Descubre la nueva aventura de Los Futbolísimos:
"El misterio de la máscara de oro"
Todos los viernes un nuevo capítulo de la mano de Kimitec y la Fundación Maavi, ¡solo en as.com!

Un enorme barco vino a recogernos al puerto de Venecia.

Doce horas después del apagón… ¡La luz aún no había vuelto a la ciudad!

Nadie sabía cuándo conseguirían reparar la avería.

Al parecer, el gigantesco cortocircuito del canal había afectado a los generadores centrales, lo cual no tengo ni idea qué significaba, pero era muy grave: la red eléctrica al completo había sido dañada.

Así que nos trasladaron a los ocho equipos participantes al puerto.

Una vez allí, subimos a bordo de una gran embarcación de esas que se usan para hacer cruceros.

Era una nave imponente, con varias alturas.

Según nos explicaron, en su interior había mil doscientos camarotes.

Tenía varios restaurantes, piscinas, canchas de juegos, discotecas, gimnasios y de todo.

Era como una ciudad ambulante.

En un lateral del barco, se podía leer el nombre: DIAVOLO.

O sea, diablo.

Felipe lo observó con la boca abierta.

-Pues mira qué bien -dijo encantado, mientras subíamos a bordo por la pasarela-: nos vamos de crucero.

-Esto no es un crucero -replicó Alicia-. Simplemente nos trasladan a otro lugar donde se pueda jugar el campeonato.

-No hay ningún motivo para estar contentos -recordó mi madre-. Algún saboteador la ha liado muy gorda. Es indignante. Ojalá pillen al culpable y le metan en la cárcel una buena temporada.

Mis amigos y yo nos miramos preocupados, sin decir nada.

Si descubrían lo que habíamos hecho, se nos caería el pelo.

Radu se rascó la nariz, pensativo.

Tal vez era cosa mía, pero me dio la sensación de que sabía algo. Quizá había echado de menos sus herramientas. No lo sé, era pura intuición.

-¿Cuándo quitar disfraz? -preguntó Radu, apoyándose en la barandilla del barco, un poco agobiado.

Como el apagón les había pillado en la fiesta de inauguración, todos seguían con los disfraces puestos.

Les habían trasladado directamente al puerto y todavía no habían podido cambiarse.

Radu llevaba un disfraz de Frankenstein, con los tornillos en la cabeza y la cara pintada de blanco. 

Mi madre iba de Caperucita Roja, con un manto precioso y una capucha que le cubría la cabeza.

Alicia se había disfrazado de esqueleto humano, con una máscara y un maillot negro sobre el que habían pintado los huesos de todo el cuerpo.

Y Felipe…

-Me flipa tu disfraz de tortuga ninja -dijo Camuñas.

-No, no -dijo el entrenador-, voy de Capitán América.

-Pero si llevas un caparazón en la espalda -insistió Camuñas-. Como las tortugas.

-Yo creía que era una joroba -murmuró Ocho.

-Que noooooo -dijo Felipe-, es el escudo del Capitán América.

-Es un poco confuso -dijo Anita.

-Pareces una tortuga ninja -repitió Camuñas-: con el antifaz y el caparazón.

-¿Tú crees? -preguntó Felipe-. Con razón algunos en la fiesta me llamaban Leonardo y no entendía por qué.

Ellos cuatro no eran los únicos.

Excepto nosotros, que nos habíamos quedado castigados en el hotel, todos los demás seguían con sus disfraces puestos.

Jugadores, entrenadores y representantes de otros equipos.

Miembros de la organización.

Todos sin excepción iban con su disfraz.

Era curioso ver en la cubierta del barco a más de doscientas personas con disfraces de lo más variopinto.

El Diavolo se fue adentrando poco a poco en el mar, hasta que la ciudad de los canales se convirtió en un punto diminuto en el horizonte.

-¿Alguien sabe adónde vamos? -preguntó Marilyn, la capitana.

-He oído rumores de que van a trasladar el campeonato a Milán -dijo Toni.

-¡Toma ya! -exclamó Tomeo-: allí juegan el Inter de Milán y también el Milán, podemos ir a visitar el estadio de San Siro.

-No digáis barbaridades -rebatió Anita-. Milán está en el interior de Italia, no se puede ir en barco.

-A lo mejor nos llevan a algún aeropuerto para coger un avión -dijo Helena. 

-Yo no quiero coger más aviones, por favor -protestó Angustias-, me da miedo volar.

-No te preocupes -le dijo Alicia, abrazándole-, ya verás cómo todo sale bien.

-Perdona, Alicia, te agradezco el gesto -dijo Angustias, alejándose de la entrenadora-, pero es que ese disfraz de calavera y esqueleto… me da un poco de repelús.

Angustias siempre estaba asustado por algo.

Nos convocaron a todos en la cubierta principal, junto a la gigantesca piscina Diavolo. No era olímpica, pero casi.

Allí nos juntamos los integrantes de todos los equipos.

Sobre un puente ovalado que cruzaba por encima de la piscina, aparecieron dos mujeres:

La primera, una señora bastante gruesa, con el pelo rizado y un traje gris.

Se acercó a un micrófono de pie y dijo:

-Me llamo Carine Rodrigues. Por si alguien no lo sabe, soy la presidenta de la Federación Internacional de Fútbol Infantil: la FIFI.

La acompañaba una mujer más joven, que llevaba una pequeña cresta en el pelo y un piercing en la nariz. También vestía un traje gris muy formal, que no le pegaba nada.

-Yo soy Roberta Ambrossi -dijo-. Soy presidenta del Comité Organizador de Il Bambinísimo.

Parecía mucho más tímida que la otra.

-Cuántas presidentas -murmuró Camuñas.

Todos estábamos expectantes.

No sabíamos a dónde nos dirigíamos ni qué iba a ocurrir con el campeonato.

-Disculpad por los inconvenientes -dijo Carine-, pero esto del apagón nos ha pillado a todos por sorpresa. Por suerte, en la FIFI siempre estamos preparados para solucionar cualquier problema.

Ya sé que es un organismo internacional muy importante, pero cada vez que pronunciaba la palabra FIFI, me imaginaba un perro caniche.

«Fifi, ven aquí».

«Fifi, toma un hueso».

«Fifi, deja de morder el sofá».

-Lo más importante es la seguridad de todos -añadió Roberta, haciéndose sitio junto al micrófono-, especialmente la de los niños. Agradezco la intervención de la FIFI para arreglar los problemas derivados del apagón.

Carine la apartó de un pequeño empujón con la cadera, y se agarró al micrófono con las dos manos.

-Pues sí, menos mal que en la FIFI hemos tomado las riendas del asunto -dijo-, porque algunas ya estaban pensando en suspender el torneo, ejem.

Lanzó una mirada de reproche a Roberta.

-A ver, niños y niñas -siguió Carine-, ¿queréis que el campeonato se celebre aunque tengamos que irnos de Venecia?

-¡Síííííííííííííí! -exclamamos todos los presentes.

-¿Queréis que los primeros partidos se jueguen esta misma tarde, tal y como estaba previsto?

-¡Sííííííííííííííííííííííí!

La gente estaba entusiasmada.

-¿Queréis que pasemos una noche a bordo del Diavolo, con camarotes gratis para todos? -preguntó Carine, sonriendo.

-¡Síííííííííííííííííííííííííííííííííí! -respondimos al unísono.

Carine Rodrigues se vino arriba y levantó ambos brazos en señal de victoria.

-¿¿¿Soy la mejor presidenta de la FIFI de todos los tiempos???

-¡¡¡Síííííííííííííííííííííííííííííííííííííííííí!!!

-¿¿¿Queréis que me vuelva a presentar al cargo???

-¡¡¡Síííííííííííííííííííííííííííííííííííííííííí!!!

Era una locura total.

A cada pregunta, gritábamos más y más.

-¿Por qué gritamos tanto? -preguntó Angustias.

-No lo sé -respondió Tomeo-, pero me encanta.

Ya no hacía falta ni siquiera que preguntara algo.

Todos en cubierta, levantamos los brazos y gritamos:

-¡¡¡Síííííííííííííí!!!

-¡¡¡Síííííííííííííííííííííííííííí!!!

-¡¡¡Síííííííííííííííííííííííííííííííííííííííííí!!!

Entre risas, Carine hizo gestos con ambas manos para que nos calláramos.

-A continuación, vamos a proceder al sorteo -anunció la presidenta-. Nos acompañan tres grandes personalidades para sacar las bolas y decidir los primeros cruces.

Helena y yo intercambiamos una mirada de preocupación. 

¿Dónde íbamos a jugar los partidos? 

¿Quién nos tocaría en primera ronda? 

Y lo más importante: ¿qué pasaría si se descubría que los culpables del apagón habíamos sido nosotros?

Dos operarios subieron un bombo sobre el puente.

El destino de los ocho equipos estaba en esas bolas.

-Para decidir el primer partido -dijo Carine-, le pido que suba al mejor jugador de fútbol infantil en el mundo entero.

Allí apareció Dino Rodrigues, el famoso futbolista brasileño que a los once años había batido todos los récords de goles.

-¡Ostras, es Súper Dino! -exclamó Toni-. ¡Eres mi héroe!

-Dicen que ya tiene ofertas de los mejores equipos de todo el planeta -aseguró Camuñas.

Dino saludó mientras todos le aplaudían.

Aunque yo no le había visto jugar en directo, sí que había visto mil vídeos en los que marcaba goles desde todas las posiciones que te pudieras imaginar.

Era muy moreno y tenía una sonrisa muy blanca, que brillaba bajo el sol.

-No es porque sea mi hijo, pero además de buen futbolista y buen chico, es guapísimo -dijo Carine, orgullosa.

Dino metió la mano en el bombo y sacó dos bolas.

La presidenta de la FIFI leyó en voz alta los nombres que habían salido:

-Oporto y… Bayern de Múnich.

Al menos nos habíamos salvado de jugar el primer encuentro contra los temibles campeones alemanes.

-Ahora subirá para extraer las dos siguientes bolas un artista extraordinario -dijo Carine-. La persona que ha creado la famosa máscara de oro que se llevará el equipo ganador: el escultor Massimo Ferreti.

Vestido con una túnica estampada, Ferreti subió al puente.

Una poblada barba cubría su rostro.

Con su prominente barriga tapaba por completo el bombo.

-¿Quién es tu favorito para ganar el torneo, Massimo? -le preguntó Carine.

-Todos son buenísimos -contestó-. Pero yo creo que el actual campeón, el Bayern de Múnich, es el equipo a batir. Y bueno, mi corazón también está con el equipo italiano, claro, la Juventus.

-¿«La máscara de oro» es realmente… de oro? -dijo Carine, interesada.

-Por supuesto -respondió Ferreti-, es un trofeo de un valor incalculable. Ahora mismo, está custodiada en la bodega de este barco. Hasta que no se la entregue al ganador, nunca me separo de ella. Mucha suerte a todos.

A continuación, se acercó al bombo y extrajo otras dos bolas:

El París Saint Germain y el Ajax.

Parece que la bola de Soto Alto se resistía.

Ya solo quedábamos cuatro equipos por salir:

La Juventus.

El Manchester City.

El Zenit de San Petersburgo.

Y el Soto Alto.

Ninguno era un rival fácil.

De hecho, todos eran equipos de renombre, excepto nosotros.

-Que nos toquen los rusos -pidió Ocho, concentrándose-. Es el equipo más flojo de los que quedan.

-No te fíes, también son muy buenos -dijo Marilyn.

-Ahora, para extraer las dos siguientes -dijo Carine, acercándose al micrófono-, le pido a la máxima autoridad de este barco, el capitán Diavolo, que se acerque.

Sobre el puente, apareció un tipo con un parche en el ojo y una larga casaca azul, muy antigua.

Era como esos piratas de los libros y las películas.

Iba cojeando, aunque no tenía una pata de palo.

-Es un disfraz muy apropiado, capitán -dijo Carine.

-¡Patrañas! -exclamó él-. No es ningún disfraz, es mi uniforme desde hace más de treinta años.

-Ah, perdón -dijo Carine-. Una pregunta si me permite: ¿El nombre del barco se lo pusieron en su honor, capitán? 

-Patrañas -contestó él-. A nadie le importa. Ah, y a mí todo esto del campeonato de niños me parece una solemne bobada. Únicamente he aceptado llevarlos a bordo porque necesitaba el dinero. Pero, vamos, que no me gusta el fútbol y mucho menos, los niños.

Ni siquiera Carine supo qué decir ante algo así. 

El capitán Diavolo extrajo otras dos bolas y se las dio de mala gana a la presidenta.

-El Soto Alto Fútbol Club -leyó Carine, mostrando una bola en la que venía el nombre de nuestro equipo-, contra… 

-Los rusos, los rusos -murmuramos mis compañeros y yo.

-Contra… -siguió Carine- ¡La Juventus!

-¡Oh, no! -se lamentó Felipe-. Los italianos son buenísimos, es casi imposible marcarles gol. Además son el equipo local, ¡qué mala suerte!

-¿Pero los buenos no eran los alemanes? -preguntó mi madre.

-También, también -aseguró el entrenador-. ¡Son buenísimos los dos!

Mientras cerraban el sorteo comprobando las otras dos bolas, en las que efectivamente venían los nombres del Zenit y el Manchester, me llamó la atención una niña.

Estaba al otro lado de la piscina, entre el grupo de la Juventus y no me quitaba ojo.

Supongo que sería una jugadora del equipo. Era muy bajita, con dos coletas muy largas. Llevaba puesto un disfraz de delfín que la cubría de la cabeza a los pies.

Me miraba fijamente.

Al darse cuenta de que yo también la observaba, desapareció entre la multitud.

¿Quién sería?

¿Y por qué me miraba así?

-¿Estás contenta, Roberta? -le preguntó Carine a la presidenta de Il Bambinísimo, a la que había relegado a un segundo plano.

-Mucho -respondió ella, intentando acercarse al micrófono-, es un auténtico honor…

-Que sí, que sí -la cortó Carine-. Ahora ha llegado el momento de la verdad, vamos a responder la gran pregunta que todos os estaréis haciendo… ¿Dónde se van a jugar los partidos?

Se hizo un profundo silencio en la cubierta. Si los encuentros se iban a disputar esa misma tarde, no podía ser muy lejos.

Carine aguantó la respiración y después de una pausa dramática, al fin anunció:

-¡Los partidos se van a jugar aquí mismo, en el Diavolo! 

Una exclamación de sorpresa recorrió el lugar.

-¡Il Bambinísimo va a ser el primer campeonato oficial de fútbol que se juegue en un barco! -exclamó la presidenta de la FIFI-. ¡En la cubierta de proa tenemos un campo de fútbol completamente reglamentario! ¡Viva!

Aplausos y gritos.

Todo el mundo empezó a opinar: que aquello molaba un montón, que era una oportunidad histórica, que el balón se podía caer al mar…  y muchas otras cosas.

La gente estaba entusiasmada.

Todos menos el capitán Diavolo, que se alejó por el puente y murmuró:

-Patrañas.

Alguien me dio un golpecito en el hombro.

Pensé que se trataría de Helena o de otro de mis amigos.

Pero no.

Era la niña-delfín de la Juventus.

Estaba a mi lado y me miraba con sus enormes ojos.

-Hola… mi chiamo Micaela -dijo, con una mezcla de español e italiano-: Mic.

-Encantado, Mic. Yo soy Francisco -dije-, aunque todos me llaman Pakete. Ah, me encanta tu disfraz de delfín.

-Non è un delfino -dijo ella sonriendo-. È un squalo… un tiburón.

Me fijé mejor en el disfraz: la aleta, los colmillos. 

Tenía razón, era un tiburón.

-Oggi perderai la partita -dijo Mic, muy tranquila-: hoy vais a perder partido.

-Bueno, eso ya lo veremos -respondí-. Sois favoritos, pero nosotros somos campeones de España.

-Non hai capito, tú no has entendido -replicó Mic-. Perderai a posta… perderéis a propósito. 

-¿Y eso por qué? -pregunté extrañado.

-Si vosotros non perder -contestó-, io contaré a tutti che apagón di Venecia è colpa vostra. Io sò la verità. Sé la verdad del apagón y contaré a todos.

¿Sabía la verdad?

¿Por qué?

Noté que me subía el calor por el cuerpo.

Me empecé a poner muy nervioso.

-Vosotros perder -insistió-. Nosotros ganar. Si non, termináis en la galera… en la cárcel. Arrivederci.

Se dio media vuelta y se alejó.

Me había quedado en shock.

¿Aquella niña de la Juventus acababa de amenazarme?

¿Cómo sabía ella lo que había ocurrido en el canal?

Entonces, Carine Rodrigues agarró el micrófono y preguntó:

-¿¡Alguien quiere darse un baño en la piscina!?

Por supuesto, todo el mundo respondió:

-¡Síííííííííííííííííííííííííííííííííííííííííí!

-¡Al agua ahora mismo! -exclamó Carine-. ¡Vamooooooos!

Casi doscientos niños y adultos con sus disfraces, se lanzaron de golpe a la gran piscina de la cubierta y comenzaron a chapotear, riendo y gritando. Felices.

Yo estaba allí parado, incapaz de reaccionar.

-¡Pakete! -me llamó Helena desde el agua-. ¿No vienes?

-¿¡Eh!? Sí, ahora voy -dije.

EL DESTINO DE LOS FUTBOLÍSIMOS ESTÁ EN TUS MANOS. ¿QUÉ QUIERES QUE OCURRA EN EL PRÓXIMO CAPÍTULO? Esta ha sido la respuesta ganadora

Resulta que el delantero centro de la Juventus es un viejo amigo de los Futbolísimos: el temible Luccien.
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