primera ronda?

–Son todos buenísimos  –respondí, sin apartar la vista del cartel.

–Espero que no nos toque el Bayern de Múnich  –murmuró Angustias-. Son los actuales campeones y no han perdido ni un partido en dos años y tienen el récord de goles…

–Sus delanteros gemelos son imparables  –dijo Helena-: Alfons y Angelika Fischer. Entre los dos han metido cien goles esta temporada.

–«Torpedos Fischer» los llaman  –dijo Angustias-. Dicen que cuando te enfrentas a ellos, tardas un mes en recuperarte, son destructivos. Que no nos toque el Bayern, por favor, por favor, por favor…

En lugar de tranquilizarme, todo eso de los torpedos me estaba poniendo más nervioso todavía. Podía imaginarme al Bayern pegándonos una paliza histórica… 

–¡Ya está!  –exclamó Marilyn, entusiasmada, desde una esquina del cartel, haciendo la señal de la victoria con unos alicates en la mano.

No me lo podía creer: ¿lo habían conseguido?

–¿¡No os dais cuenta de que es un luminoso gigantesco!?  –pregunté, desesperado- ¡Aunque logréis soltarlo, no podremos transportarlo!

–¡Yo también lo he desenganchado!  –exclamó Camuñas, desde la otra esquina del cartel-. ¡Toma, toma y toma!

–¿Y ahora qué se supone que vamos a hacer?  –pregunté.

Nadie respondió.

Porque justo en ese instante…

El cartel se soltó de una esquina.

Luego de la otra.

Y se quedó colgado de un montón de cables.

–¡Cuidado, apartad!  –gritó Helena.

–¡Ay, ay, ay!  –gritó Tomeo, retrocediendo.

El cartel chocó contra el techo de la barca, provocando un enorme estruendo.

¡¡¡PA-TA-PAM!!!

Rebotó con fuerza.

¡Y cayó al agua!

¡¡¡PLASHHHHHHHHHHHHH!!!

Ante los ojos atónitos de nueve niños, UN ENORME CARTEL LUMINOSO SE HUNDIÓ EN LAS AGUAS DEL CANAL.

Una de las esquinas seguía enganchada a los cables.

Saltaron chispas y burbujas.

–Creo que al final no vamos a poder llevarlo al pueblo  –dijo Toni, mientras lo veía hundirse.

Fue espectacular.

Y horrible.

Pero el estropicio no había acabado: lo peor ocurrió a continuación.

Aquellos cables en el agua provocaron un tremendo cortocircuito.

Se oyó un ruido como cuando se funde una bombilla, pero a lo bestia.

¡¡¡RAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAS!!!

De golpe…

¡Se apagaron las farolas del puente y la luz del hotel y de los edificios cercanos!

En pocos segundos, todas las luces de la zona se fundieron.

Y eso no fue todo.

El apagón se fue extendiendo por los canales y las calles colindantes.

Desde lo alto de la barca, pudimos ver una ola de oscuridad que se iba extendiendo por toda la ciudad.

Nunca imaginé que podría suceder algo así por nuestra culpa.

En un abrir y cerrar de ojos, todas las luces se apagaron.

¡VENECIA SE QUEDÓ A OSCURAS!

Habíamos provocado un apagón descomunal.

Estábamos tan perplejos y tan asustados, que ninguno nos atrevimos a movernos ni a decir nada.

Hasta que Camuñas abrió la boca y exclamó:

–¡Mola!

EL DESTINO DE LOS FUTBOLÍSIMOS ESTÁ EN TUS MANOS. ¿QUÉ QUIERES QUE OCURRA EN EL PRÓXIMO CAPÍTULO? Esta ha sido la respuesta ganadora

Venecia sigue sin luz varios días y tienen que trasladar el campeonato a otra ciudad.
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