Descubre la nueva aventura de Los Futbolísimos:
"El misterio de la máscara de oro"
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El árbitro llevaba puesto un gorro de natación.

No sé por qué.

Tal vez venía directo de darse un baño en la piscina del barco.

Roberta Ambrossi, la presidenta de Il Bambinísimo y entrenadora de la Juventus, estaba plantada delante del árbitro.

-Por favor -dijo, mirando su reloj-. Esperen un poco más, debe estar a punto de llegar.

-Partido empezar ya -replicó el árbitro, negando con la cabeza.

-Solo serán unos minutos -insistió Roberta, observando el horizonte, como si alguien fuera a llegar volando-. Es un fichaje muy importante para nuestro equipo.

Tanto los jugadores de la Juventus como los de Soto Alto estábamos sobre el césped artificial del impresionante campo de fútbol.

En la cubierta de proa.

Preparados para disputar el último partido de la primera ronda.

Los otros tres partidos ya habían concluido con victorias rotundas del Manchester City, el París Saint Germain y el Bayern de Múnich, el actual campeón de Europa.

Los Torpedos Fischer habían arrasado, marcando tres goles cada uno.

Mi madre, impaciente, levantó los brazos desde la línea de banda.

-¡Árbitro, hay que empezar ya! -exclamó-. Por mucho que la entrenadora italiana sea presidenta del campeonato, no puede tener trato de favor.

-Juana, no te alteres, que es peor -le sugirió Esteban, tratando de calmarla.

-Es que esto es muy raro -dijo mi madre-: Tienen un fichaje misterioso de última hora, el partido se retrasa para que pueda llegar a tiempo… no me gusta, Esteban, no me gusta nada.

-¡Aquí nadie trato de favor! -aseguró el árbitro.

El colegiado le hizo un gesto a Roberta para que se retirase de una vez.

-Pero qué más le da esperar un poco -repitió la italiana-. Si estamos en un barco, nadie tiene que irse a ninguna parte…

-O retira ahora mismo, o yo saco tarjeta -zanjó el árbitro.

Roberta cedió y volvió hacia su banquillo farfullando.


Mic estaba junto al balón en el centro del campo, dispuesta a sacar.

La Juventus era un equipo temible.

Habían batido varios récords: cincuenta partidos seguidos sin que nadie les marcara ni un gol y diez veces consecutivas finalistas del campeonato de Europa.

Nosotros era la primera vez que participábamos.

Y la primera vez que íbamos a jugar un partido oficial en un barco.

Helena y yo cruzamos una mirada con una mezcla de emoción y de temor.

El árbitro se ajustó el gorro elástico, se llevó el silbato a la boca y lo hizo sonar con todas sus fuerzas:

-¡Piiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiii!

Ahora sí, comenzó el partido.

Mic levantó la vista y en lugar de pasar a alguien de su equipo, le pegó un tremendo patadón a la pelota, que voló hacia nuestra área.

-¿Qué hace? -preguntó Alicia, perpleja.

Aquello fue toda una declaración de intenciones.

No querían el balón.

Su juego consistía en defender y presionar.

Eso era todo.

Marilyn controló el balón y centró a Toni.

Antes de que pudiera recibir, la propia Mic le empujó con ambos brazos.

-¿¡Eh, qué haces!? -protestó Toni, cayendo de bruces al suelo.

-Carga legal -aseguró Mic.

El árbitro pareció dudar, pero finalmente dijo:

-Siga jugando.

Desde allí mismo, sin dudarlo ni un segundo, la delantera italiana chutó a portería.

Aunque le pilló desprevenido, Camuñas reaccionó a tiempo.

Despejó de puños el balón, que salió rebotado lejos de la cubierta y cayó al mar.

Cada vez que tenían la pelota, se la quitaban de encima.

-¡Bravo, bravísimo! -gritó Roberta desde el banquillo, aplaudiendo cada empujón y cada balonazo que daban-. ¡El balón quema, quema, quema!

-¡A nosotros no nos quema! -advirtió Felipe-. ¡En Soto Alto queremos mucho al balón! ¡Nos encanta!

Lo querríamos mucho, pero cada vez que tocábamos la pelota, ¡catampún!, algún jugador de la Juve nos pegaba un empujón, una zancadilla o una patada.

No jugaban al fútbol.

Solo querían impedir que creáramos ocasiones de gol.

Lo intentamos de todas las maneras posibles:

Por las bandas.

Por alto.

Regateando.

Haciendo paredes.

Imposible.

Todas las jugadas acababan igual: uno de nosotros en el suelo protestando.

Y ellos disparando a nuestra portería desde lejos.

Ni siquiera intentaban un contrataque.

Era el anti-fútbol total.

Cuando el árbitro pitó el final de la primera parte, respiramos aliviados.

Estábamos todos magullados.

Toni salió cojeando.

Marilyn se dolía de un golpe en la espalda.

Helena se quejó de un hombro.

Tomeo resoplaba como si hubiera corrido una maratón.

Estábamos agotados y molidos.

-¡Es una vergüenza, árbitro! -protestó mi madre-. ¡Deberían estar todos expulsados!

Alicia intentó darnos ánimos.

-Vamos, equipo, somos Soto Alto, que no se diga -aseguró-. Al menos, no han conseguido meternos ningún gol.

-Tampoco lo han intentado -dijo Toni, muy enfadado-. Solo dan patadas.

-Juegan al límite del reglamento -admitió Felipe-. Supongo que, al ser el equipo local, les permiten un juego más duro.

-Eso no es juego duro -dijo Angustias-, es juego asesino. Por favor, rindámonos ya antes de que ocurra una desgracia.

En toda la primera parte, habíamos sido incapaces de crear una sola ocasión.

Ni una.

Me fijé en un extremo del campo, justo en la proa del barco:

Roberta parecía discutir acaloradamente con el capitán Diavolo y con la presidenta de la FIFI, Carine Rodrigues.

La italiana señalaba el mar delante de ellos.

Y el capitán negaba con la cabeza.

Los tres estaban más allá de la barandilla de seguridad.

Las olas chocaban contra el casco, el agua les salpicaba.

No sé de qué hablarían, pero Roberta y el capitán Diavolo gesticulaban mucho.

Carine les observaba sin perder la compostura, como si fuera la jueza de una grave disputa.

-¡Ocho, entras por Angustias! -anunció Felipe.

-¡Bien! -exclamó Angustias, aliviado, retirándose al banquillo.

-¡Y Anita, entras por Tomeo! -dijo Alicia.

-Yo soy portera -protestó Anita.

Nadie quería salir al campo para que le machacaran.

-Has jugado muchas veces de defensa -la recordó Alicia.

-Tenemos que cambiar la mentalidad -dijo Felipe-. Somos un equipo. Jugamos en equipo. Y tenemos algo que ellos jamás tendrán…

-¿Miedo?

-¿Lesiones?

-¿Un delantero que falla todos los penaltis?

-Nooooooooooooooooo -dijo Felipe-. Tenemos… ¡amor por el fútbol! ¡Nos gusta el fútbol más que a nadie! No somos como ellos: están dispuestos a destruir al rival con tal de ganar. ¡Queremos demasiado este deporte! ¡Somos el Soto Alto! ¡Campeones en amor al fútbol!

-Te ha quedado precioso el discurso, entrenador -dijo Angustias, emocionado-. Me entran ganas de volver al campo, aunque me partan las piernas.

-¡Vamos, equipo! -exclamó Alicia-. ¡Salid y demostradles quiénes somos!

Con algo más de ánimo, saltamos al césped, preparados para disputar la segunda parte.

Mic pasó a mi lado y murmuró:

-Recuerda: vosotros perder, o yo cuento toda la verdad de apagón. Perdere.

Lo que faltaba.

Nos breaban a golpes.

Y, además, nos amenazaban.

No les había contado a mis compañeros nada de aquello, no quería ponerles más nerviosos.

Tal y como iban las cosas, lo más probable es que perdiéramos el partido sin tener que dejarnos ganar. Así me ahorraría tener que hacer ni decir nada.

En caso de que las cosas mejoraran, ya se me ocurriría algo.

-Quiero juego limpio -advirtió el árbitro-. Fair play!

Mic y Marilyn, las dos capitanas, asintieron.

Y arrancó el segundo tiempo.

Esta vez sacamos nosotros de centro.

Helena me pasó a mí.

Yo retrocedí a Toni.

Él pasó a Marilyn, que subía por el lateral.

Ella cambió a la otra banda, donde Anita había iniciado una carrera frenética.

¡Cuatro pases seguidos!

Era mucho más de lo que habíamos conseguido en el primer tiempo.

Tal vez algo estaba cambiando.

Poco a poco, estábamos recuperando el espíritu de equipo.

Sin miedo.

Sin temor…

¡PATAPLAF!

Un lateral italiano se llevó por delante a Anita, que salió despedida fuera del campo.

Anita se estrelló contra el banquillo italiano.

-Ay -se lamentó-. Creo que me he roto todo.

No podía seguir jugando.

La retiraron lesionada y Tomeo volvió a entrar en su lugar.

-¡Árbitro, esto es demasiado! -gritó mi madre-. ¡Estás comprado o estás ciego!

El árbitro esta vez sí pitó falta a nuestro favor.

Pero no sirvió de nada.

Enseguida volvieron los empujones, que ellos llamaban «cargas legales».

Las patadas al tobillo, que ellos llamaban «sacar el balón limpiamente».

Golpes de toda clase.

Era imposible jugar.

Los minutos pasaban y cada vez estábamos más desanimados, más hundidos.

Ellos tampoco creaban ocasiones claras.

Pero estaban cómodos con ese juego.

Era su estilo: patadas, esperar a que estuviéramos agotados y aprovechar un descuido.

El resultado que más se repetía en sus partidos era 1 a 0 a su favor.

Después de un zapatazo terrible a Marilyn en la rodilla, tuvieron que sacarla en camilla.

Angustias volvió a entrar.

-¡Solo quedan dos minutos! -gritó Alicia-. ¡Aguantemos y llegaremos a la prórroga!

-¡No, por favor! -suplicó Angustias, despejando el balón fuera-. ¡Prórroga no! ¡Dejémosles que marquen un gol y que acabe de una vez este suplicio! ¡Me dan ganas de llorar!

Entonces, en ese preciso instante, se oyó un ruido que provenía del mar.

-¡Es una lancha motora chulísima! -exclamó Camuñas, señalando una gran barca de color blanco reluciente que se acercaba al barco-. ¡Cómo mola!

-Ciao! -gritó Roberta, entusiasmada-. ¡Al fin! ¡Árbitro, cambio! ¡Nuestro jugador número 10 viene en esa barca!

-¿¡Qué!? -dijo Alicia-. ¿¡Un jugador que llega por el mar en el último momento!? ¡¡¡Es muy irregular!!!

El árbitro se rascó la cabeza, desconcertado.

-Ese jugador está inscrito oficialmente en la competición -explicó Roberta-. Es todo legal.

La lancha motora hizo una maniobra de aproximación a la proa del barco.

De pie en la parte superior de la lancha, se podía distinguir a un chico rubio con la equipación de la Juve.

Le hizo señas al que conducía para que acelerara. Al girarse, vimos el número 10 en su camiseta.

El capitán Diavolo, con su inconfundible parche y su casaca azul, saltó sobre la barandilla, moviendo los brazos para que la barca se alejara.

-¡Largo! -ordenó-. ¡Esto es muy peligroso! ¡No se puede lanzar una pasarela desde ahí! ¡Fuera, esto va contra las normas marítimas más elementales!

-¡No necesito pasarela! -replicó el chico desde la lancha-. ¡Yo saltar en marcha!

-¡PATRAÑAS! -bramó el capitán.

La lancha ignoró sus gritos y aceleró, acercándose aún más.

Aprovechando el impulso y la velocidad, el chico rubio pegó un tremendo salto desde la lancha, dio una espectacular voltereta mortal en el aire por encima del capitán…

¡Y aterrizó en la cubierta del barco!

Se pudo oír un oooooooooooooooooooooooh de admiración entre los presentes.

-Siento retraso, primero ir a Venecia y luego buscar barco Diavolo -dijo el rubio, haciendo una reverencia-. ¡Soy el nuevo fichaje de la Juventus!

Aquel chico era…

-¡Luccien! -exclamó Helena con hache nada más verle.

-¡Oh, no! -dijo Toni.

Luccien era un niño francés que conocimos en un torneo de Benidorm y con el que también coincidimos en un viaje a Disneyland Paris.

Según los periodistas deportivos, era el mejor jugador de fútbol infantil… ¡De todo el mundo!

Era rubio con los ojos azules y tenía una sonrisa perfecta y…

–Hola, Helena, pasar mucho tiempo desde última vez –dijo con su acento francés.

Ella sonrió.

Ya estábamos.

Siempre que nos lo cruzábamos, Luccien y Helena pasaban mucho tiempo juntos y se llevaban genial.

-La verdad es que da gusto ver al muchacho -dijo mi madre, admirando a Luccien-. Cómo ha saltado desde esa lancha y qué guapetón es, las cosas como son.

La entrenadora Roberta asintió satisfecha.

Luccien chocó la mano con Mic y entró al campo.

-Solo queda un minuto y medio -nos avisó Felipe-. ¡No os asustéis!

Demasiado tarde.

Ya estábamos temblando.

El árbitro pitó para que se reanudara el encuentro.

Mic sacó de banda.

El balón cayó a los pies de Luccien.

Se giró y de dos zancadas fugaces, dejó atrás a Tomeo.

Era la primera vez en todo el partido que la Juventus no se quitaba de encima el balón.

Ocho y Angustias salieron a taparle, pero Luccien pasó el balón por debajo de las piernas de ambos.

¡Les hizo un doble caño!

-¡Olé, olé y olé! -exclamó mi madre poniéndose en pie.

Ante la mirada extrañada de Esteban, se disculpó:

-Vale, que sí, ya sé que es del equipo rival, pero es que es buenísimo el crío.

Luccien encaró a Helena, que había bajado a defenderle.

-Je suis desolé -le dijo, sonriendo.

-Significa que lo siente mucho -tradujo Anita.

Luccien caracoleó hacia un lado, hacia otro, una y otra vez, hasta que al final… regateó a Helena, dejándola sentada de culo en el césped.

Antes de alejarse, ¡le guiñó un ojo!

Pufffffffffffffffffffff.

Luccien se quedó solo delante de Camuñas.

Corrí y corrí y corrí con todas mis fuerzas para impedir que rematara.

Mic se puso a mi altura y me empujó con el hombro.

-Ríndete, mejor para vosotros perder -me susurró-. Tú advertido.

Prometo que me dieron igual sus amenazas.

Intenté llegar a defenderle.

Aún podía conseguirlo.

Pero cuando estaba a punto de alcanzarle, Mic me clavó el codo en las costillas y me hizo perder el equilibrio.

Rodé por el césped.

Luccien pasó el balón por encima de Camuñas, le hizo un sombrero perfecto y entró con el balón controlado dentro de la portería.

-¡GOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOL! -gritaron los jugadores y aficionados italianos.

Desde el suelo, miré el marcador:

Juventus 1; Soto Alto 0.

Y el partido estaba a punto de acabar.

EL DESTINO DE LOS FUTBOLÍSIMOS ESTÁ EN TUS MANOS. ¿QUÉ QUIERES QUE OCURRA EN EL PRÓXIMO CAPÍTULO?

Cuando todo parece perdido… ¡Angustias mete un gol en el último microsegundo!