Descubre la nueva aventura de Los Futbolísimos:
"El misterio de la máscara de oro"
Todos los viernes un nuevo capítulo de la mano de Kimitec y la Fundación Maavi, ¡solo en as.com!

El gol había sido espectacular.

Con Luccien en sus filas, la Juventus era invencible.

Defendían.

Presionaban.

Y para colmo, el delantero francés marcaba.

-Por algo ese crío es el mejor del mundo -sentenció mi madre.

-Nosotros no tendremos a los mejores jugadores del mundo -exclamó Felipe, intentando animarnos-, pero tenemos… o sea… un equipazo tampoco tenemos, la verdad… ni un delantero crack… o sea, a ver… lo que quiero decir es que… de defensa andamos regular… y tirando penaltis ni te cuento… pero tenemos… tenemos…

-¡Un lema que mola mucho! -le ayudó Marilyn.

-Exacto -aseguró el entrenador-: ¡Querer ganar, saber perder! 

-Sí sapere perder, ja, ja, ja, ja -dijo Mic, riéndose.

Y chocó su mano de nuevo con Luccien, que saludaba a la grada con su sonrisa blanca resplandeciente.

-A mí me mola más el otro lema -intervino Tomeo-: Aquí está el Soto Alto, invencibles como el cobalto.

-Sois molto divertentes -dijo Mic-, muy graciosos, ja, ja, ja, ja

-Tú ríe -se defendió Tomeo-, pero a ver cuántos equipos conoces que tengan dos lemas.

-Tres -dijo Ocho, animándole-, no te olvides del primer lema que tuvimos: ¡Soto Alto ganará, ra-ra-ra!

Mic y otros jugadores de la Juve se partían de risa. 

-¡Saque de centro, ya! -ordenó el árbitro.

Para acabar el partido, quedaban… ¡66 segundos!

Helena con hache se dispuso a sacar.

-Yo recomendar a Juventus que fichen a ti, a tua -le dijo Luccien, poniendo morritos-. Jugar juntos, ser sueño.

-Muy amable -respondió Helena-. Pero por ahora… sigo siendo de Soto Alto.

Helena pasó a Toni.

Enseguida se le echaron dos rivales encima.

Toni retrocedió a Angustias.

El lateral gritó atemorizado:

-¡A mí no me paséis! ¡No quiero que me den más patadas!

Mic y Luccien corrieron hacia él.

Angustias se quitó la pelota de encima como pudo.

Estaba tan nervioso, que le pegó un puntapié con todas sus fuerzas.

-¡Ya no tengo el balón, dejadme en paz! -suplicó.

Aun así, Mic le hizo una entrada durísima y se lo llevó por delante.

Angustias cayó al suelo dolorido, llevándose la mano al tobillo.

-¡Ay, ay, ay! -se lamentó-. ¿Por qué me zurráis? Si ya no tenía la pelota y no me meto con nadie y además soy malísimo…

El balón voló, surcando el campo.

Angustias había pegado un chut tremendo.

Parecía que la pelota se iba a salir del barco y acabar en el agua.

Pero en lugar de eso, trazó una gran parábola en el aire y comenzó a bajar.

Helena, Toni y yo corrimos hacia el área de la Juventus.

Sin pretenderlo, a Angustias le había salido un pase casi perfecto.

El balón bajó y botó, justo en el punto de penalti…

-Il mío! -gritó el portero italiano. 

Sin embargo, al botar, el balón salió desviado.

El portero lo rozó con los dedos, pero no pudo atraparlo.

¡Increíble! 

¡El balón rebasó al portero! 

¡Estaba a punto de entrar en la portería!

¡Era el gol más asombroso del campeonato! 

Cuando ya estábamos a punto de celebrarlo…

¡CLANK!

La pelota se estrelló contra el larguero.

Se oyó un «¡Oooooooooooooooooooh!» en la grada.

Por muy poco, Angustias no había marcado el gol de su vida.

El balón quedó muerto delante de la portería.

Todos corrimos hacia la pelota.

El portero.

El defensa central.

Helena.

Yo mismo.

Ocurrió como a cámara lenta.

Si me esforzaba, podía llegar al balón… solo tenía que empujarlo y marcaría gol.

En ese instante, alguien me empujó con el hombro.

Pensé que el que se me estaba echando encima era el central de la Juve.

Pero no.

Era…

-¡Dejadme paso, soy Toni Superstar! -gritó Toni.

Mi propio compañero me pegó un empujón y me quitó de en medio.

Alargó la pierna.

Y golpeó el balón antes de que el portero lo pudiera despejar.

Ahora sí que sí… ¡la pelota entró en la portería de la Juventus!

Golazo al estilo Toni: empujando a un compañero y convirtiéndose en protagonista como fuera. 

-¡¡¡Gooooooooooooooooooooooooooooooool!!! 

Alicia y Felipe estallaron de alegría en el banquillo.

Mi madre le dio un beso en la coronilla a Esteban y aplaudió como loca.

Marilyn y Anita saltaron entusiasmadas en la banda.

Angustias, cojeando, brincó junto a Tomeo, Ocho y Camuñas.

Helena y Toni se abrazaron emocionados.

Agarré el balón y corrí hacia el centro del campo. 

-¡Vamos, equipo, todavía hay tiempo! -exclamé.

En el marcador:

Juventus 1; Soto Alto 1.

Quedaban 20 segundos.

-Félicitations… felicidades -dijo Luccien, siempre tan correcto-. En prórroga nosotros machacar.

Mic se dispuso sacar de centro.

-¡Atrás! -gritó Roberta Ambrossi, muy nerviosa, haciendo aspavientos con la mano para que todos sus jugadores retrocedieran.

Roberta quería que pasaran rápido esos últimos segundos. 

La prórroga les beneficiaba: contaban con más cambios; no tenían lesionados, y encima, con la llegada del francés, se habían vuelto letales.

El público estaba en pie, expectante.

Me fijé en Carine Rodrigues y su hijo Dino, en la zona del palco.

Allí estaba también el escultor Ferreti.

Incluso el capitán Diavolo parecía prestar atención.

El partido se había puesto muy emocionante.

El árbitro pitó y Mic sacó para Luccien.

Él le devolvió el balón al primer toque.

Mic levantó la cabeza con el balón controlado.

Angustias la señaló, furioso, y gritó: 

-¡No tenías que haberme dado esa patada!

Fue directo a por Mic, a toda velocidad.

Nunca le había visto así, estaba fuera de sí.

-¡Ya no tenía el balón en esa jugada! -le recordó Angustias-. ¡Te pedí que no me golpearas, te supliqué que no me dieras una patada!

-Huy, está molto enfadado el angustioso -se burló Mic. 

Esa fue la gota que colmó el vaso.

Angustias se lanzó a por ella.

Mic no pudo reaccionar, no se lo esperaba.

Angustias le pegó un tremendo empujón con el hombro.

Mic salió despedida contra el césped y le miró sorprendidísima.

Aquel enclenque asustadizo, ¿la había tirado al suelo?

Era ella la que estaba acostumbrada a golpear a los demás.

El pobre Angustias se arrepintió enseguida.

-Perdón, perdón, no quería -se excusó-, no sé qué me ha pasado.

-¡Número 2, juegue! -ordenó el árbitro-. ¡Ha sido carga legal!

-¿Ah, sí? -dijo Angustias.

La jugadora de la Juve había recibido la misma medicina que ella y sus compañeros llevaban empleando durante todo el encuentro: golpear al rival y que el árbitro no pitase nada.

Luccien corrió hacia el balón, pero Angustias se anticipó.

-¡Me ha dicho a mí que juegue! -exclamó.

Angustias estaba poseído, parecía el justiciero del fútbol.

Aunque seguía cojeando, empujó la pelota con decisión.

Luccien se tiró al césped con las dos piernas por delante para detenerle.

Pero Angustias saltó por encima de él.

¡Y se llevó el balón a trompicones!

Angustias avanzó con la pelota por el centro del campo.

No tenía mucho estilo que se diga: iba tropezando con cualquier pequeño desconchón del césped, resbalaba, el balón botaba sin control… pero el caso es que consiguió seguir adelante.

-¡Eres mi ídolo, Angustias, dale, dale, dale! -gritó mi madre desde la banda.

-¡Paradle! -bramó Roberta-. ¡Como sea! ¡Ya!

Miré el marcador: solo quedaban 10 segundos.

La gente en la grada comenzó a corear la cuenta atrás final:

-¡Diez!

Una jugadora de la Juve le hizo una entrada por detrás a Angustias.

Ambos cayeron, rodaron por el suelo y milagrosamente… Angustias se levantó y continuó corriendo con el balón.

Ni él mismo sabía qué había pasado.

-¡Nueve!

El central salió directo a por Angustias.

-Pásame -pidió Toni, entrando por un lateral del área.

Angustias dudó.

-¡Ocho!

-¡No sé centrar, te lo prometo! -exclamó Angustias con cara de pánico, mirando de reojo a Toni.

Angustias encaró al central, no tenía más remedio que intentar regatearlo.

-¡Grrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrr! -le gruñó el defensor, amenazante.

-¡Siete!

Sin querer, Angustias le dio con el tacón a la pelota, ¡y le hizo un caño al central!

Era como un misil que nadie podía detener, ni siquiera él mismo.

Angustias dejó atrás al defensa, que se quedó boquiabierto sentado de culo.

-¡Seis!

Siguió avanzando sin saber muy bien qué hacía, le dio al balón con la rodilla, con un muslo y hasta con el pecho.

Angustias entró en el área cojeando, pero con el balón en los pies.

El portero de la Juve salió, moviendo los brazos y las piernas.

-¡Cinco!

-¡Pasa de una vez! -insistió Toni, que estaba solo a su derecha.

-¡Aquí! -avisó Helena, que también entraba sola por la izquierda.

-¡Eres un crack, hijo, sigue, sigue, sigue! -gritó mi madre. 

-¡Cuatro!

Angustias hacía un enorme esfuerzo para mantener el equilibrio y no caerse.

-¡Ay, ay, ay, ay, ay! -exclamó, asustado-. ¿¡Qué hago ahora!?

El portero se lanzó a por el balón.

-¡Tres!

Angustias parecía a punto de descoyuntarse allí mismo: Cojo, sudando, sin ningún ritmo, tropezando…

El portero apareció a sus pies y alargó las manos.

Le iba a quitar el balón delante de sus narices y Angustias no tenía ni idea de cómo reaccionar.

-¡Dos!

La bota de Angustias y el guante del portero golpearon al mismo tiempo el balón, uno por cada lado.

La pelota… salió disparada hacia arriba.

¡Y se estrelló contra el rostro de Angustias!

-¡Uno!

Ciego por el golpetazo en la cara, con un ojo morado, asustado, temblando y con todo el campo observándole, Angustias… ¡se agachó!

-¿Pero qué hace? -preguntó Felipe, desesperado.

-¡Esconderme! -respondió Angustias-. ¡Creo que voy a llorar!

-¡¡¡Tiempo!!! -gritó Roberta desde la banda.

El árbitro se llevó el silbato a la boca, estaba a punto de pitar.

El balón golpeó a Angustias en la cara otra vez, luego en el culo, en la cabeza y finalmente… salió disparado.

Había sido como una acrobacia de circo que no sería capaz de repetir ni en mil años.

-¡¡¡Noooooooooooooooo!!! -gritó el portero.

Y el balón…

¡Entró en la portería!

-¡¡¡PIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIII!!!

El árbitro señaló el final del partido.

-¡Gol y final del encuentro! -indicó el colegiado.

Resultado final:

Juventus 1; Soto Alto 2.

-¡Tomaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaa! -gritó mi madre.

-¡Bravoooooooooooooooooooooo! -exclamó Alicia.

-¡A semifinaleeeeeeeeeeeeeeeeees! -dijo Felipe, eufórico.

Todos nos tiramos encima de Angustias para celebrarlo.

-¡Qué ha pasado? -preguntó.

-¡Has marcado un golazo! -respondió Ocho.

-No sé muy bien si lo he metido con el pie, con la cabeza o con el culo -dijo Angustias.

-Lo has metido con los morros, me parece -dijo Camuñas riéndose.

Eufóricos, hicimos una piña sobre Angustias.

-¡Cuidado, que estas celebraciones a lo loco son muy peligrosas! -protestó él.

Angustias en estado puro.

Entre todos, cogimos a Angustias en volandas y le lanzamos a lo alto.

-¡Oé, oé, oé, oé, Angustias, Angustias, Angustias!

Le manteamos como lo que era: ¡El héroe del partido!

-Bajadme, por favor que tengo vértigo -pidió.

Aunque en el fondo, se notaba que por una vez estaba disfrutando.

Los jugadores de la Juve estaban cabizbajos.

Todos menos Luccien, que hablaba en una esquina con Carine Rodrigues, la presidenta de la FIFI. Un grupo de gente se acercó a ellos. No sé de qué hablarían, pero el francés no parecía muy afectado por la derrota. Seguía luciendo su perfecta sonrisa blanca.

El árbitro se ajustó su gorro de piscina y exclamó:

-¡Menudo partidito me habéis dado!

Se alejó hacia la barandilla del barco.

Por un momento, me pareció que se iba a lanzar al mar. Eso explicaría por qué llevaba aquel gorro, pero no, siguió adelante y se perdió por la cubierta.

Las olas golpearon el barco con fuerza.

Helena me miró en la distancia y asintió.

Lo habíamos conseguido.

Me sentí bien.

Habíamos logrado eliminar a los campeones italianos.

Y les habíamos marcado dos goles, cosa que por lo visto no ocurría en un partido oficial desde hacía mucho tiempo.

-Lo has estropeado todo.

Me di la vuelta.

Allí estaba Mic, muy enfadada.

-Te advertí -me dijo-. Ahora tú has estropeado todo.

-¿Yo? -pregunté, atónito.

-Advertí -repitió Mic-: Si no dejas ganar a noi, yo cuento toda verdad sobre apagón a Venecia.

No sabía qué responder.

Habíamos ganado el partido.

Me sentía muy orgulloso de lo que habíamos hecho.

Y ya no había vuelta atrás.

Pero si ahora salía a la luz lo que de verdad había ocurrido en el canal, seguramente nos expulsarían del campeonato. 

O algo peor.

Ella me taladró con la mirada.

-Última oportunidad -dijo, bajando el tono de voz-: Tenéis que robar la máscara de oro esta noche. Si no, mañana durante el desayuno, todo el mundo sabrá la verdad.

-¿¡Qué!?

Observé a Mic.

Estaba hablando muy en serio.

EL DESTINO DE LOS FUTBOLÍSIMOS ESTÁ EN TUS MANOS. ¿QUÉ QUIERES QUE OCURRA EN EL PRÓXIMO CAPÍTULO?

Sorprendentemente, se descubre que Los Futbolísimos no fueron los culpables del apagón en Venecia.