Descubre la nueva aventura de Los Futbolísimos:
"El misterio de la máscara de oro"
Todos los viernes un nuevo capítulo de la mano de Kimitec y la Fundación Maavi, ¡solo en as.com!

Estábamos en el salón principal del Diavolo.

El barco se había engalanado de fiesta.

Después de la cena, estaba a punto de celebrarse el sorteo de semifinales.

Y a continuación, presentarían a los medios la Máscara de Oro.

Habían subido a bordo numerosos periodistas.

La expectación era enorme.

Sin embargo, nosotros estábamos preocupados por otro asunto.

Nos encontrábamos al pie del escenario, haciendo un corrillo, apartados del resto.

-Es indignante -dijo Camuñas.

-Inaceptable -aseguró Toni.

-De ninguna manera -dijo Marilyn.

Acababa de contarles a mis amigos el chantaje y las amenazas de Mic.

-¿Y cómo sabe lo que pasó en el canal? -preguntó Ocho.

-Ni idea -respondí.

-¿Tiene pruebas? -preguntó Tomeo-. ¿Un vídeo o algo?

-Ni idea -dije.

-No sabes nada, Pakete -protestó Anita.

-Sé lo que me ha dicho Mic -insistí-: O robamos la Máscara de Oro, o mañana a la hora del desayuno todos sabrán la verdad.

-No podemos robar la Máscara -dijo Helena con hache-. No somos ladrones.

-Te recuerdo que en Buenos Aires robamos el Obelisco Mágico -dijo Camuñas-. Y en Disneyland, la copa de oro. Y en casa de Jerónimo Llorente, robamos en su caja fuerte…

-Pero todo eso fue por una buena causa -dijo Helena.

-Ahora también es por una buena causa -replicó Camuñas-: Que no nos echen del torneo ni nos metan en la cárcel.

-Yo no pienso ceder al chantaje -dijo Marilyn.

-¿Entonces qué hacemos? -preguntó Ocho.

-Solo hay una solución posible -contestó Helena-: Debemos confesar. La verdad siempre es el mejor camino.

-Eso es muy bonito -dijo Camuñas-, pero se nos va a caer el pelo.

Nos miramos en silencio.

-Yo estoy de acuerdo con Helena -dije.

-Y yo -dijo Anita.

-Yo también -dijo Marilyn-, debemos ser honestos.

-Pensémoslo bien -dijo Toni-. Si lo contamos, nos echarán del torneo. Incluso nos pueden detener, es algo muy grave.

-Te recuerdo que fue idea tuya -dijo Camuñas.

-¿¡Qué!? -exclamó Toni-. Pero si tú dijiste que molaba mucho y trajiste la caja de herramientas.

-Eso ahora da igual -zanjó Helena-. Lo hicimos todos. Y debemos confesar todos juntos. ¿Votos a favor?

Helena, Marilyn, Tomeo, Ocho, Anita, Angustias y yo levantamos la mano.

Toni y Camuñas resoplaron, y al final ellos también levantaron su mano.

-Decidido -dijo Helena-. Subiremos al escenario y contaremos todo lo que ocurrió la otra noche en el canal. Además, si confesamos nosotros, a lo mejor el castigo no es tan grande.

Todos asentimos.

-Ya que vamos a confesar -dijo Camuñas-, propongo que el portavoz sea el héroe del partido: Angustias. 

-¿¡Yo!? -exclamó Angustias, dando un respingo-. ¿¿Por qué?? No, no, no, lo lógico es que hable la capitana o Helena o quien sea… ¡Yo no! ¡De ninguna manera!

-Hazlo por el equipo -dijo Toni.

-Después de tu golazo -le recordó Marilyn-, todos estarán deseando oírte. 

-Con esa carita de bueno -insistió Camuñas-, si pides perdón, tal vez no nos castiguen. 

Angustias se encogió de hombros.

-Genial -dijo Helena-. Cuando presenten la Máscara de Oro, será la señal: subiremos todos al escenario detrás de ti y confesarás todo lo que ocurrió en Venecia.

-A lo mejor me desmayo de los nervios -musitó Angustias, temblando-. Voy a tomarme un refresco cero cero a ver si me relajo, a lo loco.

Dio media vuelta y se dirigió a la barra de la fiesta, donde se agolpaban jugadores y entrenadores de todos los equipos.

Allí también estaba Luccien, firmando autógrafos. A pesar de la derrota, seguía sonriendo, encantado.

El capitán Diavolo deambulaba cerca del escenario, supervisando a unos operarios que estaban subiendo el bombo para el sorteo.

Con su único ojo, les observó atentamente para que no hicieran ni un rasguño.

-Qué emocionante todo, Francisco -dijo mi madre, acercándose con Esteban-. Estábamos comentando que a lo mejor nos toca jugar con el Bayer de Múnich en semifinales, ¿os imagináis? ¡Contra los campeones de Europa nada menos!

-Esos torpedos Fischer son imparables -dijo Esteban.

-Yo preferiría que nos tocara el París Saint Germain -aseguró Ocho, ensoñador-, son buenísimos también, pero al menos hablan en francés, con ese acento tan melodioso.

-Yo apuesto por el Mánchester en semifinales -dijo Toni-, y el Bayern en la final.

Los entrenadores y Radu también se acercaron.

-¿Ya estáis pensando en la final? -preguntó Alicia-. Pues no queda ni nada…

-Soto Alto campeón este año -aseguró Radu, entusiasmado-. El barco trae suerte. Como decir en mi país: Norocul marii! ¡La suerte del mar!

-Me encanta cómo suena -dijo Felipe-: ¡Orocul mari!

-Norocul mari! -le corrigió Radu.

Todos le imitamos y repetimos a coro aquella extraña expresión rumana:

-Norocul marii!!!

La fiesta era espectacular.

Tocaba una banda en directo.

Sirvieron miles de canapés dulces y salados.

Daba la sensación de que estábamos en el mejor lugar del mundo: el barco del fútbol.

A través de las ventanas circulares podía verse la espuma de las olas chocando contra el casco.

-Dove andrà? -preguntó una voz detrás de mí.

Me di la vuelta y allí estaba Mic, con sus largas coletas, sin quitarme ojo.

Siempre aparecía de repente, era muy silenciosa.

-Il barco -dijo ella-. ¿Dónde irá?

-A lo mejor no vamos a ninguna parte -respondí-. A lo mejor nos quedamos dando vueltas por el mar hasta que acabe el torneo.

-Che piano hai? ¿Qué plan tenéis? -me preguntó-. Rubare la maschera d´oro.

Miré a mi alrededor, asustado por si alguien nos oía.

-Ya, ya… o sea… todavía estamos pensando el plan -dije.

Ella señaló su reloj.

-Tic tac tic tac tic tac -dijo, alejándose-. Il tempo finito… Il tempo se acaba.

Mic se perdió entre la multitud de la fiesta.

En ese momento, Carine Rodrigues y su hijo Dino subieron al escenario.

-Ha llegado la hora de la verdad -anunció la presidenta de la FIFI-: ¡El último sorteo de Il Bambinísimo!

-¿Cómo el último? -preguntó Tomeo, asustado-. Después de las semifinales, queda la final.

-Ya, pero para la final no hace falta sorteo -le recordó Anita-, jugarán los dos equipos que ganen y ya está.

-Es verdad -dijo el central-, perdona, es por la emoción.

-¿Dónde se ha metido? -preguntó Camuñas.

-¿De quién hablas? -dije.

-De quién va a ser -dijo el portero, agobiado-, de Angustias. Ha desaparecido.

-En cuanto acabe el sorteo, presentarán la Máscara de Oro -dijo Helena.

-Esa es la señal para subir al escenario -recordó Marilyn.

-No queda nada -aseguró Camuñas-, y Angustias no está.

-Es capaz de tirarse al mar con tal de no hablar en público -dijo Toni.

-Vamos a buscarle -dijo Helena-. Cada uno, por un lado. Si acaba el sorteo y no aparece… subiremos los demás y confesaremos. No podemos esperar más. Yo misma hablaré.

Nos dispersamos por la fiesta en busca de Angustias.

Sobre el escenario, aparecieron también Roberta Ambrossi y Massimo Ferreti y ahora sí… comenzó el sorteo. 

Me acerqué a una puerta giratoria por la que entraban y salían camareros con los canapés y las bebidas.

¿Dónde se habría metido Angustias?

Dino introdujo su mano en el bombo y sacó una bola.

-Bayern de Múnich -leyó Carine en voz alta-. Por lo tanto, la siguiente bola será el equipo que se enfrente a los actuales campeones.

De nuevo, el propio Dino introdujo la mano en el bombo.

Removió las bolas sin mirar.

Un camarero salió por la puerta de servicio empujando un contenedor de basura.

Lo dejó un momento junto a la salida de cubierta y entró a la cocina.

Justo en ese instante, una figura apareció tras una columna, y caminando de puntillas se dirigió hacia el contenedor.

Era… 

-Angustias -dijo Anita, que llegó a mi lado en ese instante; ella también le había visto-. ¿Qué hacemos?

No quería pegarle un grito allí en medio, había demasiada gente.

Hice señas a Angustias para que viniera con nosotros.

Pero no me vio.

O no quiso verme.

-El rival del Bayern es… -dijo Carine, leyendo la bola que había extraído Dino-, ¡tachán! ¡El Mánchester City!

Hubo murmullos y aplausos.

-Ya tenemos las dos semifinales de Il Bambinísimo -anunció Carine Rodrigues, muy solemne-: Bayern de Múnich contra Mánchester City por un lado. Y por el otro, Soto Alto contra París Saint Germain.

-Oh la la! -exclamó Ocho-. ¡Me encanta París y la Torre Eiffel!

-¿Has estado allí alguna vez? -le preguntó Toni.

-Sí… y no -contestó Ocho-. He estado muy cerca, y además he soñado muchas veces que subía a lo alto de la Torre Eiffel. Y ya se sabe que los sueños se hacen realidad.

-¡Y ahora, con todos ustedes, el ilustre Massimo Ferreti! -exclamó la presidenta de la FIFI-. ¡Él mismo nos presentará su gran creación: la Máscara de Oro!

No quedaba tiempo.

Era la señal convenida.

Miré a Anita, preocupado.

Angustias había desaparecido otra vez.

En esos pocos segundos, tal vez había entrado por la puerta giratoria a las cocinas.

O se había marchado a cubierta.

O…

Me dio la sensación de que el contenedor se movía.

Con mucho cuidado, me acerqué. Anita vino detrás de mí.

Intentando no hacer ruido, abrimos la tapa y nos asomamos al interior.

Allí dentro, agazapado, estaba Angustias.

-¿Qué haces ahí? -preguntó Anita.

-Shhhhhhhhhhh -pidió él-. Cerrad, por favor, que me van a descubrir.

No iba a dejar a mi compañero solo entre bolsas de basura.

Pegué un salto y me metí en el contenedor.

Anita me siguió y también dio un brinco.

Los tres nos acomodamos entre la basura y cerramos la tapa.

-¿Qué hacéis? -preguntó Angustias.

-Pues buscarte -dijo Anita-, ¿y tú? ¿Por qué te metes aquí? ¿Qué ocurre?

-Estoy muerto de miedo -reconoció-. No quiero subir al escenario. No quiero ponerme delante de todos. No quiero confesar. No quiero hablar en público. ¡Me da mucha ansiedad!

-Vale, vale -dije, pasando una mano por su hombro para que se tranquilizara-. No te preocupes, no le vamos a decir a nadie que estás aquí. 

-¿No había otro sitio para esconderte? -preguntó Anita, apartando de su lado una lata con restos de anchoas y mejillones-. Puaj.

-Primero estuve en el cuarto de baño -explicó Angustias-, pero no era un escondite seguro. Luego me metí debajo de la barra, pero los camareros me echaron. Ya no sabía dónde meterme y he visto este contenedor y…

No pudo seguir hablando, porque comenzamos a movernos.

Alguien nos estaba empujando.

-¿Dónde nos llevan? -preguntó Angustias en voz baja.

-Yo qué sé -dije-, no soy un experto en contenedores de basura.

Desde fuera, llegó una música épica y la voz ronca de Ferreti.

-¡Ahí la tienen, ya pueden admirar la única, la maravillosa… Máscara de Oro! -bramó.

Curiosos, levantamos la tapa unos centímetros y los tres nos asomamos.

El salón estaba en penumbra, habían apagado casi todas las luces.

Únicamente había dos potentes focos encendidos, que apuntaban hacia el techo.

Desde lo alto del salón, comenzó a bajar una plataforma enganchada a unos cables. Sobre ella, una vitrina de cristal. Y en su interior, reluciente…

¡La Máscara de Oro!

Mientras iba bajando, brillaba con intensidad.

En la plataforma, custodiando la máscara de cerca, un guardia de seguridad gigantesco, grande como un armario, con cara de pocos amigos.

Volvimos a cerrar la tapa, por si acaso.

Seguimos moviéndonos dentro del contenedor.

Avanzando por el barco, sin saber dónde íbamos. 

Hasta que al fin nos detuvimos. 

El rumor de la música y la fiesta llegaba muy lejano.

Aguardamos unos instantes sin movernos, no parecía que hubiera nadie por allí.

Volvimos a abrir una pequeña rendija de la tapa.

Enseguida, me llegó el olor del mar, la brisa de la noche. Estábamos en algún punto de la cubierta.

Pasos y voces se acercaron.

Parecían discutir.

Nos quedamos muy quietos, sin mover ni un músculo.

Un grupo de dos o tres personas se detuvieron muy cerca de nosotros. 

-Il capo dei Piranha i molto arrabiatto –dijo un chico.

-El jefe de Las Pirañas está muy enfadado -tradujo Anita entre susurros.

-Quei maledetti di Soto Alto -dijo ahora una voz femenina que me sonaba mucho-. Per la stupidittà che hanno fatto  sul canale, la polizia è stata alertata e non potevamo rubare.  

Anita continuó traduciendo en voz muy baja:

-Esos malditos de Soto Alto… Por la tontería que hicieron en el canal, la policía se alertó y no pudimos robarla.

¡Estaban hablando de nosotros!

-Cose povere -aseguró el primero que había hablado-. Credono che il blackout sia estata colpa loro.

-Pobrecillos -siguió Anita-. Se creen que el apagón fue por su culpa.

¿¿¿El apagón no había sido por nuestra culpa???

Fuera del contenedor se rieron.

-Se sapessero, ja, ja, ja -dijo la chica-. Il blackout era programmato da mesi rubare la maschera.

-Si supieran la verdad, ja, ja, ja -tradujo Anita, incluyendo las risas-. El apagón estaba programado desde hace meses para robar la máscara.  

¿¡¡¡Qué!!!?

Tuve que hacer un enorme esfuerzo para permanecer quieto y en silencio.

-La Maschera D´oro deve essere nostra stanotte -insistió uno de los chicos.

-La Máscara de Oro tiene que ser nuestra esta noche -susurró Anita.

Me prometí que nunca más llamaría empollona a Anita, ni permitiría que nadie del equipo se lo llamara. Era una gran traductora, y siempre sabía un montón de cosas.

-Non preoccuparti -dijo la chica de fuera-. I piranha non mancano mai. Tutto è attivo.

-No te preocupes -siguió traduciendo Anita-. Las pirañas nunca fallan. Todo está en marcha.

Después de eso, se alejaron.

Cuando los pasos y las risas se perdieron por la cubierta, abrimos la tapa.

Nos miramos perplejos, atónitos, ¡estupefactos!

Salimos del contenedor, tratando de asimilar lo que había ocurrido.

Aquello lo cambiaba todo.

-¿Estamos pensando lo mismo? -pregunté.

-Yo estoy pensando que olemos a plátano y a cangrejo -dijo Angustias.

-Lo que acabamos de oír es muy gordo -aseguré-: ¡Nosotros no provocamos el apagón en Venecia! ¡Fue alguien que intentaba robar la Máscara de Oro!

-¿Quiénes son las pirañas? ¿De qué va todo esto? -preguntó Anita-. Les teníamos tan cerca que me daba miedo asomarme a mirar.

-¡Tenemos que avisar a los demás antes de que sea demasiado tarde! -exclamé-. ¡El apagón no fue por nuestra culpa! ¡No tenemos que confesar! ¡Lo que debemos hacer es encontrar al verdadero culpable!

Eché a correr hacia la fiesta. Anita y Angustias me siguieron.

-Qué estrés -dijo Angustias.

No podía quitarme de la cabeza aquella voz. Por un momento, me había parecido que se trataba de Mic, pero no estaba seguro. No quería acusarla sin pruebas. Quizá me lo había imaginado. Tal vez pensaba que era ella porque nos estaba haciendo chantaje. 

Un montón de preguntas se agolpaban en mi cabeza:

¿Quién sería el jefe del que hablaban?

¿Por qué estaban empeñados en robar la Máscara de Oro?

¿Qué era eso de las pirañas, una banda secreta?

¿Cómo era posible que Anita supiera tantos idiomas y yo ni uno?

A toda velocidad, entramos los tres en el salón.

Sobre el escenario, en la otra punta, estaba Helena con el micrófono en la mano. 

A su lado, Marilyn, Camuñas, Toni, Ocho y Tomeo.

-… Y por eso, queremos confesar que fuimos nosotros -dijo Helena-. Fue una travesura: descolgamos un letrero luminoso de un puente y cayó al canal con los cables y todo. Sin querer, provocamos el apagón en Venecia. Lo sentimos mucho. Aceptaremos el castigo que nos impongan.

-Noooooooooooooooo -dije.

Pero ya era demasiado tarde.

EL DESTINO DE LOS FUTBOLÍSIMOS ESTÁ EN TUS MANOS. ¿QUÉ QUIERES QUE OCURRA EN EL PRÓXIMO CAPÍTULO?

En ese preciso instante, ¡se produce un apagón en el barco!