Descubre la nueva aventura de Los Futbolísimos:
"El misterio de la máscara de oro"
Todos los viernes un nuevo capítulo de la mano de Kimitec y la Fundación Maavi, ¡solo en as.com!

Entre las nubes, la luz anaranjada del amanecer comenzaba a asomar por el horizonte.

No había dormido ni un minuto en toda la noche.

Esperando que alguien viniera a rescatarnos.

Pero nada.

Allí seguíamos, en aquel bote salvavidas a merced de la marea.

Las olas nos mecían arriba y abajo.

Mi madre y Esteban dormían a pierna suelta, cada uno agarrado a un remo.

Radu roncaba en un extremo.

Los otros pasajeros que nos acompañaban en el bote, al igual que el marinero de la tripulación, también estaban durmiendo.

-¿Cómo pueden dormir tranquilamente en medio de un naufragio? -susurró Helena, acercándose a mí.

No tenía respuesta.

-Creía que a estas horas ya nos habrían rescatado -murmuré.

-Yo también -reconoció Helena-. Esto es el mar Adriático. La costa está muy cerca, nos tendrían que haber localizado hace mucho. 

-El mar está revuelto y hay nubes negras -dije-, a lo mejor por eso se están retrasando.

Tampoco había rastro de los otros botes.

-Puede que hayan rescatado a los demás -dijo Helena, mirando a nuestro alrededor.

-Ojalá que estén bien todos -dije.

Era una sensación desoladora, solo agua y más agua a la vista.

-Creo que perdí el móvil durante el naufragio -se lamentó Helena.

-Yo tampoco lo tengo, puede que se me cayera al agua, no lo sé. 

Pensé que, si alguno de los presentes llevara un teléfono, ya lo habría usado.

O, a lo mejor, allí en medio del mar, no había cobertura.

Nunca había estado en una situación parecida.

Íbamos a la deriva, arrastrados por las olas, que movían nuestra barca como si fuera un diminuto corcho en mitad de una inmensidad de agua.

Aprovechando que nadie nos oía, miré a Helena y dije:

-Sé que no es el momento, pero antes del naufragio… Anita, Angustias y yo escuchamos una conversación secreta… no pudimos ver quiénes eran… decían que el apagón de Venecia en realidad lo habían provocado Las Pirañas, una organización secreta…

Helena abrió mucho los ojos.

-¿Las Pirañas? ¿Una organización secreta? -musitó, sorprendida-. Te recuerdo que el apagón lo provocamos nosotros cuando tiramos el luminoso al canal.

-Parece que no -contesté.

-¿Y quiénes son esas Pirañas? -preguntó ella.

-Ni idea -dije-. Me parece que una de las voces era… Mic… pero no estoy seguro.

Helena resopló.

-Ya pensaremos qué hacer -dijo-. Por ahora, tenemos problemas más graves.

Los dos miramos el mar, agobiados. 

-Aproximar tormenta -dijo Radu, que se acababa de despertar-. Lluvia en mar ser peligrosa.

-Buenos días -contestó Esteban, desperezándose. 

-Uy, me había quedado traspuesta un momentín -aseguró mi madre, estirándose. 

Puede que Radu tuviera razón.

Era un amanecer muy oscuro.

Aquellas nubes presagiaban tormenta.

Todos los ocupantes del bote fueron despertando.

No hacía falta decir nada, en sus rostros se vio el desconcierto.

-È molto strano… muy raro -dijo el marinero, muy preocupado-. Nessuna nave è arribata, ningún barco venir. Non capisco. 

-Yo tampoco capisco -repitió mi madre-. Tendrían que haber venido ya.

Tal vez alguien puede pensar que un naufragio en el mar es algo muy divertido.

Puedo asegurar que es todo lo contrario.

Se pasa mucho miedo.

Como cuando te subes en el túnel del terror, pero más.

Como cuando tienes una pesadilla y te despiertas sudando, pero más.

Como cuando los matones del colegio te quitan la mochila y te amenazan, pero más.

Respiré hondo y pensé:

Si nos rescatan, prometo que estudiaré más y me portaré bien y…

-¡Eyyyyyyyy! -gritó alguien.

La voz no provenía de nuestra barca.

Todos nos incorporamos, expectantes.

No se veía nada.

-¡Eyyyyyyyyyyyy, Soto Alto! -repitió la voz.

Por el timbre de voz, parecía un chico.

-Creo que sé quién es -dijo Helena, sonriendo.

Los dos nos pusimos de pie, tratando de ver quién estaba llamándonos.

-Ten cuidado, Francisco, no te vayas a caer -me advirtió mi madre.

-¿Quién es? -le pregunté a Helena-. ¿Felipe? ¿Toni? ¿Camuñas?

Ella negó con la cabeza.

Antes de que pudiera responder, un objeto apareció volando entre las olas.

Era…

¡Un balón de fútbol!

Voló directo hacia nuestro bote.

Helena lo atrapó con ambas manos a la primera.

-Voilá! -exclamó el chico que nos había lanzado el balón.

Ahora sí, pudimos verle.

Subido a un bote, apareció Luccien.

Saludando.

-¡Encontrar balón en bateau… barca! -exclamó con su acento francés y su perfecta sonrisa, y se encogió de hombros.

Helena se rio, como si fuera lo más gracioso que había oído nunca.

Poco a poco, fueron apareciendo más botes.

En otra barca que surgió de la nada, iba Mic con los jugadores de la Juve.

-¡Il Bambinísimo sigue en alta mer! -exclamó Mic, con una sonrisa de oreja a oreja.

Roberta Ambrossi, a su lado, extendió ambos brazos.

-¡El fútbol continúa entre las olas! -dijo.

La propia Carine Rodrigues y su hijo Dino, que siempre iban tan serios, surgieron en otro bote y aplaudieron.

-¡Estamos todos bien! -gritó-. ¡Viva el fútbol y viva la FIFI!

A pesar de que estábamos en medio del mar, de que se había hundido nuestro barco, y de que nadie había venido a rescatarnos…

¡Una energía positiva se fue contagiando de barca a barca!

A medida que amanecía, iban surgiendo más y más botes salvavidas.

Unos y otros nos íbamos saludando.

Allí estaban también los alemanes con los Torpedos Fischer.

Y los franceses del París Saint Germain.

Y los ingleses.

Y el capitán Diavolo junto a Ferreti, que levantaba la máscara de oro en señal de victoria.

Y…

-¡Partido de fútbol-góndola, ja, ja, ja, ja! -gritó Camuñas, muerto de risa, haciéndonos señas con su gorra en la mano desde otro bote que se acercaba a nosotros.

A su lado estaban también Marilyn, Toni, Anita, Ocho, Tomeo, Angustias y nuestros entrenadores.

-¿Dónde estabais? -preguntó Helena.

-Dando una vuelta -respondió Alicia, guiñando un ojo.

Una enorme alegría nos invadió, como si todos los botes estuviéramos unidos por un hilo invisible de felicidad.

Era increíble y milagroso y al mismo tiempo algo muy sencillo:

No habíamos ganado ningún torneo.

Ni habíamos resuelto un misterio.

¡Simplemente… estábamos todos vivos!

-¡Yuhuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuu! -grité, a pleno pulmón.

De todas las barcas, salieron gritos y más gritos de entusiasmo.

En un montón de idiomas.

-¡Bravísimooooooooo!

-¡Ouiiiiiiiiiiiiiiiiii!

-¡Wohneeeeeeen!

-¡Yeahhhhhhhh!

Nos saludamos entusiasmados.

¡Allí estábamos! 

¡Sanos y salvos! 

¡Niños y niñas y adultos de distintos países, celebrando con gritos a los cuatro vientos que nos habíamos reencontrado!

-¡Vivaaaaaaaaaa!

-¡Hallooooooooo!

-¡Priseeeeeee!

-¡Cooooooooool!

Sin pensarlo, Helena hizo lo que mejor sabía hacer:

Le dio un tremendo chut al balón.

-¡Fútbol-salvavidas, ja, ja, ja, ja! -gritó Helena.

El balón salió disparado, directo hacia Camuñas.

El portero se colocó para recibir el balón.

Entonces, una gota me cayó en la frente

Y luego otra.

Y otra más.

Levanté la vista.

-¡¡¡Tormenta!!! -gritó el Capitán Diavolo-. ¡Agarraos!

En medio segundo, ¡empezó a llover muchísimo!

Fue todo muy repentino.

Como esa gota fría que me había pillado una vez de vacaciones con mi familia en Torrevieja.

El mar se encrespó.

Las olas crecieron de tamaño.

Y una tromba de agua comenzó a caer sobre nuestras cabezas.

¡Estaba diluviando!

El balón desapareció, perdido entre el agua.

Se oyeron gritos lejanos, que se perdían enterrados por la tormenta.

-¡Forzaaaaaa!

-¡Resistiiiiiii!

Todos los botes desaparecieron de nuestro campo de visión.

Lo que hace un momento era una fiesta, se convirtió en un infierno.

El sol había desaparecido por completo.

Truenos.

Rayos.

Las olas golpeaban la barca, cubriéndonos de agua.

Con una mano agarré a Helena y con la otra a mi madre.

Formamos un círculo entre todos dentro del bote.

¡PLASH!

¡REPLASH!

¡Y REQUETEPLASH!

Los golpetazos de las olas eran brutales.

Estábamos a punto de volcar.

Subíamos y bajábamos una y otra vez.

La lluvia iba en aumento.

Era una tormenta descomunal.

Resultaba imposible hablar o comunicarnos entre nosotros.

Solo podíamos hacer fuerza para resistir.

Y esperar a que amainara.

Sentía que el estómago me subía a la boca, y que los oídos me iban a estallar.

No sé cuánto duró aquello.

No sé si fueron minutos u horas.

Me pareció una eternidad.

Estaba muy mareado y asustado, solo pensaba: que se acabe ya todo, por favor, por favor, por favor…

Perdí completamente la noción del tiempo.

Y del espacio.

Hubiera preferido desmayarme, al menos así no me habría enterado de nada.

Cuando peor estaba, tumbado en el suelo, a punto de darme por vencido… un rayo de sol me dio en el rostro y me deslumbró.

-¿¡Eh!?

-¡Nubes alejar! -exclamó Radu, incorporándose.

Tenía razón: ¡Estábamos saliendo de la tormenta!

La lluvia apenas era ya un chisporroteo de gotas.

Las olas fueron desapareciendo.

Y lo mejor: el sol iluminó el mar a nuestro alrededor.

Igual que había llegado, la tormenta se fue: de repente.

-¿Estáis bien? -preguntó mi madre.

-Creo que sí -respondí.

-Yo también -dijo Helena, completamente empapada, y con cara de susto.

-¡Tierra a la vista! -gritó Esteban, ajustándose las gafas.

De inmediato, todos nos agolpamos a su lado, mirando donde el director señalaba.

Efectivamente, se podía ver una especie de playa con una vegetación muy frondosa.

Parecía una isla.

¡Por fin!

Me dieron ganas de llorar de la emoción.

-Estoy deseando tomar algo caliente -dijo mi madre.

El marinero hizo un gesto y todos comenzamos a remar hacia la costa.

-¿Qué isla será? -pregunté.

-En el Adriático hay más de mil islas -dijo Helena-, la mayoría son diminutas y están deshabitadas.

-Isla desierta mucho interesante -aseguró Radu-. Yo siempre gustar Robinson Crusoe. 

-Lo más probable es que sea una isla italiana -dijo Esteban-, aunque también podría ser de Croacia… bueno, la verdad es que no tengo ni idea…

A medida que nos íbamos acercando, me fui fijando mejor.

Era una cala de piedras con reflejos rojizos.

Muy bonita.

Tenía cientos de árboles altos y tupidos.

No había rastro de ningún ser humano, ni de ninguna construcción.

-A ver si hemos entrado en el triángulo de las Bermudas -murmuró mi madre-, y hemos aparecido en un mundo paralelo.

-El triángulo de las Bermudas está en el Atlántico, mamá -dije-, a miles de kilómetros de aquí. No te inventes cosas.

-Nunca se sabe, cariño -replicó mi madre-. En Cuarto Milenio he visto yo cosas más raras…

-Lo importante es que vamos a tierra firme -aseguró Esteban-. Espero que el resto hayan salido de la tormenta y aparezcan pronto también.

Estábamos ya muy cerca de la isla.

El agua era transparente, cristalina.

Si no viniéramos de un naufragio y una tormenta, darían ganas de tirarse a nadar y bucear.

-Qué ganas de estirar las piernas -dijo Esteban.

-Ultimo sforzo -pidió el marinero.

Las piedras grises de la playa reflejaban los rayos del sol.

A primera vista era un lugar paradisiaco.

Resultaba muy raro que no estuviera invadido por el turismo.

Cuando solo estábamos a unos pocos metros de tocar tierra…

¡BANG!

¡BANG!

¡BANG!

Entre los árboles, surgieron una docena de monjes armados con trabucos.

¡Disparándonos!

Voy a repetirlo por si alguien no lo ha entendido.

Doce monjes entraron en la playa…

¡Y empezaron a dispararnos!

Con unos trabucos muy antiguos.

¡¡¡BANG!!!

¡¡¡BANG!!!

-¡A cubierto! -ordenó Radu, tirándose sobre nosotros para protegernos.

Nos quedamos agazapados dentro del bote para que no nos alcanzaran los disparos.

-Son monjes benedictinos -dijo Esteban-. Los reconozco por el hábito.

-Eso qué más dará -replicó mi madre-. ¡Nos están disparando!

EL DESTINO DE LOS FUTBOLÍSIMOS ESTÁ EN TUS MANOS. ¿QUÉ QUIERES QUE OCURRA EN EL PRÓXIMO CAPÍTULO?

En realidad… ¡se trata del rodaje de una serie de televisión!