Descubre la nueva aventura de Los Futbolísimos:
"El misterio de la máscara de oro"
Todos los viernes un nuevo capítulo de la mano de Kimitec y la Fundación Maavi, ¡solo en as.com!

-¡CORTEN! ¡¡¡CORTEN!!!

Detrás de los monjes, apareció una chica muy joven con una gorra y una camiseta en la que se podía leer: 

DIRECTORA

Gritaba y movía los brazos fuera de sí.

Al verla, los monjes dejaron de disparar y se quedaron quietos.

La chica se plantó en mitad de la playa y nos señaló.

-¿Quiénes sois? -preguntó-. ¿¡Qué hacéis ahí!? ¿¡Tenéis permiso!? 

Nos asomamos desde el bote, desconcertados, sin comprender nada.

-Hola -dijo tímidamente Esteban-. Somos españoles… bueno, también hay algunos italianos aquí… y un rumano… 

-Déjame a mí -intervino mi madre, y saludó a la chica-. Buenos días, soy Juana Casas, venimos de Venecia, donde ha habido un apagón por culpa de mi hijo y sus amigos… luego el barco que nos traía ha naufragado en mitad de la noche… ha sido horrible… y aquí estamos… ¿usted quién es?

-¿Quién soy yo? -preguntó la chica, sonriendo y señalando su camiseta-. ¿¡Que quién soy yo!? Soy la directora de cine y televisión más famosa del mundo: Coyote Rodríguez. ¡Habéis interrumpido mi rodaje!

-Perdón -dijo Esteban.

-¿Sois náufragos auténticos? -preguntó, observándonos atentamente.

-Nosotros náufragos de verdad -respondió Radu-. Mucha sed y hambre.

-¡Me encantan las cosas auténticas! -exclamó la chica-. Las islas auténticas, las personas auténticas, los náufragos auténticos… ¡las películas que yo hago son muy auténticas!

Apenas terminó de decir esas palabras, entre los árboles surgió un montón de gente.

Iluminadores, sonidistas, técnicos, maquilladores, auxiliares que fueron a tapar con sombrillas a los monjes para que no les diera el sol…

Un enjambre de personas que se movían a toda velocidad.

-¿Monjes y trabucos ser de verdad? -preguntó Radu.

-Para nada, ja, ja, ja, ja, ja -contestó la directora riendo-. En un rodaje se usan balas de fogueo. Y los monjes son actores. Aquí todo es de mentira. Y al mismo tiempo todo es muy de verdad. ¡Es la magia del cine y la televisión! ¿Me entiendes?

-No -dijo Radu.

-Uy, un rodaje -intervino mi madre, pasándose la mano por el pelo-. Escucha, Cíclope, yo he rodado algunos cortos cuando estaba en la Universidad… si necesitas una actriz de carácter y auténtica, aquí estoy… 

-Coyote, me llamo Coyote -dijo la directora, sin dejar de sonreír.

-Pero entonces -dijo Helena, asombrada-, ¿eres Coyote Rodríguez? La directora de LA ISLA ROJA: PIRATAS CONTRA EXTRATERRESTRES?

-La misma -contestó orgullosa.

-¿La directora de LA ISLA ROJA: BALLENAS ASESINAS CONTRA ZOMBIES? -siguió Helena, entusiasmada.

-Esa soy yo -dijo orgullosa.

-¿La directora de LA ISLA ROJA: VAMPIROS CONTRA SIRENAS?

-Está mal que yo lo diga, pero esa es mi favorita -respondió.

-¡Me encantan! -dijo Helena.

Yo también había visto alguna, pero no era tan entusiasta como mi amiga.

-Ahora estamos rodando la versión para televisión -explicó Coyote, feliz de encontrarse a una fan-: LA ISLA ROJA: MONJES CONTRA EXTRATERRESTRES.

-Extraterrestres otra vez -dijo Radu.

-Ya, bueno, es que en la primera tuvieron mucho éxito -dijo la directora.

-¡Eran extraterrestres con ocho ojos y tres pies, molaban mucho! -bramó Helena.

-Esta vez les hemos dado un toque distinto -dijo Coyote-: tienen… tres ojos y ocho pies.

-¡Toma, toma, toma, me encanta! -gritó Helena.

-Venid, os enseñaré el rodaje -dijo la directora, y comenzó a dar órdenes a todos los que había por allí-. ¡Que alguien ayude a los náufragos, vamos! ¡Son náufragos auténticos, los quiero para la serie! ¡Y todo el mundo preparado para otra toma, venga, venga!

Nos acercamos a la costa.

Los miembros del rodaje nos ayudaron a bajar del bote salvavidas.

Y por fin… pisamos tierra firme.

Uf.

Qué alivio.

La playa era espectacular.

Con aquellos destellos rojizos sobre las piedras.

También tenía una parte de arena muy fina.

Nos acompañaron a una gran carpa blanca donde estaban las cámaras y un montón de monitores.

Allí nos dieron agua.

Y pudimos sentarnos un rato en unas sillas.

Estábamos exhaustos.

Al poco, aparecieron unos policías y un equipo médico.

Mi madre, Esteban, Radu y el marinero italiano les dieron detalles del naufragio y nos hicieron una rápida revisión a todos.

Por lo visto, llevaban buscándonos desde el día anterior por mar y aire.

La tormenta había complicado la operación rescate.

Todavía seguían en ello.

Hasta que encontraran a los demás. 

-No sabía que te gustaba tanto la saga de La Isla Roja -le dije a Helena.

-Me encanta -contestó-. Además, ahora en formato serie de televisión, ¡mola muchísimo! ¡Y a lo mejor podemos salir! A Coyote le encanta la gente auténtica, como nosotros.

-Ya, bueno, no sé… -dije.

-En cuanto rescaten al resto, ¡a rodar! -me cortó Helena, que estaba lanzada-. Tengo un presentimiento: creo que todas las cosas que nos han pasado en este viaje han sido para acabar aquí. Para conocer a Coyote y salir en LA ISLA ROJA: MONJES CONTRA EXTRATERRESTRES. ¡Es el destino! 

-Si tú lo dices -suspiré.

Según nos explicaron, nos encontrábamos en el islote de San Andrés.

También conocido como la Isla Roja.

Pertenecía a Croacia.

En pleno mar Adriático.

No demasiado lejos de la costa.

Mientras recuperábamos fuerzas, me fijé en la cantidad de gente que trabajaba en un rodaje.

Había más de cien personas moviéndose de un lado a otro como hormigas.

Cada uno tenía una función muy concreta.

-Yo me encargo de poner este foco de luz para que los árboles no hagan sombra a los monjes cuando corren -dijo una mujer muy simpática.

-Yo apunto en esta libreta la duración de cada plano -dijo un chico.

-Yo tengo que barrer la playa cada vez que se rueda para que la arena y las piedrecitas estén siempre igual -dijo un hombre muy grandote.

-Yo le pongo arrugas a los trajes de los actores para que parezca ropa más antigua -dijo una mujer con gafas.

-Yo grabo en vídeo exactamente el mismo plano que la cámara principal -dijo una chica-, por si acaso la directora quiere revisar el plano antes de seguir rodando.

Y así un montón de gente.

Eran profesiones muy curiosas.

Que tenían nombres que yo no había oído nunca: «video assist», «script», «regidor»…

La mayoría en inglés.

Nos trataron genial.

Tal vez porque éramos náufragos.

O tal vez porque la directora había dicho que a lo mejor íbamos a salir en la serie.

No lo sé.

Un cuatro por cuatro llegó junto a la carpa y nos anunciaron que nos iban a llevar a descansar al hotel donde se hospedaban todos los integrantes del rodaje.

Antes de subir, eché un vistazo a la playa en la que habíamos desembarcado un rato antes.

Allí, Coyote discutía con los monjes.

Daba la impresión de que a la directora no le gustaba cómo lo hacían.

-¡Lo he dicho mil veces: quiero monjes de verdad! -exclamó Coyote, mirando al cielo-. ¡No quiero actores que hagan de monjes! ¡Quiero que todo sea auténtico en mi rodaje! 

-Claro, claro -dijo un chico con barba que llevaba un walkie-talkie, y que parecía acostumbrado a darle la razón.

-Hala, fuera de aquí -dijo Coyote a los monjes-. No quiero volver a veros.

-Pero no puedes hacer eso -le pidió el chico con barba-, ¿qué vamos a rodar hoy?

-¡Algo auténtico! -respondió ella-. Cualquier cosa que sea auténtica: las palmeras, los cocos, los monos saltando, los pajaritos… o mejor todavía… ¡Docenas de botes salvavidas llegando a la costa cargados de náufragos auténticos!

-¿¡Eh!?

Coyote salió corriendo.

-¡Rápido, todos a las cámaras! -gritó-. ¡Vamos a rodar! ¡Ya, ya!

Y señaló el horizonte, delante de nosotros.

Sobre el agua cristalina del mar, habían aparecido… ¡docenas de botes!

En la barca que iba en cabeza, de pie, un viejo lobo de mar inconfundible con su gorro y su parche.

-¡El capitán Diavolo! -dijo mi madre-. ¡Nunca pensé que me alegraría tanto de ver a ese gruñón!

-¡Y también está Luccien! -exclamó Helena.

Y Alicia y Felipe.

Y Camuñas y todos nuestros compañeros del Soto Alto.

Y Mic.

Y Ferreti.

Y Carine.

Y todos los demás.

-¡Vamos, vamos, rápido, quiero rodar este momento tan auténtico! -ordenó Coyote.

Los policías y los médicos se quedaron parados ante el ímpetu de la directora. Ya atenderían más tarde a los recién llegados.

En un abrir y cerrar de ojos, varias cámaras se pusieron en marcha, enfocando directamente hacia los botes.

-¡Motor, cámara y… acción! -gritó el chico de la barba.

-Es el ayudante de dirección -dijo mi madre, como si tuviera mucha experiencia en rodajes-. Es el que organiza todo, la mano derecha de la directora.

Al vernos desde lejos, Camuñas se puso a hacer el tonto a la pata coja sobre el bote.

Luccien nos saludó con las dos manos, sonriendo de oreja a oreja.

Mic brincó de alegría.

Todos parecían encontrarse perfectamente.

Habían sobrevivido a la tormenta.

¡Y estaban felices!

Cuando estaban a punto de llegar a la playa, Coyote se puso en medio, interrumpiendo el plano.

-¡No, no, no! ¡Corten, corten! -gritó, dirigiéndose a los botes-. ¡Esto no es auténtico! ¡Se supone que sois náufragos de verdad! ¡Habéis sufrido calamidades, estáis a punto de morir… no podéis estar tan contentos!

-Estamos contentos de ver a nuestros amigos -se excusó Marilyn.

-Y de llegar por fin a tierra -apuntó Tomeo. 

-Yo contento no estoy -resopló Angustias, que permanecía tirado en un extremo del bote, con el rostro medio amarillo.

-Perdone, ¿usted quién es? -preguntó Alicia.

-¿¡Que quién soy yo!? -respondió-. Soy la directora de cine y televisión más famosa del mundo: Coyote Rodríguez. 

-Anda -dijo Felipe, arqueando las cejas-. La directora de LA ISLA ROJA: PIRATAS CONTRA EXTRATERRESTRES.

-Esa misma -sonrió la directora, al ver que la reconocían.

-Qué pasada -dijo el entrenador- ¡me flipan los extraterrestres de ocho pies y tres ojos!

-¡Pues ahora tienen ocho ojos y tres pies! -gritó Helena.

-No me digas -contestó Felipe, emocionado.

-Sí, bueno, es para la serie de televisión que estamos rodando -explicó Coyote.

-Oiga, perdone que interrumpa -dijo Carine Rodrigues desde otro bote, junto a su hijo Dino-. Es que llevamos muchas horas a la deriva, ¿le importa si bajamos a tierra y ya luego siguen con este apasionante debate?

-Por supuesto, ahora mismito -dijo Coyote-. Pero antes, debo pedirles que retrocedan con los botes hacia el mar… y que vuelvan a hacer la llegada a la isla… 

-¿¡Qué!? -exclamó Alicia-. ¿Quiere que vayamos otra vez a mar abierto?

-Es que es una directora que le gusta mucho lo auténtico -les explicó mi madre.

-La cámara debe captar siempre la verdad en estado puro -dijo Coyote-. Vosotros sois náufragos auténticos, tenéis que llegar a la isla desesperados, con el rostro desencajado… no podéis sonreír y saludar felices… no parece real…

-¡Patrañas! -exclamó el capitán Diavolo.

-¡Menudo disparate! -dijo Alicia.

-Cariño, es Coyote Rodríguez -intercedió Felipe.

-Mi ayudante os explicará todo -dijo la directora-. ¡Vamos, cámaras preparadas para otra toma!

El chico de la barba les hizo señas a los botes para que retrocedieran.

-¿Nos pueden dar un poco de agua por lo menos? -pidió Ocho.

-Nada de agua -respondió el ayudante-, es importante que parezcáis sedientos.

-Pero nos vamos a deshidratar -insistió Anita.

-¡Perfecto! -exclamó Coyote-. ¡Quedará estupendo para el plano! ¡Va a ser memorable: náufragos auténticos, deshidratados auténticos! Ah, si alguien se quiere caer al mar y ahogarse un poquito, genial también… 

-Venga, atrás, rapidito, que no tenemos todo el día -indicó Charles.

Coyote era tan… enérgica y entusiasta, que le hicieron caso.

Todos los botes retrocedieron de nuevo hacia mar abierto.

Y volvieron de nuevo a la isla.

Una y otra vez.

Lo tuvieron que repetir… ¡dieciséis veces!

Hasta que al fin, Coyote exclamó:

-¡Buena! ¡Buenísima! ¡Ya podéis sacar a los náufragos del mar!

Aquella directora era imparable.

Nos reencontramos con nuestros amigos y con todos los demás.

La policía hizo un recuento y un primer reconocimiento, uno por uno.

No faltaba nadie.

Ferreti andaba por allí abrazado a la Máscara de Oro. 

Parece que no la había soltado ni un segundo desde que saltó del barco.

Nos metieron a todos en varios jeeps y nos llevaron a un hotel en el centro de la isla.

Era un lugar precioso, rodeado de vegetación, palmeras y árboles por todas partes.

Registraron nuestros nombres y nos dividieron por habitaciones.

A mí me tocó una vez más con Camuñas y Tomeo.

Camuñas no paraba de hablar, parecía que le habían dado cuerda.

Que si en la tormenta había salvado a Angustias de caer al mar, que si luego se había orientado por las estrellas del cielo, que en el rodaje de un rato antes había puesto cara de deshidratado…

Yo estaba tan cansado que solo recuerdo caer en la cama y la voz de Camuñas como un rumor de fondo.

No sé cuánto dormí.

Creo que muchísimo.

Soñé con extraterrestres con ocho pies que jugaban al fútbol y que ganaban el campeonato interplanetario.

Cuando me desperté, entraba luz a través de las rendijas de la persiana.

Ni idea de qué hora sería.

Me acerqué a la ventana y lo que vi me dejó muy sorprendido.

Entre la vegetación, se divisaba una gran piscina.

Y más allá, al fondo, un gran campo de fútbol de tierra.

Había un grupo jugando con un balón.

No eran extraterrestres.

Eran…

¡Monjes!

Los mismos que estaban en la playa cuando llegamos.

Tal vez los actores pasaban el rato echando un partidillo.

Lo que no tenía mucho sentido es que llevaran puesto el hábito de monjes para jugar.

Con el calor que hacía.

En ese momento, alguien aporreó la puerta de la habitación.

Tomeo y Camuñas, que seguían dormidos, se despertaron asustados.

-¿Qué pasa? -preguntó Camuñas, desperezándose.

-¿Ya está la cena? -preguntó Tomeo, incorporándose.

Abrí la puerta y allí estaba mi madre con los ojos muy abiertos.

-¡Ayyyyyyyyyyyyyyy! -exclamó.

Los tres la miramos expectantes.

-¡Noticia bomba! -dijo mi madre.

-¿Qué pasa ahora? -pregunté, alarmado.

EL DESTINO DE LOS FUTBOLÍSIMOS ESTÁ EN TUS MANOS. ¿QUÉ QUIERES QUE OCURRA EN EL PRÓXIMO CAPÍTULO?

Cuando todos despiertan, resulta que Helena ha desaparecido. ¡Pakete convoca el Pacto de Los Futbolísimos!