Descubre la nueva aventura de Los Futbolísimos:
"El misterio de la máscara de oro"
Todos los viernes un nuevo capítulo de la mano de Kimitec y la Fundación Maavi, ¡solo en as.com!

Helena con hache bajó del escenario con la cabeza muy alta.

Detrás de ella, Toni, Camuñas, Marilyn, Ocho y Tomeo.

Angustias, Anita y yo atravesamos el salón a su encuentro.

Los nueve jugadores de Soto Alto nos encontramos justo en el centro.

A nuestro alrededor, se sucedían los murmullos.

-Qué vergüenza.

-Por su culpa, una ciudad a oscuras.

-Vándalos.

-Desalmados.

-A la cárcel deberían llevarlos.

Todos los presentes nos taladraban con la mirada.

Vi al fondo a mi madre, que nos observaba con los ojos como platos. Por primera vez, permanecía en silencio. Hubiera preferido que nos pegara un grito. 

A su lado, Esteban tampoco era capaz de articular palabra. 

Era una situación muy agobiante.

Estábamos rodeados de gente que nos miraba fatal.

El capitán Diavolo nos observó con su parche desde el escenario y dijo:

-En los viejos tiempos, les habríamos arrojado al mar.

Massimo Ferreti, un poco más allá, aseguró:

-No hace falta llegar a tanto, con meterles en un calabozo es suficiente.

Carine Rodrigues y su hijo Dino murmuraron algo mientras nos señalaban.

Roberta Ambrossi negó con la cabeza, como si hubiéramos hecho lo peor del mundo.

Luccien había borrado su eterna sonrisa y nos lanzaba una mirada de condena.

Alicia, Felipe y Radu estaban en shock, parecía que les hubiera caído un rayo en la cabeza y les hubiera paralizado.

Los demás jugadores y entrenadores y participantes en el Campeonato nos miraban como si fuéramos los peores criminales de la historia.

Quería gritar y explicar que los culpables del apagón en realidad no éramos nosotros.

Que todo había sido obra de un grupo misterioso… Las Pirañas.

Pero me di cuenta de que no tenía ninguna prueba.

Además, el cartel luminoso sí lo habíamos tirado nosotros al canal.

¿Por qué iban a creernos ahora si les contábamos una historia rarísima?

«Oye, que sí, que nos escapamos del hotel en Venecia, intentamos robar un cartel luminoso gigantesco y lo tiramos al canal… pero que somos inocentes: nos hemos metido en un contenedor de basura y acabamos de oír a alguien decir que en realidad el apagón lo provocó una pandilla súper secreta llamada Las Pirañas…».

Pufffffff.

Mejor me callaba. 

Miré a Angustias y Anita, ellos dos parecían estar pensando lo mismo que yo.

Ninguno nos atrevíamos a contar lo que nos acababa de ocurrir.

Era demasiado extraño y ridículo.

En medio de aquella situación tan tensa, miré hacia arriba.

En lo alto del salón, permanecía la Máscara de Oro, reluciente, presidiendo el lugar.

Seguía dentro de la vitrina, sobre la plataforma, suspendida por varios cables.

Hasta el guardia de seguridad que la custodiaba nos miró con mala cara.

Observé a Helena y murmuré en voz baja:

-Has sido muy valiente y has hablado fenomenal, pero los culpables del apagón no fuimos nosotros. 

-Habla más alto, no te oigo -dijo ella.

-Luego te lo cuento -respondí, nervioso.

Todo había salido mal.

Primero habíamos tirado un luminoso gigantesco al canal.

Cosa que nunca debimos hacer.

Después habíamos confesado justo después de descubrir que el apagón escondía un misterio mucho más grande. Y que tal vez no éramos los culpables.

Ahora ya no podíamos dar marcha atrás.

Como mucho, podríamos buscar a esas pirañas y ver si esa historia tenía sentido.

Sobre el escenario, Carine Rodrigues, la presidenta de la FIFI, se acercó al micrófono y dijo las palabras que nos temíamos:

-Equipo de Soto Alto, sois una vergüenza para Il Bambinísimo. Por de pronto, el comité disciplinario se va a reunir y yo misma propondré que os expulsen del campeonato… ¡y que os castiguen sin volver a jugar al fútbol nunca más! ¡En ninguna competición oficial! ¡Jamás!

Casi me caigo al oír aquello.

¿No volveríamos a jugar al fútbol… nunca?

Sentí que era el fin del mundo.

Que nada tenía sentido.

Era como si alguien hubiera apagado una luz dentro de mi cabeza.

Entonces…

Ocurrió de verdad.

¡ZAS!

¡Todas las luces del salón se apagaron de golpe!

Y a continuación, ¡el barco entero se quedó a oscuras!

La gente se puso muy nerviosa.

Se oyeron algunos gritos de protesta.

-¡Mantengan la calma! -bramó la voz del Capitán Diavolo-. ¡Parece que hay un problema con los motores, enseguida lo arreglaremos! 

-¡Otro apagón no, por favor! -exclamó Angustias.

-Esta vez no hemos sido nosotros -dijo Camuñas.

-Ni en Venecia tampoco -protestó Anita.

-¿Ah, no? -preguntó Toni.

-Ya te lo explicaré -contestó la portera suplente, resoplando agobiada-. Por cierto, ¿soy yo o está entrando agua? Tengo los pies empapados…

Mis pies también se estaban mojando.

No eran imaginaciones mías.

-Está entrando agua en el salón -dijo Tomeo.

-Mucha agua -apuntó Marilyn.

-No quiero ser alarmista -dijo Ocho-, pero… ¡el suelo se hunde!

Muchos de los presentes encendieron las linternas de sus móviles.

¡Era real!

¡El suelo se estaba resquebrajando!

¡Una enorme grieta surcó el salón!

¡¡¡Y comenzó a salir un chorro de agua gigantesco!!!

-¡NOS HUNDIMOS! ¡TODOS A LOS BOTES SALVAVIDAS! -gritó el capitán Diavolo.

¿¡¡¡Qué!!!?

Ahora sí, todo el mundo echó a correr y a gritar.

Aquello era un caos.

El salón se empezó a inundar a toda velocidad.

A lo lejos, entreví a mi madre que trataba de avanzar hacia nosotros.

El capitán Diavolo y otros marineros intentaban taponar en vano la grieta.

Ferreti gritaba y hacía señas al guardia para que pusiera a salvo la Máscara de Oro.

Tal vez era un apagón producido por el agua que entraba a borbotones por el casco.

O al revés: la grieta en el barco era por culpa del fallo en los motores.

O habíamos chocado con algo.

O…

Ni idea.

El caso es que no se veía nada.

El agua nos llegaba ya por las rodillas.

Estábamos en plena noche.

En alta mar.

En un barco que se hundía.

Y para colmo, alguien me agarró de la mano y tiró de mí con fuerza.

-Angustias, suéltame, por favor -dije-. Yo también estoy asustado, pero tenemos que salir de aquí cuanto antes…

Había un montón de linternas de los móviles encendidas.

Era una imagen muy peculiar: un salón enorme de un gran barco que se estaba hundiendo, a oscuras, lleno de pequeñas luces que se movían arriba y abajo.

La gente gritaba.

Corrían a través del agua.

Poco a poco, iban saliendo a la cubierta.

-Angustias, suéltame, te lo suplico -repetí.

-Non sono Angustias -susurró una voz, tirando de mi mano de nuevo.

Me di la vuelta.

En la penumbra, entre las luces de las linternas que corrían a nuestro alrededor, descubrí muy cerca de mí a… Micaela.

La capitana de la Juve agarraba mi mano con fuerza.

-¡Mic! -exclamé-. ¿Qué haces? ¡Suéltame, por favor!

-Io también quiero confessare… confesar -dijo.

-Por si no te has dado cuenta, el barco se hunde -dije-. Tenemos que correr a los botes.

A ella pareció darle igual lo que yo decía.

Me miró fijamente.

-Mi piaci… me gustas, Pakete -dijo-. Me gustas molto.

Me quedé boquiabierto.

Mic.

La misma que me había amenazado.

Chantajeado.

Y empujado.

Decía… ¡que yo le gustaba!

-Muchas gracias, es muy bonito eso que has dicho -respondí-, pero yo no… o sea, que no es el momento para estas cosas… si no salimos ya, nos vamos a ahogar, je, je.

El agua me llegaba por la cintura.

Cada vez quedaba menos gente en el salón.

Casi todos estaban ya en la cubierta.

Había que ponerse a salvo.

Mic sonrió, como si todo le diera igual.

Se acercó a mí.

Mucho.

Muchísimo.

Puso su rostro al lado del mío.

Tragué saliva.

Y allí, en medio de un naufragio y de un apagón, en un barco que llevaba por nombre Diavolo, una niña italiana a la que apenas conocía…

¡Me hizo una ahogadilla!

Se abalanzó sobre mí riéndose y me hundió en el agua.

Me pilló completamente por sorpresa.

Después de unos segundos bajo el agua salada, saqué la cabeza.

Escupí un chorrito por la boca.

Mic no dejaba de reírse.

-¿Pensabas che iba a darte uno bacio… un beso? -me preguntó. 

-Noooooooooo -respondí, recuperando la respiración-. Un beso dice, no, no, no…

En ese momento, Helena se asomó por la puerta del salón.

-¿Se puede saber qué hacéis? -preguntó alarmada-. ¡Hay que subir a los botes salvavidas, es urgentísimo!

-Sí, sí, claro, ya vamos -contesté-, es que… nos hemos liado un poco… a ver, no de liarnos entre nosotros, eso no ja, ja, ja, ja… si no de lío, de que nos hemos hecho un lío, vamos…

Ya no sabía ni lo que decía.

Mic y yo corrimos entre el agua hasta la salida.

El barco se estaba inclinando como en esas atracciones de las ferias.

Solo que esto era la vida real: ¡Nos estábamos hundiendo de verdad!

Prácticamente fuimos los últimos en salir del salón.

Al llegar a la cubierta, el espectáculo era tremendo.

Nunca había visto nada igual.

El barco se estaba hundiendo hacia la proa.

O sea, hacia la parte delantera.

Los miembros de la tripulación arriaban  botes con la gente dentro.

La operación estaba siendo muy complicada a causa del apagón.

Algunos marineros habían encendido dos generadores a los que habían conectado sendos focos.

Se podían vislumbrar unas cuantas barcas que ya estaban en el mar.

El capitán Diavolo apareció en la cubierta superior, acompañado de la orquesta.

A un gesto suyo, empezaron a tocar una melodía alegre y pegadiza.

Mientras el barco se hundía, aquel viejo lobo de mar con un parche en el ojo mantenía la calma.

Supongo que intentaba transmitir tranquilidad.

El agua chocaba contra la barandilla, salpicando su rostro.

La música le envolvía y le daba un aire épico.

-Míster, devi andaré… hay que irse! -le advirtió un marinero.

-¡Patrañas! -contestó él-. Capitano é l´ultimo en abbandonare il barco!

Alguien me agarró de los hombros.

-¿¡Dónde te habías metido!? -exclamó mi madre, muy alterada-. Ay, Francisco, qué desgracia tan grande, con lo bonito que es este barco… ¡Como también hayáis provocado vosotros este naufragio vas a estar castigado el resto de tu vida!

-¿Cómo puedes pensar eso, mamá? -dije, ofendido.

-Te recuerdo que habéis dejado una ciudad entera sin luz -replicó mi madre-. Ya me espero cualquier cosa… anda, vamos, al bote.

Mic se alejó de nosotros, en dirección a la delegación italiana de la Juve, que estaban unos metros más allá.

Helena, mi madre y yo seguimos las instrucciones de la tripulación:

Primero nos pusimos los chalecos salvavidas de color naranja.

Y después subimos a un bote donde nos aguardaban Esteban, Radu y otras personas que no conocía de nada.

-El resto de Soto Alto está a salvo -aseguró Esteban.

-Estar ya en barca -explicó Radu, señalando el mar.

Nos apiñamos allí dentro con unas mantas.

Bajaron el bote a trompicones.

Al chocar con el agua, estuve a punto de caerme de bruces.

Helena me sujetó.

Me agarró por la cintura con los dos brazos.

Recuperé el equilibrio y me abracé a ella.

-Uf, casi me caigo -dije-, gracias.

Pude sentir su respiración muy cerca de mí.

-A lo mejor preferirías ir en el bote con tu amiga italiana -me susurró Helena.

-Qué cosas tienes… -dije-. Pues claro que no… Somos Pakete y Helena con hache, juntos hasta el infinito y más allá.

En la oscuridad, pude sentir cómo ella sonreía.

O quizá eso lo quise imaginar.

-Pagagia! ¡Remad! -bramó un marinero que iba en nuestro bote-. Devi allontanarti dalla barca! ¡Hay que alejarse del barco!

Inmediatamente, nos pusimos manos a la obra.

Todos remamos lo mejor que pudimos.

No era fácil entre las olas.

Resultaba agotador.

Me pareció distinguir en otro bote a Ferreti. ¿Habría conseguido salvar la Máscara de Oro?

Había un montón de barcas diseminadas por el mar.

Cuando nos alejamos lo suficiente, descansamos un instante.

Agotados.

Miré hacia el Diavolo.

Una tercera parte del casco ya se había hundido. 

El resto permanecía a la vista, cada vez más inclinado.

Desde lejos, parecía un rascacielos en mitad del agua, a punto de ser engullido por el mar.

Ojalá que el capitán Diavolo y la orquesta y todos los miembros de la tripulación también hubieran conseguido saltar a los botes.

Nos quedamos allí, mecidos por las olas, contemplando el barco que se iba hundiendo lentamente, como un fantasma que iba desapareciendo.

Nadie dijo nada.

Estábamos exhaustos.

Lo que había empezado como un torneo de fútbol, se había convertido en el viaje más accidentado que jamás pude imaginar.

Supongo que la alarma ya habría llegado a los barcos y puertos cercanos, y muy pronto vendrían a rescatarnos.

Estábamos en el mar Adriático, no en un océano perdido y remoto.

Seguro que tardaban poco.

Ya sé que no era lo más importante en esos momentos, pero me pregunté si continuaría disputándose Il Bambinísimo después de aquel desastre.

En caso de que siguiera adelante, lo más probable es que nos expulsaran.

A no ser… que pudiésemos demostrar que el apagón de Venecia lo habían provocado Las Pirañas.

Fueran quienes fueran.

Me dieron ganas de gritar allí en medio que éramos inocentes y que no quería pasarme el resto de mi vida sin volver a jugar al fútbol.

EL DESTINO DE LOS FUTBOLÍSIMOS ESTÁ EN TUS MANOS. ¿QUÉ QUIERES QUE OCURRA EN EL PRÓXIMO CAPÍTULO?

Arrastrados por la marea, llegan a una isla misteriosa.